Tengo un olmo en la Ribera del Marco.
Sí, ya sé que este olmo no es mío, pero lo siento como si lo fuera. Además, lleva una placa con mi nombre y lo he plantado yo, así que digamos que lo he amadrinado.
El domingo 28 de noviembre, para clausurar las VI Jornadas de Cáceres y la Ribera del Marco, la Biblioteca Pública y la Asociación de Amigos de la Ribera tuvieron la preciosa idea de invitar a una treintena de escritores a plantar un olmo -libre de grafiosis- en la zona de la Huerta del Conde y convertir así esta zona en Ribera Literaria.
La ribera, que es un enclave natural, histórico, patrimonial y cultural, aúna de esta manera literatura y naturaleza, sumando valores que la siguen haciendo importante para la ciudad de Cáceres, pues ya lo fue desde el inicio de su poblamiento.
En el acto, sencillo y muy emotivo, intervinieron, entre otras personas, el biólogo Juan Ramos, que explicó que estos olmos habían estado siempre en la ribera y que la Asociación lleva varios años plantándolos en sus alrededores para tratar de recuperarlos. A las palabras de Juan se unieron las de Mª Jesús Santiago, directora de la Biblioteca Pública, que explicó cómo surgió la idea de esta plantación con escritores.
La poeta Irene Sánchez, después de hablarnos de las arboledas como locus amoenus o lugar idealizado donde conversar y relajarse, nos leyó su precioso poema “Lo que sé de los árboles”:
Poco sé de los árboles,
apenas los rasguños
en las rodillas nuevas
o el amargo sabor de la corteza
que quedaba en las uñas
al aferrarse al tronco
para trepar con furia.
Que costaba subir es lo que sé.
Y que todo, al final,
no sé explicar por qué,
merecía la pena.
No era por ascender
y acercarse a las nubes
ni por mirar el suelo desde arriba.
Se trataba más bien
de encontrar ese hueco
donde el cuerpo encajaba
y quedarse abrazados
a la firme verdad de la madera.
En mi intervención, conté que el Olmo común o negrillo (Ulmus minor) es un árbol extraordinario. Su porte es alto y esbelto, y por la forma de su copa se ha utilizado siempre para dar sombra, siendo también su madera muy apreciada.
A mí me gusta porque florece temprano, y la flor es muy pequeña, apenas inapreciable, pero tiene unos estambres largos para que el viento se lleve lejos el polen y fecunde a otros ejemplares.
El olmo produce el fruto antes que la hoja, un fruto llamado sámara que encierra la semilla y la protege con un ala membranosa, y que el viento se encargará de llevar muy lejos. Y si no hay viento, caerá a los pies del árbol y seguro que germinará porque lo hace con facilidad.
Los olmos que se plantaron aquel domingo están libres de grafiosis, una enfermedad producida por un hongo que se extiende por los vasos conductores y seca las hojas. La grafiosis afectó antaño a los olmos de la Ribera y los diezmó, reduciendo su población.
Es esperanzador que se planten de nuevo en este entorno de la Huerta del Conde, un lugar de mi infancia.
Cuando yo era niña, la huerta era una explotación agrícola y ganadera que llegaba hasta el aparcamiento del hospital y por ella pasaba la Ribera del Marco. Aún se conservan el puente de madera y la alameda, hoy convertida en jardín, en la que tantas veces he jugado los sábados y domingos de primavera cuando venía con mi familia y amigos a pasar el día.
La Huerta del Conde es un recuerdo de mi niñez, un recuerdo feliz, así que tener un olmo en este lugar me emociona y me enorgullece.
El geólogo Juan Gil, en la charla que impartió en las jornadas, contó que gran parte del subsuelo de la ciudad de Cáceres está ocupado por galerías y cuevas que el agua ha ido excavando durante siglos, gota a gota, deshaciendo las calizas y volviendo a solidificarlas en estalactitas y estalagmitas hasta topar con las profundidades arcillosas que la hacen remansarse en lo que hoy llamamos calerizo, una inmensa balsa de agua que durante un tiempo cubrió las necesidades de los cacereños.
Nos habló Juan de que la rivera, es decir, el cauce de agua, se origina en la surgencia natural de la Fuente del Rey o Madre del Agua, se remansa en la Charca del Marco y a partir de ahí comienza su recorrido llegando hasta el río Guadiloba, donde desemboca. Se convierte así en el único punto de agua constante a lo largo del año entre los ríos Tajo y Guadiana. Por esta razón, este lugar fue idóneo para poblarlo, como así lo atestiguan los restos arqueológicos encontrados en las cercanas cuevas de Maltravieso y del Conejar.
Las cavernas y galerías que lo forman tienen una extensión de 14 Km2, y reciben agua de una superficie de filtración de unos 30 Km2. Al año se filtran 3 Hm3 que llegan a cavidades que pueden contener hasta 12 Hm3, la mitad del agua del embalse del Guadiloba.
Los pozos de sondeo y el cambio climático han disminuido el caudal de la rivera en los últimos tiempos. Y los vertidos incontrolados de basuras, la quema de neumáticos, la filtración de aguas residuales, la sobreexplotación, y las escombreras y balsas de lodos que puede crear la futura mina de Valdeflores que se asentaría sobre el calerizo… son amenazas reales y actuales que pueden destruir este enclave único que necesita una urgente atención y protección.
Cáceres existe por el calerizo.
Tener un olmo en la ribera, en el entorno de la Huerta del Conde, es un privilegio que agradezco.
No siento nostalgia de un tiempo pasado.
Tengo mucha esperanza en el futuro.
El futuro de la Ribera del Marco.