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Pilar López Ávila

Vivir con la naturaleza

PRIMAVERA EXTREMEÑA de Julio Llamazares

Acabo de leer “Primavera extremeña. Apuntes del natural.” (Alfaguara, 2020), de Julio Llamazares.

El título me llamó inmediatamente la atención, pero me bastó leer la sinopsis de la contra, “… el autor se instaló junto con su familia en una casa situada en la sierra de los Lagares, cerca de Trujillo…”, para convencerme de haber adquirido un buen libro.

Y así fue, porque la bella prosa del autor, acompañada de las sugerentes acuarelas de Konrad Laudenbacher*, me trasladó a este rincón de la geografía extremeña y de mis recuerdos, pues es la Sierra de los Lagares uno de mis lugares predilectos.

Konrad Laudenbacher

El autor nos cuenta cómo fueron para él y su familia los casi tres meses de confinamiento por la pandemia de coronavirus, que pasaron en el antiguo lagar de Los Almendros, hoy convertido en alojamiento rural, en plena Sierra de los Lagares, en el lugar llamado Pago de San Clemente, un núcleo de población perteneciente a Trujillo, muy cerca de Madroñera y Herguijuela. La primavera del año 2020, que coincidió en su totalidad con los meses de cuarentena, fue una de las más lluviosas de los últimos tiempos y el campo se vistió de verde, de agua y de flores.

La Sierra de los Lagares es la sierra de abajo, la del Pago de San Clemente, y así la llama mi madre, que nació en Madroñera y que me cuenta muchas veces que sus abuelos paternos compraron un lagar en lo alto, y que ella subía con su padre en burro. Ese lagar lo llamaban La Belesa o La Velesa, no sabe decirme mi madre cómo se escribía, pero por más que he buscado no he encontrado referencias que hablen de él, quizás cambió de nombre cuando cambió de dueños… Sí recuerda mi madre que había pinos piñoneros y almendros.

Lagar de Los Almendros. Konrad Laudenbacher

El autor menciona la vegetación característica del área mediterránea de esta zona: “… olivos, encinas, jaras, madroños, negrillos secos por la grafiosis, alcornoques y acebuches y algún frutal que los propietarios de los lagares plantaron para su consumo.” Y habla también de algunas especies de animales con las que se toparon durante esos meses: ruiseñores y perdices, lagartijas, culebras y ranas, conejos y corzos.

La primera vez que fui al Pago de San Clemente fue con las primas de mi madre, llegamos desde Madroñera y atravesamos el cruce de la carretera que va a Herguijuela y a Conquista de la Sierra, y que, pasando por Zorita, Logrosán y Cañamero, llega hasta Guadalupe. En mi recuerdo de ese día aparece un lilo cuajado de flores a la entrada de un lagar, y era una primavera también espléndida como la que va describiendo Julio Llamazares en este libro que ha removido mi memoria: “… las lilas y los membrillos echaban sus flores malvas y blancas, la lavanda silvestre teñía el monte de color morado, las retamas lo amarilleaban, los botones de oro y las amapolas pespunteaban la hierba verde entre los olivos y los pájaros volaban llenando la atmósfera de gorjeos…”

Recuerdo de aquel paseo que el camino de entrada al Pago llegaba hasta la iglesia de San Juan Bautista, donde había un núcleo de casas, y luego comenzaba a subir a la sierra, dejando lagares dispersos aquí y allá. Estos lagares son en la actualidad casas de campo o segundas residencias de familias trujillanas, pero antaño fueron casas de labor donde vivían los lagareros con sus hijos y toda la sierra bullía de actividad.

Konrad Laudenbacher

Todo esto nos lo cuenta Llamazares en este delicioso libro, y nos habla de los oficios de antes, relacionados con el cultivo de la vid principalmente, pero también de los olivos, que describe plateados bajo la luz de la luna llena de junio. Los almendros y granados, los naranjos y la vegetación característica del bosque mediterráneo, los árboles y arbustos que cubren las laderas de esta sierra que antaño estuvo llena de vida. Pues sin ser los lagareros la mayoría de las veces los dueños de los lagares, eran los que cultivaban la tierra, cuidaban del ganado y gestionaban la explotación para el dueño, y a principios del siglo XX había unos 35 lagares en funcionamiento: “… Ruinas de lagares que en una época acogieron a familias numerosas que trabajaron la tierra, sembraron cereal y algunos frutos, recogieron los de los olivos, higueras y almendros plantados por ellos y los que la naturaleza les ofrecía gratuitamente y criaron animales que pastarían toda la hierba de la sierra que ahora veíamos crecer a su albedrío delante de nuestros ojos sin que nadie se ocupara de ella.”

Años más tarde, cuando el grupo de amigos caminábamos a Guadalupe en una marcha que duraba cinco días, recalamos varias veces en el colegio Sagrado Corazón de Jesús y San José de las Hijas de la Virgen de los Dolores, situado a la entrada del Pago, y hoy en día centro de espiritualidad. Allí pasábamos la noche y de madrugada emprendíamos el camino a Guadalupe. Al pasar por Herguijuela yo miraba siempre al cerro de Santa Cruz, la mole granítica que se levanta en la llanura y domina las dehesas de alrededor, y mi deseo oculto era subir algún día a su pico más alto, el de San Gregorio, desde el que años después, cumplido mi anhelo, pude ver las Villuercas y Medellín, y el vuelo de los buitres. Habla el autor del monasterio de Santa Cruz de la Sierra, al pie del cerro, hoy en ruinas, donde anidan las cigüeñas, y yo añado que también los aviones roqueros en su interior.

Cerro de Santa Cruz. Konrad Laudenbacher

Menciona Julio Llamazares otros lugares de los alrededores, como Madrigalejo, donde hemos ido otras veces a ver grullas, y donde murió el rey Fernando, el Católico, cuando iba camino de Guadalupe; Montánchez, balcón de Extremadura, castillo y jamón, en el centro mismo de nuestra tierra; Santa Cruz de la Sierra “… la cuna de Ñuflo de Chaves, el descubridor de las cataratas del Iguazú y explorador, entre otros, de los territorios de Paraguay y Bolivia, donde fundó la ciudad que lleva el nombre de su pueblo.”

Y otros lugares que solo mencionaré por no alargarme demasiado, como la “… Bodega Las Granadas, cuya viña en espaldera flanqueada por cipreses transporta al que la mira a la Toscana tanto o más que el palacio de La Florentina…”, y Aldeacentenera, Garciaz y Berzocana, Almoharín y Miajadas, la ermita visigoda de Santa Lucía del Trampal y las dehesas de Santa Cruz donde el torero colombiano César Rincón tiene su ganadería brava.

Konrad Laudenbacher

Todos estos lugares de la geografía extremeña he rememorado leyendo “Primavera Extremeña”, y me he detenido de nuevo en mis recuerdos de la Sierra de los Lagares, donde quisiera vivir muchas más primaveras, efímeras sí, pero tan bellas que merecen ser guardadas en lo más profundo de nuestra memoria.

*Konrad Laudenbacher es el autor de las acuarelas cuyas fotos aparecen en este artículo.

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Sobre el autor

“Desde siempre me gustaron los pájaros, las mariposas y las flores. También escribir cuentos para niños. Hoy les hablo a mis alumnos de los misterios de la biología, paseo por el campo cuando puedo y escribo. Creo que es esencial vivir con la naturaleza, comprender sus ciclos y seguir su ritmo. Y compartir con otras personas lo vivido.”


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