El cielo es caprichoso.
No se conforma con iluminar su negrura con la luna y las estrellas.
Cuando se aburre de su inmensidad azul, se adorna con nubes.
Aunque un cielo sin nubes, azul limpio de mañana despejada de invierno, es un cielo precioso, un cielo con nubes, como si un pintor hubiera cogido ahora un pincel fino, ahora una brocha, y se hubiera dedicado a pintar el lienzo azul, es, a mi parecer, mucho más bello.
Y es interesante porque las nubes también son caprichosas, por su afán de tapar el azul, y por esa manera de llegar, transformarse o desaparecer, y esa terquedad de quedarse para velar el sol. Las nubes son las grandes olvidadas del día a día, quizás por la pereza de levantar la mirada por encima de nuestros pasos.
Mirar las nubes es entretenido, como mirar el fuego de una chimenea, o ver pasar a la gente desde un balcón. Pero a las nubes hay que dedicarles tiempo, no tener prisa, detenerse y contemplarlas, sin pretensiones, mirarlas en el momento justo, ya que se dejan moldear por los vientos, y cambian en un espacio corto de tiempo. Imaginar aves en nubes de algodón es fácil, o rostros con narices y labios desmesurados, o naves espaciales que por un momento pensamos que son reales.
Todas las nubes tienen su nombre, hasta las que se combinan entre ellas sacrificando sus formas para dar lugar a otras nuevas.
Así los cúmulos, que dan alas a la imaginación.
Los cumulonimbos y nimboestratos, que traen la lluvia.
Las nubes aborregadas, altocúmulos, que le dan al cielo un aspecto como de tela acolchada que quisiera abrigar el suelo.
Los cirros, que son las pinceladas locas de un pintor de cielos.
Cirrocúmulos, fotos de Antonio Pérez Toranzo y Pilar Atienza.
Al mismo sol, en el espectáculo de su puesta, le gusta despedirse con nubes adornando el escenario de su horizonte.
Las nubes son caprichos de cielo.