Soy escritora no de, sino para la Naturaleza porque soy su empleada y ella, a cambio de mi trabajo, me paga, mucho menos de lo que yo quisiera, pero me paga en frases, y con la calderilla de las palabras.
Con esta frase nos hablaba Mónica Fernández-Aceytuno (MFA) de la escritura para la naturaleza, en el Aula de la Palabra que la Asociación Norbanova organizó el pasado 15 de diciembre. Aula virtual en estos tiempos, que nos permite, sin embargo, acercar a personas que están lejos y que de otra manera sería difícil tenerlas entre nosotros.
Mónica, bióloga y escritora, nos habló con el corazón, con la emoción de quien sabe escuchar lo que la naturaleza le cuenta.
Porque la naturaleza nos habla y nosotros ponemos palabras a lo que nos quiere decir. Hay que estar atentos, tener los sentidos abiertos en todo momento, en el paso de los días, en el ir y venir de la luz en cada estación, en el trasiego de los seres con los que compartimos la aventura de vivir en este planeta.
La hoja en blanco más hermosa que existe es la Tierra (MFA).
Si sabemos escuchar, la naturaleza nos cuenta mil historias.
Nos hablan las hojas del chopo cuando el viento las mece, de niños alegres que juegan bajo sus ramas. Su rumor pretende hacerlos callar, pero son más fuertes sus risas.
Nos cuenta el riachuelo de dónde viene y a dónde va, qué largo ha sido su camino para llegar hasta aquí, nos invita a mirar en su cauce, pues trae, eso dice, ranas y tritones y libélulas verdes y rojas.
Hablan los lirios negros que florecen cerca, tan escasos, qué sorpresa descubrirlos cada primavera; y los sauces llorones descolgando sus ramas para tocar el suelo, como una cascada de hojas; los almendros floreciendo temprano, los búhos también tempraneros en sus amores, y los mirlos cantando en las cornisas al amanecer.
Nos suelta el carbonero común su retahíla sobre el sauce, y una tarabilla que se posa en lo alto de una escoba iluminada por el sol de la mañana nos muestra sus colores, limpios y puros, negro, marrón, blanco.
Y así, en los recuerdos y en las vivencias diarias, nos habla la naturaleza en el caracol escondido en la humedad de la roca, en la hoja dorada que cae del olmo, en sus semillas volando antes de que nazca la hoja nueva, en el petirrojo que se mueve entre sus ramas, en las silenes que crecen en las cunetas o en las golondrinas que vuelan en las calles de mi barrio.
Y nosotros escribimos para ella, de los buitres y de las grullas, de las flores de los caminos, de los estorninos que charlan en las antenas, de los ratones que esconden piñones en las palmeras y del pequeño mundo mágico en una gota de agua.
Puedes cocinar o pasear, siempre haciendo otra cosa que no es escribir, y de pronto se te ocurre algo como de pronto aparece en la ventana un pájaro que no esperabas, y eso que has escrito es espontáneo y germina y respira y vive. A mí la inspiración jamás me encuentra trabajando, sino viviendo (MFA).
Que además de salud y esperanza, el nuevo año mantenga el brillo en nuestros ojos, para mirar la luna llena, para seguir sorprendiéndonos con cada puesta de sol, y para seguir escribiendo lo que vivimos, lo que sentimos y lo que la naturaleza nos cuenta.
Feliz Año 2021, con mis mejores deseos.
Carbonero común sobre un sauce en el río Tamuja: