Todos pagamos impuestos y no sólo por la renta, sino en la cesta de la compra con tributos indirectos, como el IVA, que igualan algo tan cotidiano y de necesidad como un rollo de papel higiénico a un yate. Para los que deciden cómo tributan los productos, la higiene personal se iguala a los bienes de lujo.
En España existen tres tipos de IVA. El general, que ha pasado del 16 al 18%, que se aplica a todos los productos; el reducido, ahora al 8%, que se aplica a un espectro curioso de artículos que van desde los alimentos elaborados hasta comprar una maceta pasando por los restaurantes, bares y hoteles; y el hiperreducido, del 4%, aplicado a los llamados productos de primera necesidad, pan, leche o huevos, frutas y hortalizas, medicamentos y, también viviendas de protección oficial.
Incluir o excluir algún producto de cada IVA depende de muchos factores y no sólo el económico, pero no siempre están relacionado con el concepto de primera necesidad o de lujo que tendría cualquier familia media española.
La higiene personal es un ejemplo. Tributa al 18% pero no es comparable un bote de colonia con el papel higiénico, que sigue siendo la fórmula habitual de cualquier hogar para no recurrir a la manopla y la palangana. Pero el caso más fragante está en los pañales, las compresas o los tampones, que nunca han adquirido la categoría de artículo de primera necesidad a pesar de que nadie discute que un bebé no puede estar sin sus pañales o una mujer sin usar sus compresas y tampones, que los tiempos de los paños blancos colgados en los tendederos ya pasaron a la historia.
A pesar de ser una lucha desde hace tiempo de asociaciones de mujeres, usuarios, consumidores, familias -a nivel nacional y también europeo- por considerar estos productos de primera necesidad, ni el PP -que se negó en rotundo a bajar el entonces 16% con el levantamiento en armas de algunas de sus féminas y que ahora en el Gobierno lo tiene al 18% – ni el PSOE -que lo mantuvo durante su mandato- han movido sus planteamientos. Tributan como un producto de lujo, a pesar de que son artículos que, por propia necesidad, nunca se dejarían de comprar.
En total, una mujer necesita unas 17.000 compresas a lo largo de su vida, y resulta que el impuesto aplicado a compresas y tampones proporciona al Estado más de 42 millones de euros anuales, y nosotras nos gastamos más de 260 millones de euros al año en comprarlos.
A estas alturas, mantener que estos productos esenciales de la higiene femenina deben seguir siendo tratados impositivamente como cualquier producto no esencial parece un despropósito injusto y discriminatorio para el 52% de la población; un anacronismo sólo imaginable en el contexto de una mentalidad rancia que considera que las mujeres deben pagar un precio por su especificidad biológica. En este caso, un precio considerable.
Pero no sólo el IVA de tampones y compresas debería ser revisado. También el de los pañales para bebés. Reducir el IVA de los pañales sería una ayuda económica nada desdeñable para muchas familias, habida cuenta del alto precio de estos productos, que nadie que haya tenido hijos se atrevería a no considerar también de primera necesidad. Los tiempos cambian, afortunadamente. Pero algunas mentalidades políticas parece que no tanto.
La fiscalidad de todos los productos asociados a la higiene íntima, cuidado de bebés, prevención de embarazos o enfermedades de transmisión sexual o aquellos productos y artículos que sean suceptibles de mejorar la sexualidad de la población deben tener la fiscalidad más baja de las posibles. Dentro de ella se tiene que tomar nota rápida y efectiva de un IVA superreducido para todo este catálogo de productos.