El viernes pasado tuve la suerte de presentar, en el Aula de la Palabra de la Asociación Cultural Norbanova, a Aina S. Erice.
Aina cursó Biología en la Universitat de les Illes Balears donde también realizó una maestría en Biología de las Plantas en Condiciones Mediterráneas.
Conocí a Aina durante el confinamiento, alguien me habló de ella, de su pasión por las plantas y de su magnífica labor de divulgación. Lo comprobé al escuchar cada noche los podcasts de “La senda de las plantas perdidas”, gracias a los que pude comprobar “su interés por el mundo vegetal desde la antropología, el arte, la diversidad cultural, la historia y todo asunto relacionado con la psique humana”, y gracias a los que me enganché un poco más de lo que ya estaba al fascinante mundo del reino vegetal. Desde entonces, la sigo en su blog “Imaginando vegetales” en el que comparte y publica información sobre etnobotánica a través de interesantísimos artículos, y en el que también se puede acceder a los audios citados anteriormente.
https://imaginandovegetales.wordpress.com/bloguindice/
Esta bióloga botánica enamorada de las plantas ha escrito ya varios libros:
-“La invención del reino vegetal” (Ariel, 2015), su primera publicación, es el resultado de una investigación rigurosa, orientada por la asesoría de su amigo y mentor, José Antonio Marina. Son historias sobre plantas y la inteligencia humana.
-“Cuéntame Sésamo” (A fin de cuentos, 2018), con ilustraciones de Jacobo Muñiz, nueve historias sobre los poderes mágicos y reales de las plantas.
(Nos habla este libro, por ejemplo, de las rosas de la Bella y la Bestia, de la calabaza de la Cenicienta o de la manzana envenenada de Blancanieves…).
-“El libro de las plantas olvidadas” (Ariel, 2019), una recuperación de los usos tradicionales de nuestras plantas, realizando un recorrido por huertos, campo, agua, bosques, montaña…
-“Senderos de savia” (Edición digital, 2021), un viaje por las vías que nos conectan con las plantas, basado en la primera temporada del podcast etnobotánico “La senda de las plantas perdidas”.
De la dehesa he hablado en este blog en algunas ocasiones, un ecosistema único en el mundo, un modelo de desarrollo sostenible que en España ocupa unos tres millones de hectáreas, de las cuales 1,3 millones están en Extremadura.
Este bosque mediterráneo aclarado por el ser humano para su explotación agrícola y ganadera, genera importantes recursos económicos a la vez que preserva y favorece una enorme biodiversidad.
Sin embargo, la dehesa se ve amenazada en la actualidad por el aumento de la ganadería intensiva en detrimento de la extensiva, por el abandono del campo o por la seca que afecta a las encinas, por citar algunos de sus problemas, por eso hay que conocer este ecosistema, para protegerlo y seguir poniéndolo en valor, en estos tiempos en los que se hace más necesario que nunca conservar el medio en que vivimos.
Y en esa labor de dar a conocer, de transmitir conocimiento, se encuentran, entre otros profesionales, los botánicos.
Leí recientemente en un artículo de Miguel Cueto Romero, profesor de Botánica de la Universidad de Almería, titulado “Los botánicos, una especie en peligro de extinción”, que “… además de liberar el oxígeno que necesitamos para vivir y capturar el dióxido de carbono que producimos, las plantas están en nuestra comida y en la de los animales. Con ellas construimos casas, muebles, barcos (antes, incluso coches y aviones), aperos y útiles para trabajar y para el ocio y la cultura. Han sido y son la fuente de muchas medicinas, nos vestimos con ellas, están en los productos de cuidado personal y de belleza, forman nuestros jardines y parques. ¡Están por todas partes! Pero, ¡cuidado!, también nos pueden intoxicar y envenenar. Hay que conocerlas. Para eso son fundamentales los botánicos, que las identifican, las estudian, conocen sus necesidades ambientales, y nos transmiten sus conocimientos.”
Aina S. Erice nos habló en el Aula de las plantas de la dehesa, de los Quercus, de los madroños y majuelos, de las jaras y torviscos, del gordolobo y las acederas, del hinojo y las silenes, de los cardillos y la hierba de San Juan, de las peonías.
Fui recordando, en este breve pero intenso recorrido, algunos felices encuentros con estas plantas.
Recordé así que de la corteza del torvisco extraía mi padre unas tiras largas y resistentes que utilizaba para atar unas jaras alrededor del piquero en el que ponía la jaula de la perdiz para la caza con reclamo.
Que a las acederas las llamábamos acerones, y nos las comíamos cuando íbamos por las callejas de muros de piedra, como también chupábamos los peciolos de las hojas del hinojo, que sabían a anís.
Los madroños los comíamos bien entrado el otoño, cuando están maduros, y nos decían que no comiéramos muchos si no queríamos coger una especie de borrachera. Por aquel entonces me producía curiosidad ver la flor y el fruto a la vez en el mismo arbusto.
Y mi padre me enseñó a pelar el tallo espinoso de los cardillos que echábamos al cocido sin pincharme.
Aina nos habló también de palabras relacionadas con la dehesa, hoy casi olvidadas o en desuso.
Como envarbascar, que es “envenenar el agua con verbasco para atontar a los peces” y así poder pescarlos con mayor facilidad, siendo verbasco el gordolobo.
Palabras bellas como majadal, rastrojeao o pegujalero, este último el labrador que tiene poca siembra o labor en el pegujal, que es, por tanto, una pequeña porción de terreno.
Soy mecenas de la labor vegetófila de Aina a través de la plataforma Patreon (Patreon es un sitio web de micromecenazgo para proyectos creativos), porque creo que es importante apoyar el trabajo de divulgación tan inmenso y completo que realiza para darnos a conocer el reino vegetal, sobre todo desde la perspectiva de su relación con el ser humano a lo largo de la historia.
https://www.patreon.com/ainaserice
Las peonías resumen la belleza de la dehesa, que hay que volver a poner en valor porque merece la pena conservar este ecosistema único para las generaciones presentes y futuras.
(Todas las fotos de la entrada son de Aina S. Erice).
Enlace a la videoconferencia del Aula de la Palabra de Norbanova: