Poner consciencia y buscar espacios de reflexión es clave para el autoconocimiento y el bienestar emocional. Sin embargo, a veces elegir un momento para ello es algo que podemos postergar, ignorando las señales del corazón. Pues como bien expreso Pascal : “el corazón tiene razones que la razón no entiende”.
El estudio de las emociones fue objeto de mayor profundización con Daniel Goleman (1996) que las definió como: “reacciones psicológicas y fisiológicas que nos preparan para actuar. Cada emoción tiene un propósito que sirve para ayudarnos a enfrentarnos a los desafíos y oportunidades del entorno.” Fue él quien introdujo la noción de inteligencia emocional resaltando la importancia de entender y gestionar las emociones para adaptarnos mejor a nuestro entorno y mejorar nuestras interacciones sociales y bienestar personal.
Por todo ello podemos inferir que las emociones no surgen en el vacío; están vinculadas a un contexto que se encuentran en relación a algo o alguien que las activa. Por lo cual, no podemos obviar este aspecto vincular o relacional. En este sentido, desde la terapia familiar sistémica Salvador Minuchin plantea que las emociones son una fuerza poderosa que configura, sostiene y/o modifica las estructuras familiares existentes. Lo cual refuerza la idea de que las interacciones emocionales tienen un impacto profundo en nuestra vida, y en nuestras relaciones cercanas.
En este sentido, por lo general todos tenemos la necesidad de expresar nuestras emociones, pero para ello es necesario recorrer un proceso en donde primeramente habrá que aprender a identificarlas y reconocerlas. Y aunque parezca sencillo llevarlo a cabo, no siempre es fácil asumirlas como propias sabiendo que son fruto de una reacción ante un estímulo, considerando de esta manera su aspecto relacional o situacional. Por lo cual este reconocimiento será fundamental como paso previo para tomar conciencia de que compromete a nuestra responsabilidad y así poder evitar lo que se describe como indefensión aprendida, es decir la sensación de que no hay nada que podamos hacer al respecto, porque culpamos a las circunstancias o a otras personas.
Ante esta situación no hay posibilidad de conexión. En cambio, cuando tomamos consciencia de nuestra responsabilidad personal en este proceso, podremos avanzar hacia una mayor competencia emocional. En este sentido podemos indicar, como una vez reconocidas las emociones, es decisión de la persona cómo expresarlas. Pues como bien dijo Víctor Frankl: “Entre el estímulo y la respuesta hay un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad y nuestro poder para elegir nuestra respuesta. En nuestra respuesta yace nuestro crecimiento y nuestra libertad.”
Todo este recorrido nos permitirá poder expresar nuestras emociones y así emplear mejores estrategias para lo que hoy en día señalamos como regulación o acomodo emocional. Es de esta manera que no solo podremos prevenir muchas manifestaciones de agresión o conductas violentas, sino también a favorecer una mayor autonomía emocional y fortalecer factores de protección para afrontar situaciones difíciles.
En definitiva, estar en sintonía con nuestras emociones implica también prestar atención a las señales de nuestro corazón y así aprender a identificar, asumir y regular nuestras emociones. Este proceso no solo nos permite mejorar nuestra relación con nosotros mismos, sino también con los demás, siendo esencial para desarrollar una competencia emocional sólida, y así también contribuir a nuestra salud mental. De esta manera podemos indicar como la educación emocional es ya considerada como uno de los grandes retos que nos plantea el siglo XXI.