Cuentan testigos de vista que un miembro de la lista de Izquierda Unida estaba siguiendo el recuento de papeletas la noche electoral en la sede de Mérida y cuando saltó el diputado 33 del PP, que le daba la mayoría absoluta, gritó: «¡Bien!». La expresión le salió del alma, su objetivo estaba cumplido: quitar de en medio al PSOE y mandarlo junto con ellos a la oposición.
Sin embargo, en poco tiempo le cambió la cara; a él y a todos. Con el resto del recuento, el PP bajó a 32 diputados y el PSOE subió a 30, quedándose Izquierda Unida con 3. Junto a la alegría de entrar en nuevo en el Parlamento autonómico empezó el dilema. ¿Qué hacemos?: Abstenerse y dejar gobernar a Monago o apoyar directamente a Vara. Y ahí seguimos dos semanas más tarde.
El resultado electoral obliga a Izquierda Unida a identificarse, a enseñar la ‘patita’ como dicen algunos socialistas con maledicencia; tiene que definir si es más fuerte su antipatía por el PSOE que por el PP.
Difícil elección y difícil papelón el de Pedro Escobar. Ni él ni ningún otro miembro de la presidencia de Izquierda Unida podían imaginar el resultado que finalmente salió de las urnas; se esperaba que Vara perdiera la mayoría absoluta y que los tres diputados de Izquierda Unida tuvieran que abstenerse para dejarle gobernar, pero de ahí a apoyarle expresamente para alcanzar el gobierno va un trecho, entre otras cosas porque prometieron justo lo contrario en la campaña electoral.
Ni orden ni concierto
Adoptar planteamientos que serían lógicos para el PSOE o para el PP, donde impera la disciplina de partido, para Izquierda Unida no sirven. La coalición de izquierdas no tiene ni orden ni concierto en distintas cuestiones, algunos de ellos se definen incluso como el Ejército de Pancho Villa, y su organigrama federal les permite pensar una cosa y la contraria a dos federaciones que sólo están separadas por unos pocos kilómetros.
En este sentido, la consulta planteada por Escobar sobre qué opción adoptar le va a costar un dolor de cabeza a más de uno. En Mérida no perdonan que Ángel Calle se fuera al PSOE y no quieren saber nada de este partido, pero en Badajoz están hartos de mayorías absolutas de Miguel Celdrán y por ende del PP. En Cáceres han gobernado en coalición con el PSOE y podrían aceptar un pacto, pero en Villafranca de los Barros no quieren ni ver a Ramón Ropero y su apuesta por la refinería.
En medio de todo este dilema aparece Cayo Lara avisando desde Madrid -y saliendo en todos los medios de comunicación- que hay que apoyar al PSOE, que lo contrario no se entendería. El coordinador general se la juega en las generales de marzo y decir a nivel nacional que la coalición ha favorecido que gobierne la derecha en Extremadura no le beneficia ante su electorado. Él apuesta por permitir al PSOE gobernar y convertir a la región en la ‘Aldea de Astérix’, al igual que en el cómic galo emular el último reducto o bastión de izquierdas frente a la invasión azul en la que estamos desde el 22M.
Claro está que trabajo tiene, debe convencer a los que apuestan por la abstención y que gobierne el PP como lista más votada. De todas formas, en los últimos días empieza a cobrar fuerza una ‘tercera vía’, la de esos que argumentan que si hay que aliarse con el PSOE, que sea con todas las consecuencias, es decir, no dejando gobernar a Vara desde la oposición sino entrando con él en un hipotético gobierno de coalición. Son los que consideran que la formación debe empezar a abandonar su pose residual y de constante oposición, demostrando que también son capaces de asumir responsabilidades de gobierno.
La decisión final se sabrá en breve. Quizás hasta hoy sábado haya alguna clave nueva de la reunión de ayer en Mérida, un cónclave en toda regla, aunque la pista mayor se sabrá el sábado que viene: la conformación de algunos ayuntamientos en los que el apoyo de Izquierda Unida es imprescindible para que PSOE o PP gobiernen arrojará luz sobre qué decisión final se adopte a nivel regional. Veremos.