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Fernando Valbuena

La Cuchara de San Andrés

LA RESURRECCIÓN DE MARMULLO

Marmullo hacía la guerra bajo una boina roja a la sombra de un fusil Remington. Un soldado,… poco más sé de él. Eso y que le gustaba la tortilla de anchoas sobremanera. Ocurrió a finales de 1875. Cerca de Azpeitia. A Marmullo se le vio una manta y alguien dijo que era robada. Una manta, poca cosa. En aquellos días el carlismo se batía en retirada. En los caseríos enterraban la ropa blanca y los cubiertos de plata para salvarlos de la rapiña del vencedor. Los liberales quemaban a su antojo caseríos y cosechas. Familias enteras eran deportadas a ultramar por el solo hecho de haber simpatizado con el pretendiente. Una manta era poca cosa. Pero no para el general Lizárraga. Un viejo carlistón dispuesto a mantener la disciplina y el decoro entre sus tropas aún en la derrota. 

A Marmullo le condenaron a muerte por robar una manta. Una sola. No consta que Marmullo se quejara. Avisaron a su esposa, que era de Guetaria. Preguntado por su última voluntad, pidió una tortilla de anchoas. De tres huevos a ser posible. A Marmullo le encantaban las anchoas. Frescas y en salmuera. Y en tortilla, tal y como las preparaba su mujer. Sin cuajar el huevo. Marmullo era joven y dejaba viuda joven. Se tomó la tortilla y el mar se le metió dentro, y la sal en la garganta le recordó por un momento lo efímero que es siquiera querer vivir.

En las tapias del cementerio Marmullo besó el crucifijo a ciegas. Para ahorrar le fusilaron en camisa. Sus propios compañeros. Mal trago. No estaban por afinar la puntería. Y menos por una manta. Tan mal tiraron que fue necesaria una segunda descarga más cruel que la primera. Y a Marmullo le dieron el tiro de gracia junto a las tapias del cementerio.   

Poco después se supo que Marmullo le había comprado la manta a un gitano chamarilero. Nadie dijo nada. Hoy, Domingo de Resurrección, puestos a resucitar, Señor, que resucite también Marmullo.

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Sobre el autor

"Todo comienza con un chorreón de aceite al que se añaden unos ajitos. Sempiternas primeras palabras de los recetarios ibéricos, génesis indubitada del arte culinario nacional. Quiso Dios poner en cada cocina un clavo para que de él colgaran las ristras de ajos. Ristras soberanas de las viejas, de las muy nobles y muy invictas cocinas españolas. Alma y fundamento de asados, fritangas y guisotes. ¿Qué sería de España sin sus ajos? ¡Soberbios fogones patrios! ¡Alabados seáis!"


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