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Camilo J. Cela en Cáceres

Estos días se asoma a las páginas de los periódicos la figura de Camilo José Cela, del que ayer, 11 de mayo, se cumplían cien años de su nacimiento. Del Cela personaje puede decirse aquello del cronista taurino: «División de opiniones: unos en su madre y otros en su padre». Pero si hablamos del Cela escritor, son palabras mayores.
En 1986 Cáceres fue declarada por la Unesco Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Con tal motivo, en abril del año siguiente invitaron a Cela a dar el pregón de la fiestas medievales organizadas para conmemorar el título de Patrimonio de la Humanidad. Aquel acto (retransmitido incluso por alguna cadena de radio a nivel nacional) se convirtió en un espectáculo cinematográfico. A Camilo José Cela, alojado en el Palacio de Carvajal
–entonces reservado para los huéspedes y las visitas de honor– le dispusieron una carroza tirada por cuatro caballos blancos a la que se subió en la Plaza de Santa María, rodeado de un gentío impresionante, y con la que recorrió la Plaza Mayor, San Juan, Paseo de Cánovas, Avenida de la Montaña y Colón hasta llegar al Complejo Cultural San Francisco, en cuyo auditorio principal ofreció el pregón.
Manuel Veiga, presidente de la Diputación Provincial cacereña e institución anfitriona, contaba años después que cuando le comunicaron a Cela que estaba previsto que ofreciera el pregón desde el púlpito del altar mayor, «a Camilo le brillaron las pupilas» y enseguida dijo: «¡Voy a probarme el púlpito!». Y sus gorduras, ya menguadas, permitieron que accediera al pequeño hueco excavado en el granito de la inmensa columna. En su discurso no faltaron los guiños a los modismos populares. Desde la salutación primera: «¿Os acordáis del dicho que dice: En Ciudad Rodrigo, damas; en Cáceres, caballeros, y en Plasencia los dineros?», pasando por el adagio: «Nacer en Cáceres y morir en otra parte», para culminar con la invitación a la fiesta y al ‘carpe diem’. «Agarrémonos como a un clavo ardiendo a la vida y gocemos de ella mientras Dios disponga, que para verle llegar el fin siempre habrá tiempo, ya que muere el Papa, el rey, el duque y hasta el prior de Guadalupe». Yo estuve allí. Y el día antes en Malpartida de Cáceres, donde le dedicaron la plazoleta del recinto de la Casa de Cultura. Por cierto, al descorrer la cortinilla de la placa, se resistía y ni corto ni perezoso se subió a una escalera de tijera y de dos tirones desprendió hasta la barra de sujeción. Cela improvisó unas palabras que fueron recibidas con regocijo general. El alcalde, el recordado Antonio Jiménez, aclaró irónico que «lo de la cortinilla no estaba previsto».
Aprovechando su paso por Cáceres Cela accedió a una amplia entrevista que publiqué en el suplemento Dominicalia de HOY. Me la agradeció días después con el envío de un libro suyo, dedicado, que yo no había leído: los apuntes carpetovetónicos de ‘El gallego y su cuadrilla’. Aún no era Premio Nobel. En Cáceres estuvo desde luego el Cela personaje histriónico, excesivo, algo ‘ogro’, quevedesco, generoso, mordaz, tierno y contradictorio. Pero también el escritor, el genio que firmó ‘La familia de Pascual Duarte’, ‘La colmena’ o ‘Viaje a la Alcarria’. Una sola de esas obras le bastaría para asegurarse la posteridad.

Juan Domingo Fernández

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Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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