El vibrador fue el quinto electrodoméstico que se comercializó (en 1900), años antes incluso que otros aparatos tan comunes como el aspirador o la plancha. Hasta ese momento en los hogares los únicos electrodomésticos que había eran la máquina de coser, el ventilador, la tetera y la tostadora.
El vibrador se utilizó por primera vez en 1878, pero solo por médicos. De hecho, lo inventó el médico británico Joseph Mortimer Granville. A finales del siglo XIX y principios del XX a numerosas mujeres les diagnosticaban una enfermedad conocida como histeria femenina y que causaba en las pobres afectadas un rosario de dolencias como: desfallecimientos, insomnio, retención de fluidos, pesadez abdominal, espasmos musculares, respiración entrecortada, irritabilidad, mal genio, pérdida de apetito y temperamento conflictivo.
La historia de la histeria se remonta a la antigüedad: fue descrita tanto por el filósofo Platón como por el médico Hipócrates, y se encuentra recogida antes en numerosos papiros egipcios. Galeno, importante médico del siglo II, describió la histeria como una enfermedad causada por la privación sexual en mujeres.
Como remedio, la medicina recomendaba el orgasmo. Bueno, la pudorosa sociedad victoriana de la época, que consideraba al sexo solo como un instrumento de reproducción despojado de toda posibilidad de placer y menos para la mujer, lo denominaba ‘paroxismo histérico’. Para ello los doctores realizaban un tratamiento conocido como ‘masaje pélvico’, ya se sabe, estimulaban manualmente los genitales de la mujer hasta que ésta alcanzaba el orgasmo, perdón, el ‘paroxismo histérico’. Como en aquella época era mal visto que una mujer acudiera sola a la consulta, era frecuente que maridos o madres esperasen sentados junto a la paciente mientras el médico tranquilamente las masturbaba.
En 1859 un doctor aseguró que una de cada cuatro mujeres estaba aquejada de histeria, cosa que no me extraña. Cualquiera en esa situación estaría de los nervios, ¿o no? No es difícil imaginar el trabajo que para los doctores suponía semejante tratamiento, máxime teniendo en cuenta que en algunos casos duraba horas. Por este motivo, hacia 1880 uno de esos médicos, Joseph Mortimer, dio con la solución al problema inventando una máquina eléctrica con forma fálica que realizaba el masaje de una forma mucho más efectiva e higiénica. Había nacido el vibrador eléctrico. Fue todo un éxito, ya que lograba ‘aliviar’ a las pacientes en menos de diez minutos de una manera relativamente sencilla.
La difusión de la electricidad en el hogar facilitó la llegada del vibrador al mercado de consumo. El atractivo de un tratamiento más barato en la intimidad del propio hogar hizo que el vibrador alcanzase una cierta popularidad. Lo que en un principio fue un aparato terapéutico se convirtió en un aparato doméstico. En 1918 en un país tan puritano como lo era Estados Unidos, el Catálogo Sears ofrecía varios vibradores en sus anuncios, como regalos que la mujer apreciaría, al lado de máquinas de coser y ventiladores. Su uso se promociona como una forma de mantener a las mujeres relajadas y contentas. “La vibración proporciona vida y vigor, fuerza y belleza” – dicen los anuncios – “El secreto de la juventud se ha descubierto en la vibración”. Su comercialización llega a tal extremo que algunos modelos incluyen un recambio adaptable que convierte el vibrador en una batidora.
La variedad de vibradores de aquella época era inmensa. Muchos modelos funcionaban con corriente eléctrica, otros con baterías o gas, incluso se diseñaron algunos que funcionaban a pedales para proporcionarle a su paciente su correspondiente ración de alivio. Los precios pronto empezaron a ser asequibles para su uso doméstico teniendo un gran auge de ventas hasta los años 20.
Pero a partir de 1920, los vibradores aparecen en las primeras películas pornográficas, y empiezan a perder su imagen de instrumento médico. Esto, unido a que en 1952 la Asociación Americana de Psiquiatría declaró oficialmente que la histeria femenina no era una enfermedad sino un mito caduco, hizo que el vibrador fuera visto como un juguete sexual y considerado instrumento de perversión, comenzando poco a poco a ser un tabú, connotación que continúa teniendo hoy en día en muchos lugares.
El cine no ha podido resistirse a contar esta curiosa historia. “Un invento que no hace daño a nadie y todo el que lo prueba está contento con él”. Así definen en la película ‘Hysteria’, que se estrenó en otoño del pasado año, a este aparato, que lejos de quedar obsoleto se ha reinventado cien veces, sofisticándose y convirtiéndose en un objeto del placer y herramienta de la parafernalia porno erótica.
Lo más sorprendente es que los consoladores, antecesores de los vibradores, son casi tan antiguos como el hombre. Estos objetos con forma de pene, que hoy conforman una verdadera industria, han estado presentes en la historia de la humanidad desde el 28.000 a. C.
Tanto en las culturas orientales, como occidentales encontramos consoladores ya evolucionados que son empleados como método de masturbación o complemento dentro de las prácticas sexuales. Así, en el siglo VI a. C, en culturas avanzadas como la egipcia y la griega, era usual su utilización. Muchos seguían tallándose en piedra, pero ya aparecieron el cuero y la madera como nuevos materiales (para la goma y la silicona aun habría que esperar). De hecho, siglos más tarde en la Italia renacentista los utilizaban de madera pero añadieron una innovación, recurrían al aceite de oliva como lubricante para facilitar la penetración. Anteriormente, durante la época romana fue usual esculpir falos de gran tamaño con cera, a modo de velas.
Hoy en día se ha llegado al máximo de calidad y de sofisticación. Hay innumerables modelos, materiales, formas y tamaños. En fin, que siguen ahí como desde hace miles de años y por fortuna la histeria ha pasado a la historia.
Si deseas saber más sobre vibradores es curiosa esta página del Museo del Vibrador.