En ocasiones somos demasiado ágiles a la hora de valorar si un hecho acontecido es bueno o malo. Se trata de una agilidad temeraria que no hará más que condicionarnos sobre nuestro punto de vista sobre ese hecho, sin darnos permiso para intentar discernir tranquilamente, valorando todos los parámetros con los que podemos trabajar, o simplemente amor fati, dejando que el Universo actúe sin pretender ser conocedores de sus caprichos.
Y es que estoy convencido de aquello del “no hay mal que por bien no venga” aunque si tiramos de refranero alguien me dirá que “el que no se consuela es porque no quiere”. Y si fuera así, ¿por qué no querer consolarse?, ¿por qué empeñarse en padecer? Por lo tanto, cualquiera de los dos caminos nos llevaría al mismo sitio, que no es más que ver el lado bueno de las cosas.
Me viene a la memoria aquella mujer que perdió el vuelo que le llevaría de Río de Janeiro a París. ¿Cómo no pensar que es algo malo? Pero pasadas unas horas, cuando viera en las noticias que el vuelo 447 de Air France se había estrellado en medio del Atlántico, seguro que pensó “¡qué buena suerte de aquella mala suerte!“. El hecho es el mismo, pero en esta ocasión tuvo la ventaja de ser conocedora de lo que el futuro le deparaba si hubiera llegado a tiempo. Y ahora yo me pregunto si fue algo bueno o no, sabiendo como espectador de esta historia, que esta mujer murió una semana más tarde en un accidente de tráfico, en Austria, en el que su marido resultó gravemente herido.
Esta historia no hace más que confirmar que nada es absoluto, que ni lo bueno es bueno ni lo malo es malo ni todo lo contrario, porque las cosas no siempre son lo que parecen y así lo dice este cuento:
Dos ángeles que viajaban pararon a pasar la noche en el hogar de una familia rica. La familia era grosera y rechazó la estancia de los ángeles en el cuarto de huéspedes de la mansión. En su lugar, los ángeles fueron hospedados en un espacio frío del sótano.
Hicieron su cama en el frío suelo; entonces, el ángel más viejo vio un agujero en la pared y lo reparó. Cuando el ángel más joven le preguntó por qué lo hizo, el ángel viejo le contestó que “las cosas no son siempre lo que parecen”.
La noche siguiente, los ángeles se hospedaron en un hogar muy pobre, pero el granjero y su esposa eran muy hospitalarios. Después de compartir el poco alimento que tenían, los esposos dejaron dormir a los ángeles en la cama de ellos para que estuvieran cómodos el resto de la noche.
Cuando el sol salió a la mañana siguiente, los ángeles encontraron al granjero y a su esposa desconsolados. Su única vaca, de la cual obtenían dinero por su leche, yacía muerta en el campo.
El ángel joven se enojó y le preguntó al ángel viejo por qué permitió que esto sucediera: – El primer hombre tenía todo y le ayudaste; la segunda familia tenía muy poco y estaban dispuestos a compartir todo, y dejaste morir a su única vaca. – Las cosas no son siempre lo que parecen -le contestó el viejo ángel-. Cuando permanecíamos en el sótano de la mansión, observé que había oro en ese agujero de la pared. Puesto que el propietario era tan obsesionado, avaro y poco dispuesto a compartir su buena fortuna, sellé la pared para que él jamás lo encuentre. Entonces, ayer en la noche, cuando nos dormimos en la cama de los granjeros, el ángel de la muerte vino por su esposa. Le di la vaca en lugar de ella.
Cuentos con alma. Rosario Gómez.