Salgo de casa. Cada vez que giro el picaporte y paso el umbral del edificio vuelvo a sentir el mismo alivio que el primer día que pisé la calle después del confinamiento. Recuerdo los días largos de encierro en los que tenía puesta la esperanza en que los científicos descubrieran los secretos del bicho para poderlo combatir. Después de días, tardes y noches de estudio y pruebas llegó la vacuna. Ahora los responsables de la salud dicen que sea el ciudadano quien decida que vacuna tiene que ponerse, como si hubiéramos aprovechado el encierro para estudiar un curso acelerado en vacunación. Creo que los que saben deberían actuar con decisión y decir, usted se pone esta, sin dudar. Que no sea una persona sin ningún conocimiento en medicina la que tenga que elegir.
Salgo de casa. Siento el aire fresco en la cara, oigo los ruidos de la calle. Siento el regreso de nuevo al mundo. El bullicio de la vida suena con menos miedo. Veo como todo vuelve a su sencillez de siempre con su tic tac imparable. Las flores nacen en primavera, los pájaros vuelan, el agua se hace un hueco y corre entre el camalote. Por las orillas del Guadiana los pacenses pasean, hacen deporte y charlan. La vida vuelve. Dejamos atrás brindis a través de video-conferencias, las recetas del pan con masa madre, los kilos de más, las carreras por el pasillo, las tablas de gimnasia, las series de televisión, el lavado de manos y de almas y de egos. La fotografía diaria desde el balcón sin cambiar de escenario solo de iso y de ánimo.
En la calle se ven carteles anunciado actuaciones musicales, también el de la feria del libro. La literatura sigue siendo ese refugio al que volver a veces por necesidad, a veces por placer.
Estamos dejando atrás noches de radio donde los muertos eran un número que fallecían solos, algunos agarrados a la mano de su enfermera, que fueron hijas, esposas, hermanas, padres y madres. También a las manos de enfermeros, médicos, celadores, administrativos, limpiadoras.
Salgo a la calle, veo el rojo de los tejados , de los semáforos, de las fruterías, un rojo intenso, un rojo tierno y protector que me recuerda al de los chalecos de Cruz Roja.
Salgo a la calle y vuelvo a respirar todavía con la mascarilla puesta pero con el nudo de la garganta más ligero.