Regresábamos de Olivenza no hace mucho, una tarde llena de sol -demasiado calor ya para esta época- por una carretera salpicada de regadíos, frutales, viñas, tangerina… (La tangerina es una variedad de cítrico que se obtiene del cruce de naranja y mandarina. Es algo más agria y de color más rojizo que la mandarina, con la que se puede confundir. Todo esto lo descubrí buscando rápidamente en el móvil nada más ver el cartel de Tangerina en la puerta de entrada a una finca sembrada de frutales, ventajas de la navegación rápida, información al alcance de la mano que permite saciar mi curiosidad de manera instantánea.)
Pero no quiero hablar en esta entrada de la tangerina, sino de lo que vi llegando a Cáceres, en los últimos kilómetros, pasando por Valdesalor, donde otras veces lo había visto, en épocas lejanas y más recientes, siempre en días luminosos, cerca de zonas de arbolado disperso, cerniéndose… fue la sorpresa de una tarde relámpago, ida y vuelta a Olivenza para participar en la feria del libro: un Elanio Azul.
Habré visto un Elanio Azul poco más de diez veces en mi vida, o no es ave fácil de ver (que es lo que creo) o yo no soy capaz de descubrir su silueta, que se confunde los días grises cuando en lo alto del cielo exhibe su gris plumaje. Porque es grisáceo oscuro el elanio cuando el cielo es muy azul, y muy blanco cuando hay nubes, y ese gris se vuelve tan claro cuando lo tienes cerca que parece azul, y por eso es azul el elanio (Elanus caeruleus).
Hace ya unas semanas, participando en las jornadas de literatura infantil y juvenil de Miajadas, la ilustradora Mar Azabal y yo nos fuimos a Guadalupe, a dar un paseo. A la vuelta vi un elanio, y mi grito de sorpresa alertó a Mar, qué pasa, qué hay en el cielo. Un elanio, Mar, un ave rapaz misteriosa y preciosa y poco frecuente de ver. También se sobresaltó aquella otra tarde mi marido, que conducía desde Olivenza, y venía algo cansado, y me dijo también qué pasa, por qué suspiras tan fuerte, qué has visto…un elanio, gris sobre el cielo luminoso de esta tarde que termina con el mejor de los regalos que me ofrece la naturaleza.
En otra ocasión, viendo grullas en Madrigalejo, vi un elanio cerniéndose sobre el cielo muy azul de aquel día de invierno, fue entonces cuando mis hijos supieron lo que era un elanio, ese nombre tan extraño para una rapaz. Y otra vez, iba sola conduciendo, regresando de Alcuéscar donde he trabajado 13 años, y era mi último curso allí y los vi, una pareja nada más salir a la autovía desde el Cruce de las Herrerías. Por la carretera de Badajoz, cuando cruza la Sierra de San Pedro y llegando a Rosal de la Frontera, allá por la Sierra de Aracena, en Huelva, también en estos lugares he visto elanios posados sobre las ramas secas de alguna encina.
Cuando nació mi hijo mediano me premiaron un cuento que se titulaba “La leyenda del pájaro de ceniza”. Por eso digo que mi hijo no llegó con un pan, sino con un libro bajo el brazo. Un cuento que ilustró Pura Martínez Llarena y algunas de cuyas ilustraciones muestro en esta entrada, y que ganó el certamen “El Medio Ambiente Cuenta” que por entonces (hablo del año 2001) convocaba la Consejería de Agricultura y Medio Ambiente de la Junta de Extremadura.
El cuento trataba, por supuesto, de un elanio azul, ave que siempre me ha fascinado, encontrarme con un elanio en el cielo es la mayor de mis ilusiones, tan poco frecuentes de ver estas aves preciosas, aves rapaces que un día vinieron de África para instalarse en nuestros encinares, buscando los claros para cazar y los árboles para anidar.
Fascinante naturaleza, fascinantes elanios.