He desarrollado en estos últimos meses otra actitud frente al espacio y el tiempo. Frente al espacio, pisar sobre seguro, si es que ello es posible en el Bronx de Badajoz; frente al tiempo, escepticismo y “adagio má non troppo”.
En Agosto, como siempre, vuelvo a recordar a Jean Louis Tritignant estudiando las oposiciones y a Vittorio Gassman tocando la bocina en las calles romanas vacías por el Ferragosto. https://www.youtube.com/watch?v=BWfg0yvrUrA
No voy a intentar llegar hasta el final de esa escapada que siempre acaba en una curva imprevista.Ya pueden sonar las trompetas de Jericó en versión John Barry u ofrecerme “haigas” rojos con chicas sentadas en el capó parecidas a Ann Margret o a Pamela Tiffin.
He perdido el rumbo, la noción del tiempo, como cantan los Estopa.
Este año no hay viajes cortos, ni movimientos imprecisos. No hay amistades casuales, ni el cine de los viernes.
Se me aparece la imagen obsesiva de Onofre, el premio que damos en el Festival Ibérico de Cine. Una estatuilla que en su época protohistórica representó a alguien o algo con poder social y mágico, junto con los ídolos-placa y estelas que nacieron bajo el calor infernal que a duras penas soportamos los habitantes de este confín de la civilización occidental. Esos ídolos del calcolítico son la esencia telúrica de la que procedemos, aunque los romanos y los árabes luego nos enseñaran a leer, a escribir y a echar cuentas. Así que este verano me sigo acordando de Onofre, que no es otro que el llamado “ídolo de Rena”, de la colección del Museo Arqueológico de Badajoz.
Su versión gigante, creada por Arturo Lucas, ha estado en el Jardín del Meiac, como un Gólem al servicio del sistema de seguridad del FIC. En el concierto y gala de entrega de premios se sentía a sus anchas porque fué situado al lado de la percusión de la Orquesta de Extremadura, que es lo que más le gusta, habida cuenta de sus pretensiones teocráticas y su megalomanía. Se crece con los “peplums” de Cinecittá y los malos ratos que pasa el equipo de producción.
A Onofre hay que tratarlo bien, porque su maldición cae cada año sobre alguien de la organización. Al principio sólo fueron enfermedades leves, defunciones de parientes políticos, luxaciones… pero luego han sido dolorosas bajas letales que han diezmado nuestras fuerzas y nuestra moral de combate. Y en esta edición su venganza ha sido bíblica.
Creo que el sitio donde lo ubicamos el año pasado no le hizo mucha gracia.