Salgo a la calle y respiro el aire fresco. Mi aliento forma vaho cuando respiro. Qué raro me resulta eso cuando hace una semana estaba a 45ºC, bañándome en la piscina de mi casa en Badajoz… Me dirijo al comedor de la Quinta, donde mi amiga la camarera Eva me tiene preparado el desayuno en una mesa. Falta una hora para que abran el comedor, pero como yo tengo que irme temprano, me tienen lista una mesa para mí a las 6:30 de la mañana.
Mientras termino de desayunar, llega mi amiga Silvita, recién MSc en Biodiversidad, como yo, con un trabajo sobre anatomía de anfibios con el profesor Esteban Lavilla, de la Fundación Miguel Lillo, Tucumán, Argentina (me encantan los nombres de las ciudades argentinas… ¡son tan evocadores!). Todas las mañanas viene a por mí y a por el prof. Lavilla, que se hospeda en un hotel a una cuadra del mío, y nos lleva a la universidad.
Hoy tenemos sesión práctica con ejemplares fijados de la colección de la FaCEN y del Museo de Historia Natural. Pasamos la mañana describiendo los detalles de una rana o sapo elegida por nosotros (no hay salamandras ni tritones en Paraguay) para aprender a realizar descripciones de nuevas especies.
Yo escogí un Dermatonotus muelleri, que me pareció muy gracioso. Es una rana feilla, pero por eso mismo tiene cara de simpática. O de orco…
Luego, después de comer, nos quedamos en el césped de la facultad esperando para organizar la salida al campo. Me invitan a chipá, que es una especie de pan de almidón de mandioca, queso paraguay, leche y huevo, y me encanta. Todos merendamos chipás. Vamos agrupándonos bajo el monolito, lugar de reunión, y vamos montando un campamento con los sacos, las mochilas y las tiendas de campaña.
Íbamos a ir a la ciudad de Ypacaraí, a pocos kilómetros de Asunción, pero a pesar de eso, tardamos cerca de dos horas en llegar. Así ha sido como he conocido los embotellamientos asuncenos, llenos de humos, autobuses, gente, coches, guardias, vendedores, limpiaparabrisas, desvíos, obras y todo lo que penséis que puede haber, mientras en el coche se sirve y se comparte tereré, y se habla de temas variopintos, como las discotecas y las costumbres de los jóvenes para divertirse. La costumbre aquí de los jóvenes es ir a las estaciones de servicio, comprar allí el alcohol y consumirlo en los aparcamientos. Cuando les conté que eso en España se llama “botellón” y que en algunas ciudades españolas hay botellódromos, quedaron encantados con la idea.
Llegamos cuando ya hacía tiempo que había oscurecido. Dejamos los equipajes en el tinglado de la casa del profe Efe, agarramos las linternas y las cámaras de fotos, y nos encaminamos a una lagunita cercana. En el camino y en la lagunita encontramos una diversidad bastante amplia de anfibios; muchos de ellos fueron a parar a la colección de la facultad.
Después, el asado. ¡Qué bueno! Yo apenas comí un choricito criollo, pero todo tenía una pinta y un olor estupendos. Más tarde, entre chanzas y bebidas, se prepararon los ejemplares para la colección y montamos las tiendas de campaña. Hacía tiempo que no dormía sobre el suelo duro, pero tenía tanto sueño que caí nada mas cerrar los ojos. Me despertaron los mugidos de las vacas al amanecer y los trinos de los pitobueyes y por fin pude ver algo del campo paraguayo. Estábamos en el chaco húmedo.
Me sentía bien. Estaba en mi medio.
Después de desayunar y recoger las cosas, ya sólo quedaba hacernos la foto de familia y volver. El calor empezaba a apretar, así que enseguida estábamos de nuevo en la carretera, camino a Asunción.
Me ha encantado compartir con gente tan acogedora y tan simpática estos días. Me he sentido muy bien recibida, como si nos conociéramos de toda la vida. Me siento muy afortunada por haber tenido esta gran oportunidad. ¡Gracias a todos!