Hay eventos agradecidos para un fotógrafo que permanezca atento, como los reencuentros entre las familias extremeñas y los niños saharuis. Cualquier avispado sabe que la ternura y las muestras de afecto lucen mucho, y si uno va a lo fácil, algún beso se lleva en la mochila. Lo difícil es mirar con ojos nuevos. No hacer un año tras otro el mismo reportaje.
También es una complicación la marabunta de abrazos y de familias apretujadas con los niños recién llegados, entre los que es difícil meter la cámara con acierto. El 10 de agosto de 2002 Lorenzo Cordero acudió como cada año a una jornada de convivencia de 60 familias con niños saharuis acogidos que se celebró en Casar de Cáceres. Miró, observó, y vio. La foto la encontró en el contraste de dos pares de ojos que se miraban con cariño, dos azules, dos negros; una joven de piel blanca fundida en un cálido abrazo con una niña saharui, de color oscuro, que repetía visita por segundo año consecutivo. Dos sonrisas al mismo tiempo.
Las dos figuras, componían una pirámide perfecta y llena de contrastes en medio de la multitud que se percibía, como fondo, alrededor. El resumen de la situación que persigue cualquier fotografía de prensa estaba claro: dos culturas, dos pueblos, dos colores, todo formando una bonita argamasa gracias al cariño.