Desde hace varios años doy clase en la Universidad de los Mayores de Extremadura, en las sedes de Badajoz, Cáceres y Plasencia. Los alumnos de esta universidad, que si no existiera habría que crearla, son personas que tienen más de 55 años y un deseo inmenso de aprender, gentes que tienen unas alforjas repletas de conocimientos, experiencias, vivencias, y por qué no decirlo, de deseos adolescentes de entender y saber. La mayor parte de ellos no tuvieron la suerte de poder ir a la Universidad de Extremadura, simplemente porque esta no existía.
Esta situación me ha aportado importantes experiencias, algunas de ellas curiosas y creo que simpáticas también, como la que relato ahora. Hace unos años, en una clase de las que imparto, hablaba del Patrimonio Natural de Extremadura y más concretamente de los árboles monumentales e históricos; uno de los árboles monumentales de Extremadura es el Olmo del Arco, una pequeña pedanía de Cañaveral, ahora casi sin vecinos, pero que antiguamente tenía incluso su maestra y escuela de niños. Hablaba yo de las extraordinarias dimensiones del árbol, de su antigüedad y su simbología y de la terrible enfermedad, la grafiosis, que se ceñía sobre él, cuando una alumna mía me pidió poder contar una anécdota ocurrida hacía más de 50 años.
El olmo, con más 500 años ya por entonces, estaba hueco. Los niños y las gallinas corrían por las calles y se metían en el interior del árbol, una estampa típica de muchos pueblos de nuestra tierra. Ella comentó que había una tradición, no escrita pero compartida por la gente del Arquillo, que era que cuando una gallina ponía huevos en el interior de “la olma”, nombre con el que localmente se conoce al viejo árbol, éstos eran para la maestra. Los niños entraban en el hueco del árbol y salían corriendo a buscarla para entregarle los huevos cuando los había y conseguir favores de ella. Me comentó incluso que algún zagal cogía huevos de su casa si los deberes no se le habían dado todo lo bien que deberían y que alguna madre espantaba las gallinas cuando merodeaban la olma para que se fueran a su gallinero a poner los huevos, evitando así tener que dárselos a la maestra.
Era esa época que creíamos lejana, cuando se repetía la frase de “vas a pasar más hambre que un maestro de escuela”. Pues bien, la alumna que contaba a sus compañeros de la universidad de los mayores la anécdota era la maestra del Arco en los años sesenta.
Los alumnos de la universidad de los mayores son personas apegadas a lo suyo, a su tierra, a sus gentes, enraizados en su ser de extremeños. Mucha es su curiosidad cuando tratan de desentrañar y entender el saber científico que a veces estuvo lejos de ellos; son alumnos que aprovechan cada día el tiempo de clase preguntando y aportando, aprendiendo y enseñando. Colectivamente tienen todos la medalla de Extremadura. Individualmente, muchos son tan merecedores de ella como el que más.