Hojeo con nostalgia mi primera libreta de campo que comencé a escribir cuando tenía 15 años. Todo lo que tuviera que ver con las aves, lo apuntaba: los lugares donde las veía, su silueta al volar, los nidos que hacían, la forma y color de los huevos; hasta de la fenología, que por aquel entonces ni siquiera sabía lo que era, tomaba nota, es decir, cuándo venían o se iban los aviones comunes y los vencejos, o cuando veía por primera vez a las grullas, o a las golondrinas.
No hace mucho que retomé esta afición del cuaderno de campo que tanto me hizo disfrutar, pero dejé con el paso de los años, quiero pensar que por falta de tiempo.
Ayer mismo al llegar a casa anoté lo que había visto en el paseo que dimos por La Sierrilla.
Comenzamos a caminar a las cinco y media, un poco tarde, el sol nos daba de frente. El cielo completamente despejado, pero el aire era frío, había unos 14ºC.
Nos encontramos con unos amigos que regresaban del paseo, nosotros aún lo estábamos iniciando.
Lo bueno de escribir ahora es que no me limito a anotar las aves que veo, sino que también apunto su comportamiento, si me parece oportuno. Así, una hembra de tarabilla que golpeaba contra el suelo una oruga, ajena a nuestro paso, empeñada en no perder tan suculenta presa, quizás para los pollos que la esperaban en el nido. El macho vigilaba desde su posadero en una zarza, iba y venía, inquieto, se echaba al suelo y volvía a su atalaya.
Jilgueros y verderones, un zorzal charlo, muchos mirlos, carboneros reclamando, algún petirrojo, verdecillos y tórtolas turcas, mosquiteros y golondrinas. Todos andan atareados imagino que haciendo nidos, incubando o incluso ya cebando a los pollos.
En mi cuaderno de campo he decidido añadir también las flores que me encuentro por los caminos, y en estos días la primavera, que quiere venir antes de tiempo, ha hecho florecer las borrajas, las silenes rosadas, las lanudas blancas, las euforbias y vicias, los alfilerillos de pastor. Y algunos lirios enanos, que más adelante llenarán los bordes de estos caminos que he recorrido desde mi niñez y que, hoy en día, siguen prácticamente igual.
Y como la naturaleza siempre te sorprende, vimos las orquídeas recién florecidas, algunas abiertas y otras aún por abrir, al pie mismo de donde pisamos. Tan discretas que apenas alzan un palmo del suelo, pero tan bellas, tan seductoras para los insectos, que es imposible pasar de largo sin detenerse un rato a admirarlas.
He vuelto a retomar con mucha ilusión mi cuaderno de campo, el recuerdo escrito de lo vivido en la naturaleza. La última anotación de aquella primera libreta data de diciembre de 1989, un bando de unas 30 gangas camino de Valdesalor.
La última anotación que hice ayer fue la de una mariposa olmera (Nymphalis polychloros) que nos salió al paso en el camino soleado, tan cerca de la ciudad que casi no me creo la naturaleza que tenemos al alcance de la mirada.