La dehesa despliega su manto de flores en estos días primaverales.
Caminando entre las encinas, me asombra la infinidad de plantas que forman parte del pasto: diversas especies de gramíneas, hasta cuatro especies diferentes de cardos, y otras plantas florecidas, como las amapolas, y las margaritas blancas y amarillas, grandes y pequeñas. De vez en cuando un gladiolo solitario, erguido entre las hierbas, y una planta que llaman lengua de perro, con su flor azulada.
Los arbustos, como el rosal silvestre, están profusamente florecidos, las rosas caninas serán escaramujos, las escobas amarillas dan su nota de color y el majuelo, espino albar, comienza a echar los frutos.
Es tanto lo que hay que ver que no doy abasto, llevo la mirada de acá para allá y me aturde un poco tanta diversidad.
Entonces las veo, a las peonías, a las que he venido a buscar. Siento admiración por ellas, el asombro se eleva al descubrir alguna mata al pie de las encinas. No son frecuentes de ver, las peonías, y quizás por eso me gustan tanto, como las orquídeas, o los gladiolos, porque son misteriosas y se esconden a la vista, porque buscan los lugares protegidos y hasta diría que poco transitados, las rosas de Alejandría, para gozo de hormigas y escarabajos que se refugian en el amarillo de sus estambres.
Escucho a los pinzones, los veo moverse entre las ramas de las encinas, los machos con su cabeza gris azulada, las hembras más parduscas, discretas. Oigo también algunas currucas, y un carbonero que reclama con una de sus muchas estrofas, muy cerca de donde estamos.
El suelo está plagado de hormigueros que se elevan sobre el terreno, montículos de tierra rojiza y arcillosa que colmata el calerizo sobre el que caminamos, así el suelo salpicado de fragmentos de calizas. Si el hormiguero se desmorona con un leve toque, millones de hormigas aparecen como por arte de magia para rescatar a las larvas que han quedado al descubierto y llevarlas a lugar seguro.
También en el suelo descubrimos una baña de jabalíes, los troncos cercanos están manchados de barro a la altura de lo que mide un jabalí hasta la cruz, de rascarse sobre ellos tras el baño para desprenderse de los parásitos. Hozadas por todas partes delatan su presencia, si nos agazapamos y esperamos al crepúsculo es posible que veamos alguno.
Pero nos marchamos.
Dejamos la dehesa encantada, el asombro intacto, la capacidad de sorprendernos a cada paso, a cada golpe de la mirada.
Ya lo dijo Rachel Carson, el sentido del asombro, imprescindible para seguir emocionándonos con las flores infinitas que retenemos en la mirada.