Marmullo hacía la guerra bajo una boina roja a la sombra de un fusil Remington. Un soldado,… poco más sé de él. Eso y que le gustaba la tortilla de anchoas sobremanera. Ocurrió a finales de 1875. Cerca de Azpeitia. A Marmullo se le vio una manta y alguien dijo que era robada. Una manta, poca cosa. En aquellos días el carlismo se batía en retirada. En los caseríos enterraban la ropa blanca y los cubiertos de plata para salvarlos de la rapiña del vencedor. Los liberales quemaban a su antojo caseríos y cosechas. Familias enteras eran deportadas a ultramar por el solo hecho de haber simpatizado con el pretendiente. Una manta era poca cosa. Pero no para el general Lizárraga. Un viejo carlistón dispuesto a mantener la disciplina y el decoro entre sus tropas aún en la derrota.
A Marmullo le condenaron a muerte por robar una manta. Una sola. No consta que Marmullo se quejara. Avisaron a su esposa, que era de Guetaria. Preguntado por su última voluntad, pidió una tortilla de anchoas. De tres huevos a ser posible. A Marmullo le encantaban las anchoas. Frescas y en salmuera. Y en tortilla, tal y como las preparaba su mujer. Sin cuajar el huevo. Marmullo era joven y dejaba viuda joven. Se tomó la tortilla y el mar se le metió dentro, y la sal en la garganta le recordó por un momento lo efímero que es siquiera querer vivir.
En las tapias del cementerio Marmullo besó el crucifijo a ciegas. Para ahorrar le fusilaron en camisa. Sus propios compañeros. Mal trago. No estaban por afinar la puntería. Y menos por una manta. Tan mal tiraron que fue necesaria una segunda descarga más cruel que la primera. Y a Marmullo le dieron el tiro de gracia junto a las tapias del cementerio.
Poco después se supo que Marmullo le había comprado la manta a un gitano chamarilero. Nadie dijo nada. Hoy, Domingo de Resurrección, puestos a resucitar, Señor, que resucite también Marmullo.