Si hay un sonido que caracterice los días más calurosos del verano, es el de las chicharras.
Aunque más que un sonido, es un ruido ensordecedor, constante e irritante.
Ya lo decía la fábula de “La cigarra y la hormiga”, mientras las hormigas trabajan incansables para llenar el hormiguero de provisiones ante los días venideros del invierno, la cigarra -o chicharra- no hace otra cosa que tocar el violín o la guitarra, según las versiones.
Atribuida la fábula a Esopo, y adaptada posteriormente por La Fontaine y Samaniego, la cigarra aparece en el cuento como un insecto perezoso, vividor, al que no le importa más que la satisfacción del presente sin pensar en el futuro.
Sin embargo, nada más lejos de la realidad, pues la chicharra “canta” para asegurar el futuro de su especie.
El sonido que hace la chicharra lo realiza con el aparato estridulador que tiene a los lados del abdomen, y que funciona con aire que vibra al pasar por unas estructuras quitinosas llamadas “timbales”.
https://www.youtube.com/watch?v=6Wl0sLHo8go
(Chicharra sobre tronco de plátano de sombra).
La chicharra, por tanto, no canta, estridula.
Y estridula para atraer a las hembras y aparearse con ellas. Por eso, en un entorno próximo con árboles cercanos, se pueden escuchar varias chicharras a la vez.
Aunque quizás lo más difícil sea localizarlas. Son estos insectos parecidos a una mosca gigante de ojos grandes y alas transparentes bajo las que se adivina el abdomen. Las ninfas pasan varios años enterradas bajo las raíces de los árboles, de las que se alimentan, y al cabo de este tiempo suben a los troncos y realizan una muda para convertirse en insectos adultos, que solo buscan reproducirse para comenzar de nuevo su ciclo de vida.
Ahora que se filtran entre las ventanas los sonidos de la calle, los coches rodando, los camiones descargando, los niños jugando y el graznido de las urracas sobre las antenas, todo está donde debe estar, y todo sigue su curso, si el fastidioso estridular de una chicharra en las horas de más calor, las que invitan a dejarse llevar por el plácido sueño de una reconfortante siesta de verano, nos recuerda que también nosotros formamos parte de una naturaleza que a veces no logramos comprender.
Entrada en el blog de aceytuno.com sobre la chicharra de la cornisa: