A veces hay situaciones que causan tanto daño, tanto sufrimiento. Son heridas que sangran, que desgarran, que no solo afectan al cuerpo, sino al alma en forma de recuerdos en la memoria de la cual quizás nunca podrán borrarse, pues son parte de la historia personal. Sin embargo será posible con la acogida, el apoyo necesario y una sensibilidad especial que pueda ayudar a reparar y a reconstruir estas vidas. Es en ese momento cuando es posible descubrir y sentir que alguien nos ama, fruto de ello nace un nuevo vínculo, una relación que nos reconstituye, nos revaloriza, nos ayuda a sentir que la vida pese a todo merece la pena.
Es cierto que todo esto puede complicarse cuando sucede en la infancia, al comienzo de una vida que está despertando, que necesita de la mayor protección y cuidado posible.
Mucha es la infancia que es dañada en nuestros días, sin embargo existen esos lugares donde es posible ayudar a soñar a los niños y niñas con una vida mejor a pesar del daño recibido. ¿Puedes imaginarte por un momento ese lugar?
Decía San Francisco de Asís: “Empieza por hacer lo necesario y a continuación hazlo posible y de repente te encontraras haciendo lo imposible”.
Es así, -a mi modo de ver- como le ocurrió al padre Ignacio Mª Doñoro de los Ríos, un sacerdote español que se ha colado en la vida de tantos niños y niñas que en su más tierna infancia sufrieron por tantos abusos contra su propia dignidad. De todo su empeño por hacerlo posible, y tocado verdaderamente por la gracia de Dios para así lograrlo, nació el Hogar de Nazaret hace ya algunos años situado en plena Selva Amazonica del Perú, en donde en la actualidad continua esta labor. Y gracias a ella podemos comprobar como el corazón no es de quien lo rompe sino de quien lo restaura.
Porque es cierto que todos estos niños y niñas han sido victimas, pero trabajar por ellos por sacarlos adelante y no victimizarles es lo que ha permitido tejer de forma invisible un vínculo especial que se ha ido configurando por ese acompañamiento de cercanía, acogida y cariño que ha logrado ser fuente de seguridad, sostén, y base segura para todos ellos y así restablecer su confianza y seguridad para tener el valor de seguir mirando hacia delante con esperanza.
Así mismo todo ello lo confirman las muchas investigaciones realizadas sobre el trauma ocurrido en la infancia. Así en su día Boris Cyrulnik, neurólogo, psiquiatra, psicoanalista y etólogo francés, y uno de los investigadores que ha centrado sus estudios entorno al concepto de resiliencia (capacidad que todos tenemos o podemos desarrollar, para hacer frente a las adversidades de la vida de forma constructiva), nos mostró en su libro: Los patitos feos. La resiliencia: una infancia infeliz no determina la vida, como ciertamente esta infancia que ha sido tocada hondamente le es posible iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma. El trabajo complicado como bien nos dice también, es a veces descubrir qué condiciones lo permiten. Pues si ya de por si es una tarea ayudar al niño o niña a construir sus propios procesos de aprendizaje desde su primera infancia, en esa realidad que han vivido esa tarea puede resultar aún más difícil.
Las condiciones que han posibilitado que este lugar sea un espacio posible para apostar por esta infancia, y que ésta retorne a un nuevo desarrollo como lo indica el mismo Boris Cyrulnik es precisamente el contar con ese nuevo vínculo que en este caso ha recaído en la persona del padre Ignacio María Doñoro de los Ríos. Entre algunos de los siguientes aspectos que lo han hecho posible se encuentran:
Todo este trabajo por un buen trato a esta infancia se concreta en el libro: El Fuego de María, en el que el mismo padre Ignacio nos cuenta las historias de cada uno de estos niños y niñas que se encuentran o han pasado por el Hogar de Nazaret, y así entre otras nos podremos encontrar con: el “papa” pronunciado de los labios de María, del helado de chocolate de Tarek o la medalla ganada por Chinito.
Desde luego no podemos cambiar la realidad, pero tener esa otra mirada de ella es lo que favorece el apostar por una infancia resiliente. Y es que al fin y al cabo como bien dice el Talmud: “Quien salva una vida salva al mundo entero”– y aún más añadiría- la vida de un niño o una niña. Desde luego bienvenida sea toda esta labor y siga manteniéndose en el tiempo que sea necesario, para ofrecer a estos niños y niñas una vida mejor.
El primer paso empezó quizás por un simple helado de chocolate, una canción o una sonrisa pero todos esos gestos fueron sumando para soñar en darle una nueva oportunidad a esta infancia, y dar testimonio al mundo entero de que al fin y al cabo solo el Amor puede hacer nuevas todas las cosas.