Soy una de tantas personas a las que les da miedo conducir. El sueño de todo joven al cumplir los 18 es estudiar para el examen teórico del coche lo que no han estudiado para sacarse el Bachillerato, presumir de dar las prácticas, cuantas menos, mejor, para que se note que no te tiembla la mano al volante, y para finalizar, subir a Tuenti una foto con una L blanca sobre un fondo verde que indique que eres novato, para que todos tus amigos te feliciten y te ayuden a sentirte más mayor, más responsable a base de comentarios del tipo: “Otro peligro más al volante” o “Cuidado con las viejas que cruzan los semáforos”.
A mí me dan miedo los coches, la carretera, los adelantamientos… siempre voy mirando la raya del arcén temiendo que al conductor que esté al mando del vehículo en ese momento, le despiste algo o simplemente se quede dormido y tenga que tomar yo las riendas. Me da pánico montar con gente que apenas conozco, con alguien que ha bebido alcohol, consumido drogas, o con chicos que te llevan a una velocidad de infarto por el simple hecho de presumir, que derrapan para impresionarte y lo que consiguen es aterrorizarte, al menos en mi caso.
Soy fiel al autobús, al tren, al transporte urbano. A viajar pudiendo leer, hablar, mirar, escuchar lo que la gente de tu entorno comenta, dormir si has descansado poco. Cada vez más gente me pregunta: “¿Para cuándo el carnet?” Y yo siempre digo que no tengo prisa, que tengo tiempo, pero argumentan: “Si hoy en día es necesario para todo”. Yo intento no argumentar que la verdadera causa es mi miedo a la carretera, a lo mal que me pongo cada vez que salen las estadísticas de los muertos en accidentes, sobre todo en fechas señaladas (26 muertes esta Semana Santa).
Para colmo, parece que las autoescuelas me persiguen. Cada vez que paso por la Cruz, justo por el lado en el que se ponen los taxis, me dan un folleto con publicidad de una autoescuela en la que me pintan tan bien la matricula que hay veces que me digo que ya va siendo hora de asumir mis miedos y plantarles cara. Pero al volver a casa, pongo el telediario, veo imágenes de coches destrozados y me digo: “Mientras siga teniendo en forma las piernas y transporte público, que se quite gastar en gasolina para pasar miedo, que además de sentirme más segura, me voy a sentir mejor por contaminar menos”.