Que la libertad está emparentada con el conocimiento es bien sabido. Yo me atrevería, querido lector, a sostener con fe resuelta que la libertad anida también en el recuerdo de qué, cuándo y con quién comimos. Para probarlo, a modo de prueba indubitada, traigo hoy la historia del llamado recetario de Tezerín. Situado a unos 60 kilómetros de Praga, Tezerín fue, durante la Segunda Guerra Mundial, un campo de concentración de aquellos que se dio en llamar de paso. A él iban llegando empresarios, artistas, poetas, gentes de cultura en general y, en general, todos judíos. El gobierno alemán filmó sobre Tezerín una película en la que se idealizaba la situación y se veía a los internos asistir a conciertos, leer libros y cultivar sus propios huertos. Sin embargo, la mayor parte eran, antes o después, trasladados a otros campos. En aquel terrible encierro algunos presos recogieron en cuartillas manuscritas un recetario con platos dispares, fundamentalmente recetas relacionadas con las celebraciones del calendario judío. La persona que se encargó de ir reuniendo las cuartillas fue Wilhelmina Pachner. Muchos años después de terminada la guerra, en 1996, el recetario se publicó en los Estados Unidos bajo el título de “In Memory’s Kitchen”. Recetas tan simpáticas como el arroz dulce con frutas, de la que he tomado nota y procuraré probar a la mayor brevedad, o los caramelos de Baden. Pero lo trascendental del asunto no son las recetas en sí, más o menos afortunadas, sino lo que tienen de resistencia sorda, de canto a la libertad. Es el recuerdo íntimo de las viejas costumbres familiares, de los sabores de la niñez y, a la par, el deseo de volver a ellos y con ellos recuperar a nuestros allegados de entonces. En definitiva, creo que el ser humano puede encontrar en su propia cultura gastronómica fuerzas para enfrentarse a las circunstancias más adversas. Comemos con la memoria. Hay otros recetarios similares, el del campo japonés de Bilibid en Filipinas, por ejemplo, pero quizá ninguno como el de Tezerín sea capaz de devolvernos la fe en el hombre y en la buena mesa como parte del ansia de libertad que nos sostiene. Mina, se cree, falleció de hambre a finales de 1944.