Mi ciudad hasta hace poco, era una ciudad monocromática, lisa y regular, podía parecer hasta aburrida. Siempre las mismas caras, las mismas gentes, la única diferencia palpable era entre payos y gitanos.
Cuando salíamos de nuestra ciudad y visitábamos algunas de Castilla, Andalucía, Madrid u otra comunidad, veíamos como la población era distinta, cambiante y con rostros multicolor. De un tiempo a esta parte lo tenemos aquí y aceptado hasta el punto que no llama la atención. Creo que mis primeros recuerdos fueron los argentinos… tengo el ‘vos’ y el ‘viste’ en la memoria rancia, lo que denota cierta lejanía.
Les siguieron de otros países sudamericanos, algún que otro norteamericano y noreuropeo pero como pinceladas, nunca en gran número y siempre con el arquetipo del snob, del raro, del que renuncia a lo suyo en busca de tradiciones verdaderas y que sólo aquí tenemos.
Luego vino la gran avalancha y desde lugares dispares… rumanos, rusos, africanos de orígenes no descubiertos.
Aprendimos términos nunca escuchados como ‘patera’, ‘cayuco’. Nuestra solidaridad ha hecho que acojamos a muchos de los llegados más jóvenes. Aquí están en el centro de Valcorchero, con el manto de la Junta que cubre sus necesidades en todos los aspectos; educación, manutención, ropa, ocio… la madre Junta, que somos todos, está presente. No alcanzo a descubrir sus edades. Sus rostros parecen mostrar añoranza. ¡Cómo no! ¡Qué menos!
Luego están los otros, los de los contratos precarios, los de sol a sol. Cuando salía este verano por las mañanas con mi perro, a las 7.00, la cuadrilla abandonaba una casa, poco más abajo de la mía. Uno, dos, tres, 5, 8… llevan puestos sus chalecos reflectantes, van a la obra, a la carretera a parar con la señal de stop a los coches, al campo a la faena. Llevan una bolsa de plástico en la que se distingue un trozo de barra de pan. Quiero pensar que es un bocadillo. Los recoge una furgoneta y se los llevan.
Cuando regresaban, coincide con mi segundo paseo ya entrada la noche, vienen con polvo en su pelo, las ropas sucias, las manos me parecen encallecidas, pero lo que más me llama la atención es su cara. La mirada de la desdicha, del sufrimiento, de no saber bien donde están, del recuerdo y la morriña, de la humillación en definitiva que significa sobrevivir así. Encima agradecidos de no haber sucumbido en el mar y más de uno con la retina todavía cargada de la imagen, del amigo ahogado, del amigo muerto. Los domingos veo tendida su ropa en el balcón y ellos sobre la barandilla, miran calle arriba, miran calle abajo. Es su tiempo de descanso. Llevan puestas sus túnicas multicolor. Mi ciudad ya no es monocolor.
Quizá todos vinieron en busca de encontrar la frase de Benjamin Franklin: ‘Donde mora la libertad, allí está mi patria’. En nuestras manos está hacer que se sientan en casa.