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Pilar López Ávila

Vivir con la naturaleza

LA HUERTA DEL CONDE

Íbamos a la Huerta del Conde los fines de semana cuando empezaba la primavera.

De los recuerdos que atesoro de mi infancia, los de la Huerta del Conde son de los más felices.

Entonces no me daba cuenta, pero creo que esa felicidad la sentía por el contacto con la naturaleza, y es que esta finca estaba, y está, en el corazón mismo de la ciudad, enclavada en las proximidades de la Ribera del Marco, a poca distancia del centro urbano.

Esos días de juegos con los amigos de la infancia, buscando la manera de subir a los árboles y de bajar luego sin demasiado apuro, o la forma de trepar por el muro que separaba la finca de la calleja y que teníamos prohibido franquear. Aquellos días en que el rumor constante del agua de la rivera bajo la alameda se escuchaba de fondo sin que fuéramos conscientes de ello, tan concentrados como estábamos en cruzar una y otra vez el puente de madera para agazaparnos junto al cauce y burlar al que se la quedaba

La casa de la Huerta del Conde se entrevé desde la Ribera.

Hace unos años, el entorno de la Huerta del Conde quedó totalmente transformado con los bloques de viviendas y con la ronda sureste que, literalmente, atravesó los terrenos que habían sido de la finca y que quedó reducida en su extensión. Ha sido residencia familiar privada, y sé que en la actualidad se organizan eventos, pues la casa y el jardín son tan bellos que bien merecen ser recordados en una celebración.

Plátano de sombra del jardín de la finca.

Estuve tiempo desligada de este lugar que jugó un papel tan importante en mi amor por la naturaleza desde que era niña, porque fue un amor vivido y sentido, una naturaleza jugada y descubierta. Pero hace unos años aparqué en las cercanías de los nuevos bloques de viviendas y al bajarme del coche me dio un vuelco el corazón. Puede parecer exagerado, pero sentí una alegría enorme al redescubrir el puente de madera sobre el que tanto habíamos jugado aquellas primaveras de mi infancia. Ya no es el mismo puente, por supuesto, pero está en el mismo sitio. Creo que ese día restablecí el vínculo que me había unido a este lugar que poco a poco se ha ido transformando en un corredor verde por el que volvemos a dar agradables paseos, ya que lo que fue gran parte de la Huerta del Conde es hoy esta zona ajardinada, con su puente de madera sobre la rivera del Marco, y que indudablemente se ha convertido en enclave de gran importancia para el mantenimiento de la diversidad natural en nuestra ciudad.

La rivera del Marco desde el puente de madera.

Gracias a mis padres, a la comunidad de amigos que crearon y a su inquietud porque pasáramos el fin de semana jugando en el campo, puedo presumir de una infancia muy feliz en contacto con la naturaleza. Fue la Huerta del Conde la posibilidad más real y cercana que podían ofrecernos y no la desaprovecharon.

La rivera del Marco pasaba por la finca.

He recordado la casa con su salón de baile y la capilla, y guardo en la memoria los caminos que iban hasta la alameda, y de la alameda al muro que separaba la finca de la calleja. Caminos que se desdoblaban y llevaban a otros rincones donde seguir descubriendo, jugando y gozando con el espíritu de los niños que éramos, y que sin darnos cuenta se nos iba llenando de amor por la naturaleza.

Camino de la Ribera. A la izquierda, el límite actual de la finca.

Hace unos días escuché el programa “El bosque habitado” de Radio 3, en el que se habló muy acertadamente sobre la necesidad de educar en la naturaleza. Yo, que soy profesora de biología, cada vez veo más clara esa educación fuera del aula que complemente los conocimientos teóricos que, también necesariamente, hay que impartir para comprender lo que sucede a nuestro alrededor. No hay mejor aplicación práctica de lo estudiado que experimentarlo, observarlo, reconocerlo, vivirlo en la propia naturaleza.

Yo empecé a amarla cuando comencé a conocerla.

Así lo siento, y así quiero transmitirlo al alumnado que tengo a mi cargo. Así lo hago siempre que puedo, aunque sea en las zonas verdes del patio del centro en el que hay más aprendizaje del que se pueda imaginar, solo hay que saber observar, escuchar, sentir.

Y por encima de todas las trabas y dificultades, hay que salir del aula y descubrir lo que queremos que amen, para que lo disfruten, lo vivan, lo respeten y se hagan cargo de su mantenimiento cuando les toque, cuando les llegue el momento de coger las riendas del planeta para que podamos seguir viviendo en él.

Un gran olmo se eleva por encima del muro. Al fondo, el puente de la ronda sureste.

Ojalá hubiera muchas Huertas del Conde donde nuestros hijos pudieran pasar los mejores años de su vida.

Muro de la finca que daba a la calleja.

 

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Sobre el autor

“Desde siempre me gustaron los pájaros, las mariposas y las flores. También escribir cuentos para niños. Hoy les hablo a mis alumnos de los misterios de la biología, paseo por el campo cuando puedo y escribo. Creo que es esencial vivir con la naturaleza, comprender sus ciclos y seguir su ritmo. Y compartir con otras personas lo vivido.”


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