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Lucía Madera del Río

Positiva-Mente

Enfrentar la pérdida

Hoy quiero hablar sobre dolor, finales y maneras de sobrellevar la impotencia y desesperación que implica la última fase de la vida: la muerte.

La muerte de un ser querido es una de las situaciones más dolorosas que el ser humano experimenta.

 En la actualidad, la muerte continúa siendo un tema tabú; un tema que evitamos porque nos hace sentir incómodos. ¿Qué podemos decir? ¿Qué podemos sentir? A decir verdad, el silencio no hará más esquiva esta realidad.

La “no vida”, en general, nos provoca un temor irracional y la capacidad de enfrentar y aceptar la muerte como algo natural es casi inexistente. Esta actitud puede ser desadaptativa y poco inteligente pero, sin duda, es una actitud muy humana. La desnaturalización a la hora de abordar la muerte nunca nos llevará hacia la plenitud de nuestras vidas pero, como ya dije, la mente humana, por muy racional que sea, actúa de maneras muy poco razonables en ciertas situaciones.

¿Cómo superar el fin de la vida de alguien a quien quieres? ¿Cómo superar el vacío que produce esa pérdida? La respuesta es fácil: no tenemos porqué superarlo. Es necesario que en un proceso de duelo no nos presionemos con el concepto de superarlo. Aprendemos o debemos aprender a vivir con ello. Aferrarse a la vida y apreciar el tiempo que tenemos aquí es complicado pero, con un poco de perspectiva, se puede llegar a ello.

La vida es una sucesión continua de pequeñas y grandes pérdidas y el duelo es la reacción ante cualquier pérdida o separación. Estamos acostumbrados desde que nacemos a sobrellevar pérdidas. Antes que nosotros, millones de seres humanos han enfrentado la muerte de sus seres queridos. El proceso de adaptación hace que podamos contar con los recursos psicológicos necesarios para enfrentar estas situaciones.

La muerte no se para a pensar en razones ni justificaciones. No es justa; simplemente existe y duele. Buscar una explicación a algo que no la tiene no sirve absolutamente de nada. Asumir y aprender es lo único que podemos hacer ante una batalla perdida, una batalla que provoca un cambio sustancial en nuestra vida.

Poco a poco, el recuerdo nos hará cambiar esas lágrimas por sonrisas.

El ser humano tiene, en general, formas muy similares de afrontar la pérdida: las conocidas como “fases del duelo”. Se trata de cinco estados por los que solemos pasar ante la pérdida de algún ser querido. Son fases que cambian de orden y duración según la persona, y que os describo a continuación.

  1. Negación o aislamiento.
    En esta fase, el ser humano activa un mecanismo de defensa que actúa como colchón ante el duro golpe para amortiguar el choque. Sirve para postergar el impacto de una noticia tan dura y de lo que esa noticia implica en tu vida. La negación o aislamiento se caracterizan por la incredulidad y la perplejidad ante la situación, y son necesarios, ya que conceden una tregua a tu mente de la realidad.
  2. Ira o culpa. Aquí, solemos sustituir la negación por rabia o resentimiento. Es una etapa en la que tu cabeza no deja de preguntarse por qué ha pasado o cómo ha pasado. La ira se desplaza en todas las direcciones de una manera injusta y desencadena sentimientos negativos, ya sea por la crítica constante de todo lo que te rodea, o por el sentimiento de culpa que te invade.
  3. Pacto o negociación
    El pacto es un paso hacia la aceptación, un intento de llegar a un acuerdo contigo mismo que te permite poder continuar con tu vida. Ante la dificultad de afrontar una pérdida, se intenta sobrellevar la situación. Para ello, negocias, contigo mismo o con las personas que te rodean, acuerdos para mejorar.
  4. Depresión
    Cuando se llega a esta etapa, se produce una invasión de profunda tristeza. Tu cuerpo y tu mente se debilitan de tal forma que la desgana te domina y pierdes el sentido de tu vida. Esta etapa puede alargarse hasta límites desesperantes.
  5. Aceptación
    En la aceptación, contemplas tu vida de una forma mucho más tranquila. La tristeza mengua y aumentan los buenos recuerdos; la vida se impone. En esta fase, solemos buscar estímulos externos que nos ayuden (apoyo, actividades…) y percibimos todo desde un prisma mucho más positivo. En definitiva, vuelve la esperanza.

El proceso vital del ser humano se completa con la muerte. Y, aunque esto lo entendamos perfectamente, no va a dejar de doler. Sin embargo, el dolor puede sentirse en diversas dimensiones y puede hacernos más fuertes o más débiles.
Esa decisión depende sólo de uno mismo.

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Sobre el autor

Lucía Madera del Río (@lmadelrio) es psicóloga y terapeuta de conducta emeritense especializada en temas de salud mental y nutricional. También es la ideóloga del proyecto Positiva-Mente, basado en la psicología positiva.


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