Si lo que estás buscando es un debate sobre la situación política en Cataluña, te has confundido de blog.
Hoy os traigo una reflexión sobre lo que Stephen R. Covey identifica como el camino a la madurez en Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, aunque como siempre, lo haré desde mi óptica personal. Ya sabéis de mi empeño en aplicar los conocimientos profesionales en desarrollos personales y viceversa, hecho que permite difuminar esa línea en el horizonte que separa ambas disciplinas de nuestras vidas, haciéndose imperceptible dónde termina una y dónde comienza la otra.
Hace unos días, en una de las charlas de Mindfulness para padres que está impartiendo Manuel Hierro Tobalo en el CEIP Trajano de Mérida, hacía mención a un concepto que desde hace tiempo tengo interiorizado y que activó en mí la máquina de pensar que hoy me hace estar aquí sentado, compartiendo con vosotros estos ratitos a media luz.
A lo largo de los 7 hábitos, Covey nos muestra la secuencia que cualquier persona debería seguir para llegar a entenderse como “madura”. Esta secuencia la tenía identificada en lo personal y en lo profesional, pero en esta ocasión, me pregunté: ¿Y en lo emocional/espiritual? Y esto es lo que os dejo…
DEPENDENCIA
Se trata del paradigma del TÚ. En esta etapa dependemos de otras personas para desarrollarnos, estamos iniciándonos en la vida y no disponemos de autonomía suficiente.
En lo personal, lo más representativo es el niño con su madre, de quien depende para sobrevivir. Podríamos decir que es la etapa de dependencia natural, aunque desgraciadamente, en muchas ocasiones no es la única dependencia posible, ya que todos conocemos a personas que se empeñan en anclarse en este incipiente desarrollo, negándose a dar el siguiente paso hacia su madurez. Acomodados y acostumbrados a que sus madres o incluso parejas se encarguen de cuidarles y guiarles, se sienten totalmente confortables ante la ausencia de responsabilidad, ya que siempre habrá alguien a quien poder culpar de los errores o fracasos.
En este caso, las riendas de tu vida no las tienes tú, las tiene la persona de quien dependes. Y esto lleva a muchas otras personas a provocar esta inmadurez ajena. Esas madres empeñadas en criar a niños burbuja, en impedir cualquier tipo de reacción autónoma de su polluelo, de manera que les permita controlar las vidas ajenas cual titiritero manejando sus marionetas.
Profesionalmente, podríamos hablar del becario, del novato, que al iniciarse en el mundo profesional, se convierte en la sombra del responsable de su formación. Conocedor de su absoluto desconocimiento, por el que todo el mundo hemos pasado, se aferra a aquel que le enseña la profesión. Los libros han dado paso a los clientes, los exámenes se convierten en objetivos y las notas se traducen en euros.
Al contrario que en lo personal, superar esta fase profesional no significa que no vaya a volver. Con cada nueva función dentro de la empresa, con cada nuevo trabajo, nos encontramos ante una nueva dependencia que debemos volver a superar. Sería aconsejable que la madurez personal estuviera algo avanzada para que te permita afrontar estos nuevos retos, ya que un continuo retroceso a la situación inicial puede resultar demasiado estresante si no lo consigues entender como una nueva oportunidad que te ofrece la vida para desarrollarte profesionalmente.
Resulta inmediato extrapolarlo al plano emocional/espiritual. Al empezar a caminar por la vida vas descubriendo sentimientos y emociones en ti, que son el reflejo de tus padres. Un bebé se ríe al escuchar la risa de mamá, pasa del llanto a la carcajada sin saber ni cómo ni por qué.
Desde el primer día, recibimos una educación que nos condicionará en el modo de pensar, de actuar, de sentir. Escudriñamos en lo más profundo de nuestros referentes para aprender sus sentimientos y emociones, sus creencias y sus miedos. Podríamos decir que nuestra dependencia personal y emocional nacen juntas, aunque cada una de ellas acabará siguiendo caminos distintos.
INDEPENDENCIA
Estamos ante el paradigma del YO. Se trata de la evolución natural de cualquier persona, en la que empezamos a descubrir lo gratificante que es realizar las cosas por uno mismo. Tras el aprendizaje, nos sentimos capaces de actuar por nosotros mismos, haciéndonos con las riendas de nuestra existencia.
No se trata de salir de casa de tus padres e irte a vivir solo. Eso no deja de ser un hecho más de la independencia personal, aunque no se trata de una garantía para ser realmente independiente.
