Sobre aquella chimenea, el colirrojo tizón anuncia su presencia al atardecer. No tiene intención de abandonar estos tejados, ni los campos de alrededor, ni los cielos que hoy se han llenado de nubes grises. Se quedará a pasar el invierno y buscará un hueco donde anidar la próxima primavera.
No así las golondrinas. Me sorprende ver todavía a las dáuricas por estos lugares de la sierra, volando entre las calles y posándose en los cables. Me cuentan que los aviones comunes se encaraman estos días de inicio de otoño a la pared de la iglesia, quizás para picar el mineral de las piedras de la fachada. Se reúnen por cientos y muy pronto iniciarán el viaje de ida a tierras africanas.
Todo esto lo hablo con otra pajarera como yo, aunque no sé si está bien utilizar este adjetivo para definir a la mujer que sabe de pájaros, que los observa y conoce sus nombres, pues pajarear significa “espantar las aves de los cultivos para que no produzcan daños”, o también “estar distraída una persona”. Y no es precisamente la pajarera distraída, pues siempre está atenta al vuelo de las aves, las acecha y las sigue con la mirada, las escucha sin verlas, sabe dónde están. Ornitóloga tampoco me encaja, porque no es estudiosa de las aves, sino que las disfruta, las observa y las nombra. Sé de muchos hombres pajareros, pero de pocas mujeres pajareras. Ana Marta es una de ellas y me fascina su habilidad para captar la belleza de las aves a través de su cámara. Seguimos hablando a cada rato, paramos si canta un carbonero, y a la par decimos “ahí se escucha un herrerillo”.
Y es que lo de ser pajarera es a tiempo completo.
A veces interrumpo la clase porque oigo al petirrojo que canta en el olmo, cuyas ramas casi rozan las ventanas del aula. O para mirar a una tórtola turca que ha hecho su nido con unas pocas ramitas donde, aunque parezca inverosímil, se sostienen dos huevos. Me gusta que tengan curiosidad, que se paren a escuchar.
Pero esta vez, sin embargo, no voy a decirles nada. Voy a seguir con la mirada, en silencio, esta imagen que me ofrece la mañana, una murmuración de estorninos sobre el cielo volando en dirección a la ciudad antigua y con el fondo de Gredos aún desnudo de nieve, tratando de hacer filigranas para despistar a una calzada que quiere darles caza.
Regreso al aula y pienso que soy una pajarera empedernida.
¿Qué tendrán las aves, Ana Marta, que todos los cielos los tienen que volar y todas las miradas las tienen que llenar?
*Todas las imágenes de esta entrada son cortesía de Ana Marta Fernández Marín (@anamartaferma)