Cuando medio mundo había visto el último episodio de Juego de Tronos y a la otra mitad no le interesaba verlo, ahí me encontraba yo, intentando esquivar inútilmente cualquier tipo de información al respecto. Y digo inútilmente porque sin entender muy bien por qué, en uno de los periódicos digitales que acostumbro a leer, entre las noticias de economía y actualidad internacional, tras la emisión de cada capítulo, siempre intercalaban una noticia al respecto con su correspondiente fotograma. No hacía falta ni leer el título para saber quién seguía viviendo a esas alturas de la serie e intuir un posible final.
Es una costumbre a la que intento ser fiel. Cuando sé que algo me va a gustar, procuro permanecer completamente ajeno a cualquier tipo de información, crítica o comentario. Aunque lo más representativo sea el cine, es extensible a cualquier ámbito de la vida, ya sea un restaurante, un disco, una charla, un libro o un lugar por visitar.
Así lo decidí hace mucho tiempo, cuando me di cuenta de que disfrutaba mucho más de las cosas cuando no generaba ninguna expectativa sobre ellas. En cuanto lo supe, actué, pues era realmente sencillo ponerlo en práctica.
Lamentablemente, a pesar de que la teoría es tan simple, cuando se trata de personas todo cambia, y lo que antes era tan sencillo de aplicar, ahora se vuelve harto complicado. Cuánto sufrimiento nos podríamos ahorrar si no depositáramos en los demás ese poder, pues en las expectativas que tenemos sobre ellos se encuentra nuestro sufrimiento.
Recientemente recibí el último varapalo cuando un amigo de la infancia prefirió aceptar un prejuicio y otorgarle toda la credibilidad sin tan siquiera escuchar lo que quería contarle. Casi a diario, me siento defraudado cuando tantas personas no devuelven una llamada, no responden a un Whatsapp o simplemente llegan tarde o ni siquiera se presentan a una cita.
Sé que el único responsable soy yo, al poner mis expectativas en esas personas, pues yo hubiera escuchado a ese amigo, suelo devolver las llamadas, me gusta responder a las personas que se dirigen a mi y promuevo la puntualidad como respeto a los demás.
Este sentimiento de impotencia me recuerda mucho a mi época de fumador, en la que le otorgaba a un cigarro el poder sobre mi felicidad, mi relajación, mi impaciencia, mi estrés o mi autoconfianza. Es curioso que, a pesar de haber fumado durante años (o quizá sea por ello), no se me ocurre otro ejemplo mejor para definir la eutanasia de la autoestima.
A lo largo de los años, la vida nos va enseñando lecciones, unas amables y otras dolorosas. Lecciones de vida llenas de información y que, pese ello, no sabemos o no queremos aprender, pues como decía Bert Hellinguer, y mi gran amigo Manuel me recordaba hace unos días, es más fácil sufrir que actuar.
También decía Buda que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Y es que, efectivamente, desde el momento en que actuar es opcional, el sufrimiento se convierte en nuestra decisión.
Puede parecer extremista escuchar que eres tú quien ha decidido sufrir, pero es más común de lo que nos imaginamos. Continuamente vemos personas maldiciendo su trabajo, su sueldo o su jefe, pero justifican su sufrimiento por la “estabilidad” laboral, sin saber muy bien de qué trata eso. Cuántas parejas viven sin el mínimo afecto, solo por estar acostumbrados el uno al otro, por pensar que dónde van a ir a su edad o mil y una razones encontradas con el único ánimo de justificar su inmovilismo. Estamos acostumbrados a quejarnos – “mi hijo no me llama” – en lugar de descolgar nosotros el teléfono. “Yo soy así”, en lugar de intentar cambiar lo que no nos gusta.
Por donde quiera que miremos, todo se convierte en excusas con las que poder justificar la inacción, la comodidad de la resignación en el mejor de los casos, o el sufrimiento por culpa de los demás, en los casos en los que no lleguemos a encontrar la aceptación.
Aceptar lo que la vida te da (o la vida te quita) es, sin duda, una de las mayores formas de actuar que tenemos a nuestro alcance. Y lejos de lo que algunos piensan, la aceptación no es resignación, no es debilidad o conformismo. Aceptar significa conocerse, significa fortaleza, mente plena y autocontrol. La aceptación es fluir en sintonía con el mundo, es la valentía de poder vivir sin máscaras, es compasión. La aceptación es, en sí, felicidad.
Ponte en acción y cambiará el mundo
En definitiva, si las expectativas generan sufrimiento y el sufrimiento es algo opcional que se evita con la acción, no hay más que actuar y sustituir las expectativas por aceptación. Así de simple, así de difícil.
Y en eso estamos, aceptando que los demás no son como yo ni como me gustaría que fueran, intentando aceptar que lo que para mí es el decálogo de la buena educación, para otros se trata de algo completamente prescindible y banal. Y entre tanto, me descubro poniendo nuevamente expectativas en la gente, y lo que no he conseguido aceptar me sigue haciendo sufrir.
Ojalá se trate de un sufrimiento caduco y que todos, algún día, lleguemos a sustituir expectativas por esperanza, resistencia por aceptación, sufrimiento por felicidad, aunque por ello me consideren un idealista.