Es divertido llegar a una ciudad nueva, desconocida, y buscar aventuras. Yo siempre que viajo, intento perderme, caminar sin saber a dónde voy, sin un rumbo fijo, dejándome llevar por el momento, aunque siempre también con un poco de miedo por no saber si hay algún barrio chungo que deba controlar para no adentrarme en él.
El otro día, me perdí por Montemor, pero esta vez, sin querer. Tenía pensado hacerlo alguna noche adrede, cogiendo la cámara y moviéndome como lo hacía cuando llegué hace un año a vivir a Cáceres: callejeando, para aprender a manejarme con soltura por la ciudad. La experiencia en Montemor fue mucho mejor de lo que hubiese imaginado, pues siempre que me he perdido sin querer, he acabado nerviosa, llorando y pidiendo ayuda a alguien para volver a orientarme, como me pasó dos veces en un aguapark de Cádiz hace años con mis padres, que en las dos visitas terminé agarrada de la mano de señoras mayores que me ayudaban a buscar a mis progenitores. Y no yéndome tantos años atrás, recuerdo que en Tarrytown, un pueblo de Nueva York, me perdí una noche de mis compañeros y los llamé asustada para que me orientasen y me esperasen mientras miraba a todos lados nerviosa por miedo a que alguien me disparase. Sí, sé que suena un tanto extraño, pero a mí no se me iba de la cabeza que los americanos, ya con permiso de armas desde muy jóvenes, por la noche podían usar una pistola con la ley de su parte si creían que podías intentar adentrarte en su morada para robar. A esas horas caminando por calles pequeñas y tenebrosas, todos los gatos son pardos.
Sin embargo, esta vez en Montemor, más que miedo, me he dado cuenta de que he adquirido mucha seguridad en mí misma, pues a pesar de que mi nivel de orientación sigue siendo pésimo, la tranquilidad con la que busqué mi destino, tras una hora y media dando vueltas, fue muy positiva. Gracias a ese grato y desorientado paseo mañanero, descubrí la parte de Montemor cotidiana que solo se descubre cuando una hace vida de montemorés: saludaba a la gente por la calle como si fuesen mis vecinos y los conociese de toda la vida, cosa que en mi vida jamás haría en Cáceres, tal vez porque como ciudad tiene un carácter más frío. También pasé por varias escuelas, vi cómo los padres iban a esperar a los niños, o cómo mujeres obreras, que es la primera vez que he visto esto es mi vida y me sorprendió gratamente, esparcían grava y hormigón por una acera.
También descubrí arquitectura, parques, tiendas, monumentos… Lo que más me gustó fue ver una plaza de toros muy pequeña que desconocía que hubiese, y un poco después una especie de edificio en ruinas que fotografié a lo lejos, pero que tengo pendiente ir a ver otro día más tranquilamente, sin prisas por tener que llegar a otro destino. En el fondo, sí, estaría hora y media dando vueltas, pero mínimo la mitad de ese tiempo lo perdí en pararme a observar las puertas portuguesas. Son tan diferentes a las españolas y tan llamativas en cuanto a sus formas y su madera, que me quedo embobada mirándolas, y cómo no, tomándoles una instantánea con mi cámara sin reparar en el tiempo.