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Pilar López Ávila

Vivir con la naturaleza

UN VISITANTE INESPERADO

Todas las tardes esperaba la llegada de las aves a la vieja acacia, algunas de sus ramas ya secas, sin vida alguna, pero ahí seguía resistiendo sin querer morirse del todo.

Cuando el sol comenzaba a declinar, las temperaturas se amortiguaban y el intenso calor de los días de verano iba dando paso a una ligera brisa algo más fresca, comenzaban a llegar.

Lo hacían primero las tórtolas turcas, tan abundantes en los últimos tiempos, que se posaban en las ramas más altas para salir volando enseguida, en su vuelo de cortejo, elevándose casi verticalmente en el cielo para luego dejarse caer en planeo descendente con las alas abiertas y la cola desplegada, hacia otro posadero. El arrullo de las tórtolas era un sonido habitual y constante en las tardes.

Los gorriones, aunque parece que cada vez hay menos, se movían entre las ramas, adivinándose su rechoncha silueta en el contraluz. Pues la vieja acacia estaba orientada hacia el oeste, hacia la puesta de sol, y todo lo que sobre ella se posaba lo recortaba el claroscuro.

Las urracas y los rabilargos se dejaban ver por sus reclamos, el sonido gárrulo de las urracas y el griterío de los rabilargos, buscando las unas y los otros los últimos nidos de los colorines o los verderones entre los cipreses cercanos. Los rabilargos, más atrevidos y casi siempre en bandos poco numerosos, bajaban hasta donde los observaba, por ver si podían atrapar algún resto de alimento que hubiera caído en la hierba.

Los más tardíos eran los páridos, herrerillos y carboneros, los primeros casi siempre en bandadas, y los carboneros más solitarios y territoriales, solo se dejaban ver de vez en cuando. El tenue tintineo de los herrerillos jóvenes los delataba también entre las ramas del plátano falso bajo el que buscaba la sombra.

Y así todas las tardes me distraía y deleitaba en la contemplación de los pájaros que es la mejor forma que tengo de no hacer nada sin sentir desasosiego.

Hasta que llegó un visitante inesperado.

https://youtu.be/dG-kaAWZBec

Lo reconocí por su silueta sobre el tronco de la acacia, tronco arriba, tronco abajo, con la cola como sujeción imprescindible para no caer tras las arremetidas del pico contra la madera, como un resorte, con una velocidad y precisión que no hay cabeza que las aguante, si no es la de un pájaro carpintero.

El Pico Menor (Dryobates minor), el más pequeño de los carpinteros europeos -ya lo dice su nombre científico-, se parece bastante al Pico Picapinos (Dendrocopos major) en los colores, el negro, rojo y blanco que lucen ambos en sus libreas aunque trazando dibujos diferentes.

Pico Menor (SEO Birdlife)

El movimiento de la cabeza del Pico Menor sobre el tronco de la acacia para agujerear la corteza donde encuentra larvas o adultos de escarabajos xilófagos de los que principalmente se alimenta, fue celebrado por los que se implicaron conmigo en la observación como una maravillosa novedad que nos ofrecía la tarde. No fueron pocos los que se asombraron al ver el golpear del pico sobre el tronco, como rebotando por la fuerza del golpeo, controlado perfectamente por su hacedor, agarrado con firmeza mediante las uñas de los dedos de sus patas y las rectrices de la cola, gracias a las cuales permanece sujeto mientras sube, golpea, baja y vuelve a subir.

https://youtu.be/8Ll7dD5VvGg

Inquieto, con un reclamo que se asemeja al sonido de un patito de goma cuando lo achucha un bebé, el visitante inesperado hizo las delicias durante algunas tardes de esta observadora de pájaros que cada vez está más convencida de los beneficios para la salud de esta sana y gratificante actividad.

https://youtu.be/yMgPsHFYQFQ

Pico Menor

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Sobre el autor

“Desde siempre me gustaron los pájaros, las mariposas y las flores. También escribir cuentos para niños. Hoy les hablo a mis alumnos de los misterios de la biología, paseo por el campo cuando puedo y escribo. Creo que es esencial vivir con la naturaleza, comprender sus ciclos y seguir su ritmo. Y compartir con otras personas lo vivido.”


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