Yo era una semilla.
Comencé a serlo a finales de febrero, poco después de que padre y madre echaran flores.
Padre y madre son, en realidad, el mismo árbol, y comparten raíces, ramas y sueños.
Cuando aún es invierno, fabrican unas flores sin pétalos. Padre produce muchos estambres llenos de polen para que se lo lleve el viento. Y madre guarda en su interior los óvulos, y espera, paciente, noticias de otros árboles que viven lejos.
Al principio de ser semilla, era tan pequeña que casi no se me veía, pero muy pronto quedé envuelta por una membrana, y entonces me convertí en sámara, un fruto con un ala verde que me resultaba encantadora y con la que me entraban unas ganas enormes de echar a volar.
Pero nuestro árbol habló para todas:
–Aún no ha llegado el momento de partir. Todavía estáis muy verdes, sois pequeñas. Aguantad conmigo todo lo que podáis, esperad a que os crezca el ala, a estar secas y ser más ligeras. Entonces, cuando eso ocurra, podréis volar lejos con el viento de marzo.
No fue fácil. Éramos tantas que según íbamos creciendo nos apretábamos unas contra otras, y sentía que el empuje de las demás abriéndose camino me dejaba sin espacio.
Sin embargo, a pesar de las dificultades, intentábamos que los días fueran divertidos.
Nos columpiábamos con el vaivén de las ramas y a veces pasaba que algunas se animaban tanto que sin querer se desprendían y no volvíamos a verlas nunca más.
Era gozosa la caricia de la lluvia suave. Y cuando algún bicho pasaba por encima, nos hacía cosquillas y nos partíamos de la risa.
Lo mejor era al empezar la noche, cuando nuestro árbol nos contaba historias de su vida, o de cómo habían cambiado los alrededores, de los años de sequía en los que lo pasó mal, o de los más benévolos en los que hubo abundancia de savia y vida.
Poco a poco fuimos creciendo por fuera y por dentro.
Por fuera nos hacíamos cada día más grandes y bellas.
Por dentro nos crecía la ilusión.
Y era tanta que algunas se ponían nerviosas los días calmos y pensaban que nunca llegarían a volar.
He de confesar que, a mí, lo que de verdad me ponía nerviosa eran los pájaros.
¡Y mira que me gustan!
A menudo nos visitaban verderones y gorriones. Nos picoteaban y muchas terminaban entre sus picos. Me asustaba acabar de esa forma, yo quería volar por otros cielos, ver los bosques, cruzar los valles y subir montañas, llegar muy lejos.
Aún así, un día una tórtola me dio un picotazo que casi me hace caer. Me agarré fuerte, pero enseguida noté que me faltaba algo, que me había hecho una mella. Sentí mucho miedo, pensé que con el ala medio rota no llegaría muy lejos cuando fuera mi momento, así que me concentré en sujetarme muy, muy fuerte, y seguir esperando.
Ya nuestro árbol había empezado a echar hojas.
El sol calentaba mucho y notábamos cómo el ala se nos iba secando cada día un poco más.
Algunas se precipitaban con la brisa del atardecer y se iban.
¡Adiós, hermanas!, las despedíamos, pero sabíamos que no llegarían muy lejos.
Hasta que un día de marzo ventoso vi que mi ala ya no era verde, sino amarilla, y que era tan ligera que, a pesar de su mella, supe que había llegado el momento.
El momento de lanzarme a volar.
Así que unas cuantas nos entregamos al viento y nos desprendimos para siempre de nuestro árbol gritando de alegría.
¡Allá vamos! ¡A vivir nuestra vida!
Nos fuimos despidiendo por el camino, cada cual cogió su rumbo.
Yo me elevé aprovechando un viento cálido que subía y entonces vi el lugar en el que me había criado.
Un soplo me desplazó muy deprisa, volé y volé, hasta que el aire se calmó y caí y caí.
Aterricé en el suelo, entre unas flores de los caminos que me animaron mucho para que no desesperase, porque yo quería salir de allí y llegar más lejos.
Una hormiga me atrapó y ya me llevaba a su hormiguero, cuando un pájaro carpintero se la comió. Me libré de la hormiga, pero me mordisqueó un escarabajo. No debí de gustarle y entonces un pequeño tornado me levantó de nuevo y me devolvió al cielo.
Giraba y giraba, ¡qué mareo!
Subí y bajé tantas veces que ya no sabía si estaba arriba o abajo.
Salí del tornado un poco magullada y volé un tiempo más, ahora llevada por un aire tranquilo que no me dejaba caer.
Pasé sobre los valles y vi brillar los ríos.
Rocé los montes y bajé las laderas soleadas.
Cumplí mi deseo de ver mundo.
Hasta que el aire se disipó y caí despacio sobre la tierra de un extenso jardín.
Y aquí estoy, esperando.
He perdido el ala, he dejado de ser sámara.
Noto la humedad y el calor de la tierra.
Me desperezo una y otra vez.
Tengo muchas ganas de asomarme para ver lo que hay fuera.
Estoy preparada.
Creo que mañana empezaré a ser olmo.