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Carolina Díaz Rodríguez

Solita en Cáceres

Pedir el Whatsapp como quien pide la hora

Hace tiempo que ya no me piden la hora por la calle, desde que todo el mundo puede consultarla en sus teléfonos móviles. Se ha vuelto raro también que me pregunten cómo llegar a tal plaza o a tal calle, desde que el GPS cobra cada vez más vida en nuestros teléfonos y nos indica bastante bien cómo llegar a nuestro destino. Sin embargo, hay algo que, en los últimos tiempos, sobre todo en el último mes, se ha vuelto tan común como que me entreguen panfletos publicitarios cuando voy por el centro: pedirme el Whatsapp.

                Me resulta curioso e incómodo a la vez que haya hombres con la suficiente seguridad y confianza como para ponerse delante de ti, en medio de tu trayectoria cuando vas caminando, sin conocerte, y tras comerte la oreja casi literalmente, como si la acera fuera el centro de la pista de baile de una discoteca, se atrevan a pedirte el número de teléfono empleando el eufemismo ‘Whatsapp’, para según dicen, chatear, conocerte y quedar contigo.

                Ayer por la tarde me volvió a pasar esto, pero fue un caso bastante más raro de lo normal. Iba a dar una vuelta con la cámara para despejarme, cuando un grupo de muchachinos, que no debían de tener más de 15 años, con sus mechinas rubias en el flequillo y sus pantalones caídos enseñando los calzoncillos, me abordó para preguntarme si estaba estudiando fotografía. Tras la típica pregunta de “¿Y eso qué es? cuando les dije que estaba terminando Filología, uno de ellos me pidió el Whatsapp para chatear. Vale que ya me han dicho como cuatro o cinco veces últimamente que aparento diecisiete años, pero en el momento en que el muchachino me pedía el Whatsapp, sentí una mezcla entre la felicidad por parecer tan jovencina y una angustia casi maternal, pues la figura que tenía ante mí era la de un niño que tenía pinta de no haber terminado la ESO.

                Salí de la incómoda situación con mi nerviosa sonrisa habitual en estos casos, una palmadita en el hombro y una aceleración considerable del paso. Noté que sigo sin saber decir la palabra ‘no’, pero al igual que ahora, para ligar, a pedir el número de teléfono se le llama pedir el Whatsapp, yo también he empezado a encontrar maneras de expresar negación solo con gestos. Luego, pensándolo bien, se me pasó por la cabeza haberle dado el número por si necesitaba unas clases particulares más adelante de lenguaje, que no de lengua.

Carolina Díaz tiene 19 años, vive en Arroyo de la Luz y estudia Filología. Cada amanecer coge el autobús a Cáceres. Por la mañana va a la universidad, por la tarde graba vídeos y por la noche vuelve a casa en bus. Solita en Cáceres es la cara oculta de sus grabaciones para las secciones Cáceres Insólita y Mira Quién Habla.

Sobre el autor

Carolina Díaz, vive en Arroyo de la Luz y estudia Filología. Cada amanecer coge el autobús a Cáceres. Por la mañana va a la universidad, por la tarde graba vídeos y por la noche vuelve a casa en bus. Solita en Cáceres es la cara oculta de sus grabaciones para las secciones Cáceres Insólita y Mira Quién Habla.


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