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Pilar López Ávila

Vivir con la naturaleza

EL BAÑO DE LA GOLONDRINA

En las calurosas tardes de verano, cuando no cabe otra cosa que sestear bajo la sombra de un árbol -huyendo así del aire acondicionado de los salones-, me entretengo en contemplar a las aves que pueblan el cielo, resistiendo al viento solano, a las altas temperaturas de las alturas.

Los cernícalos primilla, que anidan en una colonia cercana al lugar desde donde los miro, no dudan en abalanzarse sobre las aguilillas calzadas, igual que lo hacen los rabilargos o las urracas, y las tórtolas turcas, que estaban posadas en las antenas, se escabullen entre los árboles hasta que pase el peligro.

El espectáculo del cielo está servido, mientras otros hablan o se tumban para la siesta, yo cierro los oídos a las conversaciones, menos a las de los vencejos que, incansables, en vuelo continuo, llenan el cielo, ya con las crías del año que acaban de salir del nido y aprenden el arte de sortear el viento, de mantenerse con él, y de no posarse nunca. Me pregunto dónde beberán los vencejos, si lo harán también en el aire, con el vapor de agua de alguna nube perdida, aunque haya días en los que el cielo esté tan azul y tan despejado que no se vea rastro de nubes.

Lo que sí sé es dónde beben las golondrinas.

Las comunes suelen ser las primeras en bajar, y les da igual que haya o no bañistas en el vaso, puesto que pasan veloces a ras del agua con el pico abierto para llevarse en una carga toda la que les quepa, y no dudan en esquivar cabezas asombradas que piensan que en algún mal quiebro chocarán con ellas.

Ayer mismo sorprendí a una golondrina bañándose. La vi venir pensando que bebería, como siempre, pero se dejó caer sobre el agua y remontó con increíble agilidad para no verse atrapada en la balsa, y así lo hizo varias veces hasta que consideró que se había refrescado lo suficiente, y luego se sacudió las plumas en vuelo. Ahora ya sé cómo beben y cómo se bañan las intrépidas golondrinas.

Bajan luego las dáuricas, inconfundibles por sus larguísimas rectrices y sus caras y obispillos anaranjados, si es que da tiempo de fijarse en estos rasgos que las distinguen de las comunes, de garganta roja y cabeza más oscura. Al ver a las golondrinas dáuricas, recuerdo siempre el nido que hacían en el porche de la casa de campo, y las horas que me pasaba tras la cortina de la ventana, observándolas, mientras los demás sesteaban.

Y es que lo mío no es dormir la siesta, sino mirar a las aves que beben en las balsas de agua. Como lo hacen también los aviones comunes, todavía abundantes en nuestras ciudades, tan gregarios y dicharacheros como las golondrinas.

Y a veces incluso, si algún atardecer es especialmente caluroso, bajan a beber también los aviones roqueros, y se les ve muy oscuros sobre el fondo azul, y yo los veo, aunque esté en otros asuntos, conversando con alguien, y me pregunto después qué pensarán cuando en medio de la conversación titubeo y miro hacia otro lado, cómo les digo que estoy mirando cómo beben las aves…

Y cuando no beben las golondrinas, pasa la abubilla, desde hace varios años, ya tiene marcado su camino en el cielo pues siempre hace el mismo recorrido, siempre anida en el mismo hueco, siempre a finales de julio aún está cebando sus crías, posiblemente de la segunda puesta, y siempre, siempre la miro, dejando que los demás sigan pensando que soy una rara pajarera.

 

Hueco donde anida la abubilla las últimas temporadas.

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Sobre el autor

“Desde siempre me gustaron los pájaros, las mariposas y las flores. También escribir cuentos para niños. Hoy les hablo a mis alumnos de los misterios de la biología, paseo por el campo cuando puedo y escribo. Creo que es esencial vivir con la naturaleza, comprender sus ciclos y seguir su ritmo. Y compartir con otras personas lo vivido.”


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