Ha llegado Mayo, las graduaciones, las vacaciones y demás alivios estudiantiles. Aquí eso de las recuperaciones, poco. O te aplicas o ya nos vemos el curso que viene si eso.
El caso es que yo, como buena empollona que he sido siempre, he decidido seguir yendo a clase en verano, y no tener vacaciones. He pasado por todos los estados: negación, ira,negociación, depresión y aceptación. Y con tanto cambio, me ha entrado hambre.
Aquí voy a hacer un inciso y explicar una teoría, una metáfora más bien, que he descubierto con el tiempo. Estar fuera de casa es como estar embarazada. Incluso engordas. Pero me refiero a los antojos. Cada día se te antoja algo nuevo, algo que no puedes comer y de repente sólo quieres eso. Nada más te hará feliz.
Mi antojo de esta semana ha sido el paté. Cada vez que pensaba en ese paté ïbérico¨del Mercadona, se me caía la baba. Se lo dije a mi madre, a mis amigos, busqué en Google dónde podía encontrar paté y nada. Al final, me resigné a esperar a volver a España, y me fui a Aldi a comprar con los demás inmigrantes. Porque a Aldi no va el americano medio, por norma general. A Aldi van mejicanos, afro-americanos (¿habéis visto qué políticamente correcta soy?), demás hispanos y si acaso, algún estudiante perdido. Y allí estaba yo, muy blanquita, pero hispana al fin y al cabo. Compré mis quince mil latas a 30 céntimos cada una, y me fui al supermercado pijo a echar un vistazo en el pasillo de comida internacional. Pasta. Comida china. Tacos. Aceitunas manzanilla ¨Spanish style¨. Y al final del pasillo se encuentran las nacionalidades ¨random¨, que se dice aquí. Totalmente aleatorio. Polaca (donde encontré auténtico Kinder Bueno), eslovaca, sudafricana. Y allí, entre tanta cosa rara, allí… Bajo el título ¨Croacia¨encontré el paté. ¡¡¡PATÉ!!!
Os doy mi palabra de extremeña de que no paré de sonreír en todo el día.
Hasta dentro de unos días, lectores, o hasta el próximo antojo.