En las cuatro fotografías del presente artículo aparecen personas que discrepan en sus ideas, creencias, maneras de ver y de analizar la vida…pero todas ellas nos dieron lecciones y lo siguen haciendo de convivencia y respeto. Sería conveniente reflexionar sobre ello.
Discrepar según la Real Academia de la Lengua significa “no estar de acuerdo una persona con otra en un determinado asunto” y “no estar en armonía o correspondencia con otra”. Son infinitos los temas en los que podemos discrepar, al igual que son muchas las razones para ello. Nos diferenciamos en nuestros pensamientos, en las ideas y creencias. Percibimos la realidad de forma propia porque nuestros intereses, de alguna manera, condicionan el trabajo de nuestros sentidos. Es lógico que el análisis y reflexión que realizamos de los diferentes aspectos de la vida conlleva la subjetividad que los hace algo, o totalmente, diferentes.
Discrepamos por las emociones y los gustos. Siento frío cuando tú puedes estar estupendamente y ambos llevamos razón porque es lo que sentimos cada uno. Me gustan determinados colores y a ti te gustan otros, y también en comidas y ciudades y equipos de fútbol. En la discrepancia se encuentra uno de los motivos por lo que existe la variedad en el mundo. Si a todos nos gustase el azul nos encontraríamos sin el rojo o el verde; si solo viéramos los partidos de un determinado equipo, al poco tiempo desaparecía ese deporte porque no se podría mantener económicamente.
Discrepamos en el comportamiento, en las conductas y aficiones. Yo practico el senderismo y tú juegas al tenis; yo leo libros de historia y tú novelas románticas; yo disfruto paseando por las calles de mi pueblo y tú por las calles de las grandes ciudades… la grandeza de la variedad nos convierte en seres increíbles y grandiosos.
Discrepar nunca nos debe dar miedo ni nos debe hacer desconfiar de la otra persona. Discrepar nos lleva al diálogo, al debate, a las diferencias y a los matices. Nos hace avanzar en el análisis y en sus conclusiones. Nos abre a la multiplicidad, a la variedad y a las diferencias y similitudes. Nos da la posibilidad de ser más tolerante y cuidadosos con lo que decimos y con el cómo lo hacemos.
Discrepar no se debe hacer desde la imposición, ni desde la intolerancia del que aplasta al otro, ni del que silencia al diferente, ni desde el chantaje en cualquiera de sus versiones. Utilizar a los hijos, a los menores para imponer criterios personales nos desautoriza y nos deshumaniza.
Discrepar tiene unos requisitos que siempre se han de tener en cuenta: el respeto a las normas previamente establecidas y a los acuerdos llegados; el deseo de avanzar y mejorar la convivencia y que las minorías también existen para ser tenidas en cuenta. Discrepar ha de tener siempre en la base de su existencia el acuerdo del respeto y que si hemos de separarnos lo hagamos desde la grandeza de seguir creciendo ambos.
Esto se puede aplicar en cualquier ámbito de la vida privada y pública: familiar, de pareja, política, etc. Deseo profundamente que el discrepar nos enriquezca y nos convierta en personas más tolerantes e inteligentes. Nunca olvidemos que en la similitud y en las diferencias está la riqueza y siempre comenzar por los sectores con más necesidades.
Nunca olvidemos que el respeto comienza de forma unidireccional y después reclama que sea recíproco, aunque haya discrepancias. El respeto a la dignidad de la persona es innegociable.