Salgo de casa. Hace frío. Es sábado. Lo primero que encuentro es el letrero de Ferretería el Candado. Mi fantasía se dispara ante ese mundo metálico y desconocido de tornillos tuercas y alcayatas.
Nunca entré en el local cuando tenía una alarma estridente e innecesaria, un pitido chillón que anunciaba la entrada del comprador. La señal obedecía más al capricho del dueño que a la efectividad,ya que él,desde el mostrador,veía entrar y salir a todos sin necesidad de avisos, una alarma que sobresaltaba a los vecinos y que sonaba con la misma intensidad a la hora de la siesta que a las 9 de la mañana de un sábado.
La timidez me impedía entrar en un lugar que pitaba con mi presencia, me sentía incomodo cuando las miradas se giraban hacia mi. Ahora,que el propietario ha desconectado la alarma, voy a la ferretería.
Hace días pase para comprar puntas y tacos, el ferretero las envolvió en periódico, la casualidad hizo que cortara por la mitad un articulo que escribí para Plaza Alta, sentí una sensación extraña, como si hiciera un ritual del vudú que me produjo un escalofrío en el cuerpo.
Periódicos hechos con el duro trabajo de muchos profesionales y colaboradores sirve tanto para el minucioso lector como para el rudo ferretero.
Voy a la ferretería de tarde en tarde. Soy un inútil,un peligro con un taladro en la mano. Igual que muchos torpes, conozco a un chapuzas que dominan los secretos del bricolaje. El mio: pone lamparas, coloca plafones, monta muebles, hace fontanería, electricidad, carpintería… y controla todo ese mundo de llaves,cables,adaptadores todos esas cosas desconocidos para inútiles que nos hace sentir inferiores.
No sé de qué hablar cuando el chapuza tienen una llave inglesa entre las mano, dice cosas que no entiendo, hace que me sienta incómodo ante mi incultura del bricolaje, se me dibuja una sonrisa bobalicona en la cara. Cuando termina le pregunto -¿cuanto te debo?, y él, adoptando un gesto de indiferencia, me dice, sin darle importancia: -dáme cien eurinos- Mientras, yo sigo con la sonrisa bobalicona un poco más agudizada. Coge los cien eurinos; coloca cuidadosamente el taladro en la caja, el cable en su sitio y cada broca en el número que le corresponde. Una caja mágica donde tiene muchos apartados pulcramente ordenados y se va con todo su material a la casa de otro inútil pardillo.
Yo,ese día,sustituyo, el libro de Proust, por el de los 100 secretos del bricolaje.