A estas alturas del año es normal hacer balance, hacer listas de lo mejor del año y este año no podía ser menos.
A pesar de que el título del anuario sea Annus horribilis, hay muchas cosas por las que agradecer a la vida y de las que, de no haber sido tan horribilis, es probable que hubieran pasado desapercibidas o, sencillamente, no hubieran ocurrido.
Me quedo con algo sobre todas las cosas, que por contradictorio que pueda parecer, es sin duda una de las verdades más absolutas a las que me he rendido: cuando la familia se tambalea, no hay mejor refugio que la propia familia. Cuando la daga llega hasta lo más profundo de tu ser, cuando el dolor se extiende hasta traspasar las fronteras de tu cuerpo, es momento de dejarse caer de espaldas, con los brazos extendidos y confiar en que hay alguien detrás que no te dejará caer. Es la misma confianza ciega con la que le gusta jugar a mi hija y dejarse caer para que yo la coja. Ver cómo se tira sin ningún temor, sabiendo que su padre no va a permitir que su cuerpo llegue al suelo, es lo que me hace reflexionar y atreverme a hacer lo mismo en cuerpo y alma. Una vez más, y ya he perdido la cuenta, es la hija quien alecciona a su padre. Y de este tipo de lecciones ha sido un año pródigo, que pensándolo bien hace que sea un poquito menos horribilis.
Recuerdo haber sido un niño de fiebres altas y cuántas veces me decían mi madre y mi abuela que la fiebre me haría crecer. Hoy esas palabras recobran todo su sentido y agradezco que la vida me regale estas “fiebres” que, sin ningún tipo de duda, nos hacen crecer en otros aspectos que sobrepasan lo corpóreo. Ya lo dice el refrán, que ningún mar en calma hizo experto al marinero.
Y el año avanzaba entre fiebres y tempestades, lo que me llevaba a disfrutar más si cabe de una de mis compañías preferidas con las que he seguido disfrutando de mi medicina para el alma, descubriendo nuevos artistas y redescubriendo a mis viejos compañeros de viaje. Entre Shawn Mendes, John Mayer, Imagine Drangos o Lukas Graham, siempre ha habido hueco para mi Seal, Dire Straits, Rod Stewart o Aretha Franklin. Cómo me gustan esas comidas familiares multitudinarias, compartiendo mesa entre varias generaciones, conviviendo la experiencia y sabiduría de los abuelos con sus historietas que, por muy repetidas que sean, siguen cautivando la atención de los demás, con los más jóvenes que hacen las delicias de los mayores al descubrir que el mundo se abre ante ellos. Al igual que estos encuentros intergeneracionales, mis “listas de reproducción” me gusta que estén compensadas, dando hueco a los nuevos descubrimientos, pero con una buena base de mis “imprescindibles”.
El annus horribilis y esos ratitos de soledad me han llevado a mirar más hacia dentro, lo que ha derivado en un mayor autoconocimiento, que junto a la sensibilidad que otorga una herida abierta, me han permitido vivir algunas experiencias mucho más intensamente. Quizá sea el motivo por el que salí tan impactado del cine tras ver la mejor película que he visto en mucho tiempo, la futura oscarizada Joker, con la que tuve largas horas de reflexión en los días siguientes.
Foto de Malte Lu en Pexels
Y así es la vida y la vida esto, un año malo y sufrido ha sido el promotor de grandes descubrimientos musicales, me ha permitido conocerme más profundamente, me ha regalado momentos con mi familia que de cualquier otra manera no hubieran existido, me ha mantenido más sensible y sensitivo, ofreciéndome percibir las circunstancias de la vida de manera más intensa, descubrir la cara b de algunas cosas, dedicarme a lo importante con más entusiasmo y disfrutar como nunca de las cosas cotidianas que nos dan la felicidad.
Gracias a todos por hacer de este año, un grandioso annus horribilis.