Una persona es independiente cuando, viva con quien viva, esté con quien esté, es autónomo funcionalmente, cuando es capaz de responsabilizarse de sus propios actos, sin tener la necesidad de que nadie le indique lo que hacer, o incluso que lo haga por él.
Profesionalmente, una vez has aprendido lo necesario, te encuentras ante el reto de ser tú quien decida qué y cómo hacer las cosas, tomas responsabilidad de tus actos, obtienes tus propios logros.
Después de haber estado contemplando cómo los demás nos llevaban en brazos por la vida, con la independencia conseguimos disfrutar de los éxitos personales y aprender de nuestros propios errores. No hay nadie a quien culpar, no hay nadie en quien justificarnos.
Si resulta evidente que la independencia es un estado de mayor madurez que la dependencia, al hablar del plano emocional o espiritual se acentúa más si cabe. En un momento en el que empezamos a ser capaces de pensar por nosotros mismos, el mundo se abre ante tus ojos, mostrándote la verdadera libertad. ¿Acaso hay mayor libertad que la de permitirte sentir lo que quieras en cada momento?
Sentir, pensar, creer o imaginar, son verbos que te muestran el camino de esa independencia con la que tanto has soñado y por la que tanto has luchado. El camino habrá podido ser más o menos largo, más o menos duro, pero en todo momento la independencia ha estado en el foco de tu mente, convirtiéndose en tu gran propósito, en aquello por lo que esforzarse. Tanto es así, que en muchas ocasiones lo vemos como el final del camino, olvidándonos de que existe un último escalón en nuestro desarrollo.
INTERDEPENDENCIA
Es el paradigma del NOSOTROS. En este momento comprendes que la individualidad no lo es todo, que la independencia es otro escalón más en la escalera del desarrollo personal.
Con la interdependencia descubres que uniendo fuerzas, conocimientos o voluntades de distintas personas independientes, el resultado es mucho más completo y satisfactorio que habiéndolo realizado individualmente.
Solo después de haber pasado por la dependencia y la independencia, podrás alcanzar la interdependencia.
En el ámbito personal, otorgas el poder al grupo, pues la unión hace la fuerza. La familia se convierte en el grupo más potente de interdepencia. Un grupo de amigos, el club de ajedrez y el club de senderismo te ofrecen la excusa perfecta donde empezar a mostrarte como parte de una comunidad en la que todos caminan en el mismo sentido para alcanzar la misma meta.
Profesionalmente descubres las ventajas de trabajar en equipo, pudiendo acceder a tareas complejas e inalcanzables para una persona independiente.
¿Y en el plano emocional y espiritual? ¿Ocurre lo mismo? No tengas ninguna duda de que es así. De hecho, personal y profesionalmente podrías llegar a disimular tu falsa interdependencia con mayor o menor éxito, pero cuando se trata de lo más profundo de ti, no hay caretas que valgan.
Siempre se dice que para las fiestas todo el mundo vale. No lo creo así, salvo que os encontréis en niveles de maduración similares.
Cuando se trata de compartir las alegrías, ¿de qué me sirve compartirlas con alguien “independiente” que se centra en el “yo” frente al “nosotros”? Mantener una conversación con un “independiente” es más una sucesión de monólogos, ya que para él lo importante es su verdad. Una fiesta de “independientes” es a jugar al bingo lo que una fiesta de “interdependientes” es a jugar a Los Juegos Reunidos.
En el otro extremo, ante la adversidad, ser interdependiente es lo que te permite poder hablar de tú a tú con el otro. La interdependencia hace que al ver a una persona en el abismo, bajes hasta donde se encuentra, lo acompañes y le muestres el camino del ascenso. O puede ser que simplemente tengas que acompañarle en sus sombras, sin más, sin pretender que acepte la ayuda que le brindas y que quizá no quiere.
Sea como sea, no se trata de compartir las alegrías y las penas, se trata de sentirlas como propias, de asumirlas, pero sin que tu felicidad o tu desdicha dependa de nadie más que de ti, pues estaríamos ante la dependencia emocional de la que hablaba anteriormente.
En definitiva, la interdependencia sólo se puede conseguir desde la independencia y nunca partiendo desde la dependencia.
Interdependencia es empatía, es ser y estar, entender que la suma de individualismos consigue que el todo sea mucho más atractivo.
Por eso, no te olvides de este último paso y grita bien alto: ¡NO A LA INDEPENDENCIA!