Día soleado, la temperatura mínima fue de -28ºC. Brisa moderada de 20 – 29 km/h de Noroeste con sensación térmica de -47ºC.
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¡Qué palizón nos pegamos subiendo al dichoso collado para luego acabar acampados en un lugar tan expuesto en medio de un vendaval!
De todas formas no hubiéramos conseguido mejor protección contra el viento. A la mañana siguiente, nos dimos cuenta. La ventisca mezclada con la niebla había desaparecido y nos mostraba la gigantesca plataforma del campo de hielo de Sabine Land.
Despertar dentro del saco de dormir se percibía a través de la nariz el helador panorama dentro de la tienda. El tenue aire condensado de nuestra respiración permanecía helado en la capa interior del habitáculo. Al movernos caían escamas heladas de esa condensación derritiéndose encima de nosotros.
Para no empapar los sacos de dormir, hubo que levantarse con sumo cuidado e ir retirando con la bayeta el hielo generado la ‘noche’ antes. El agua ‘líquida’ que había dejado en una botella estaba hecha un bloque. Todo permanecía brillante por los cristales de hielo. Al mirar el termómetro, nos dimos cuenta de porque todo estaba así, el termómetro indicaba -11ºC de temperatura dentro de la tienda.
Desde dentro se percibía una constante brisa y el intenso brillo del sol de fuera. Estas indicaciones hacían presagiar que tendríamos un periodo anticiclónico, lo cual hacía que las temperaturas cayeran empicado, y junto a la altura a la que estábamos, nos encontrábamos inmersos en un congelador.
Al salir para hacer el primer piss, tiramos del grueso abrigo junto a los gorros de ‘aviador ruso‘. Subía rápidamente la cremallera y echaba un vistazo a los alrededores, acto seguido, nos poníamos las botas, y con cuidado de no tocar las paredes de la tienda para con impregnarnos de hielo condesado, nos incorporábamos para de nuevo echar otra visual y asegurarse de no tener compañía o rastros de pisadas de algún oso.
Así amanecimos, enterrados en nieve. Hubo que excavar para recuperar las pulkas porque habían desaparecido. Foto Jorge G.
Como siempre, debíamos permanecer dentro del perímetro de la valla para hacer nuestras necesidades y no tratar de saltarla para no activarla. Pero al revisar la valla, vi que el hilo de sedal permanecía completamente helado y tocando el suelo, había ‘engordado’ por la nieve del día anterior. El peso de la nieve sobre el hilo de sedal lo hizo más pesado, y con el fuerte viento, el fino sedal más parecido a una cuerda, ofrecía más resistencia al viento, lo que soltó uno de los activadores de la alarma. Extrañado, me acerqué al lanzador de la bengala que se soltó, y observé que la bengala no se había disparado.
No sabía por qué razón la bengala no había saltado, la desmonté y comprobé que el disparador había percutido, pero no lo suficiente. Tuve una sensación de alivio al ver que seguramente la noche del vendaval no habría asegurado bien la carga explosiva. Un tiempo después descubrí que la rosca de los dispositivos se helaba por la humedad y aparentaban que quedaban bien roscados los lanzadores.
El frío extremo causa estragos en los equipos.
Aquella mañana nos dimos cuenta de que el efecto de las bajísimas temperaturas provocaría en los materiales reacciones diferentes a lo que no estábamos acostumbrados. Lo primero que se rompió fue el pequeño trípode gorila que usé para grabar. Luego, varias bridas de nylon también se habían roto en una de las pulkas. El material plástico expuesto a estas bajas temperaturas lo hacía muy quebradizo y sin apenas forzarlo, se rompía, incluso la ropa y el material de la mochila podría romperse si pasaba de húmedo a helado.
Nos dimos cuenta también, que al tratar de usar los mecheros de gas que iban encima de nosotros, no encendían ¡ninguno! Menos mal que días antes una pareja de noruegos nos dio una caja de fósforos al comprobar que ninguno de los mecheros encendía bien.
Acampados aquel día tan gélido, Gontzal preparaba el infernillo como casi todas las tardes, después de gastar varias cerillas, el infernillo no combustionaba bien y generaba gases tóxicos del combustible. Tuvimos que abrir de par en par la tienda a pesar del terrorífico frío de fuera para ventilar el pequeño refugio. Nos lloraban los ojos y fue angustioso respirar entre la tos y la falta de aire limpio.
Al ver que no había manera que quemara bien, usamos otro infernillo de los tres que llevábamos. Este otro calentador daba el mismo problema. La combustión deficiente nos volvió a intoxicar.
Arropados entre los gruesos abrigos y con los gorros puestos, seguimos tratando de limpiar y encender cualquiera de los dichosos hornillos que al fin, después de mucho enredar, conseguimos que funcionara uno. Todo se debía otra vez al intenso frío.
Este tipo de hornillo lleva un serpentín para precalentar y transformar el combustible de líquido a gaseoso. Como el combustible estaba tan sumamente frío no conseguía el efecto gaseoso y ardía muy mal.
NOTA TÉCNICA
Los infernillos de combustible líquido con el paso de tiempo, se van ensuciando por el hollín, y hay que hacerles una pequeña limpieza. Corres el peligro que algo no se pueda desmontar al quedar pegado o se quede mal montado. Por mi experiencia, en este tipo de calentadores de combustible líquido, aunque dan mucho más poder energético que cualquier infernillo de bombona de gas/propano, son muy sensibles a las averías y obstrucciones. Ocupan menor espacio y solamente lleva una botella que se va rellenado de gasolina blanca, en cambio, los de bombona, sigues llevando los recipientes vacíos hasta el final del viaje.
Debemos hacer un gran giro en forma de ‘C’ para salir de las rampas que bajan de los glaciares. En el gran altiplano apenas hay referencias, tenemos muy en cuenta el mapa, o sin darnos cuenta volveríamos a bajar por otro glaciar. Una vez localizado el punto ‘7’ marcado, calamos la brújula a 160º, rumbo directo al centro de Sabine Land. El día despejado ayuda, pero como hay anticiclón, junto a la brisa procedente del Polo Norte, las temperaturas son bajísimas. Foto Jorge G.
En aquellos días de temperaturas extremas, experimentamos muchos efectos del frío. En varios alimentos también tuvimos problemas; las rebanadas de pan negro y el queso en tranchetes se tuvieron que despegar con cuidado cerca del calor del infernillo. La mantequilla hubo que partirla a golpe de navaja, y la mermelada quedó inservible días hasta que subió el termómetro.
El rendimiento de los aparatos electrónicos era muy bajo, las baterías dejaban de funcionar a los pocos segundos de sacarlos al exterior. Llegué a llevar encima protegidas del ambiente ‘fresco’; tres baterías del teléfono satélite, tres de la cámara de acción, cuatro de la cámara de fotos y una powerbank. Todos los días acababan inútiles y había que volver a cargarlas.
Otra consecuencia del frío extremo era la fatídica condensación sobre los equipos. Las cámaras y demás aparatos electrónicos se tenían que guardar en bolsas estancas y dejarlos en ellas a que se ‘atemperaran’ en la cálida tienda. Si por el contrario, los entrabamos del exterior, rápidamente les crecía una fina capa de hielo en todo el cuerpo y en las conexiones comprometiendo su funcionamiento.
Sol de media noche a -30ºC. Pisar la nieve seca y helada es como andar sobre corcho blanco que rechina.
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