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Antonio Tinoco Ardila

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Los dos últimos martes esta columna trató de Cataluña. Tangencialmente o de lleno, pero de Cataluña. Les aseguro que intenté no hacerlo porque pensaba –creo que con algo de razón–, que ustedes deberían estar muy cansados de que una página de información y otra, un editorial y otro, un columnista y otro… todos trataran de lo mismo. Llevamos semanas como si los españoles no tuviéramos nada de qué hablar salvo de Cataluña.

Pero ya ven, sucumbí y terminé ocupándome de ese asunto del que todo el mundo ha estado hablando –y habla y hablará– en España. Y si durante las dos últimas semanas he dedicado estos ‘apenas tinta’ a Cataluña ha sido porque, habiendo intentado evitarlo y aun barruntando que poco o nada original podría decir sobre lo ya dicho, me han faltado los recursos necesarios para encontrar temas distintos que traer a esta columna. Les pido disculpas por no haberles servido de mucho, pero me ha ocurrido algo así como si la parte de mi cerebro que se interesa por la política la tuviera ocupada por el problema del encaje de Cataluña en España.

Y me preocupa. Y veo que, aunque no se dirija a mí directamente porque ni siquiera me conoce, gente lúcida me lo hace notar. Una de esas personas es Ramón Salaverría, un profesor de periodismo de la Universidad de Navarra que merece ser leído y al que les recomiendo también que lo sigan en Twitter porque tiene la virtud de hablar siempre con fundamento. Salaverría (@rsalaverria en esa red social) escribió hace unos días un tuit que llamó mi atención porque a la vez que definía en menos de 140 caracteres a los medios de comunicación y su posición frente al problema catalán también, aunque sin saberlo, hablaba de mí y me alertaba de la colonización mental que sufro y que esta columna pretende ser –supongo que ya lo habrán advertido– la primera sesión de un tratamiento de desintoxicación al que estoy resuelto a someterme. Decía Salaverría: “Cada vez hay más periódicos que se publican en tres soportes: papel, digital y tela de bandera”.

También esta vez dio Salaverría en la diana: en la mía. Porque yo, que en mi diálogo interior saco pecho ante mí mismo y me tengo por viajado y me siento a salvo de la enfermedad del nacionalismo etcétera, resulta que a la hora de la verdad no logro superar el virus de la bandera y ahí que me ven debatiéndome –y lo que es peor: dándoles la brasa—para denostar del nacionalismo catalán. Eso sí, sin abjurar del mío.

El viernes pasado, el siempre lúcido Juan Domingo Fernández recordaba en estas páginas a Samuel Johnson y su conocida definición del nacionalismo como “último refugio de los canallas”. Creo que el célebre escritor británico podría haber añadido: “Y de los perezosos mentales”.  Y ahí me duele. Porque Cataluña y su nacionalismo se han convertido en el único horizonte de todo lo que en España merece preocupación. Quizás sea porque Cataluña nos ha proporcionado el refugio de la comodidad y nos basta con la tela de una bandera para tapar la cruda realidad: que de ideas andamos justos. Es la pereza, estúpido.

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Blog personal del periodista Antonio Tinoco.


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