
Las calles, decoradas e iluminadas con esa parafernalia anual de motivos navideños, eran un hervidero dónde los consumidores se agolpaban frente a escaparates y comercios, poseídos de ese afán impuesto de comprar y comprar, en el que el hecho de pagar, de adquirir un objeto por inútil o innecesario que este sea, les hace tal vez sentir que “son”, que existen en este mundo.
Entre ellos, Saturnino Fernández –que de alguna manera ha de llamarse el héroe de nuestra historia, o mejor dicho, el antihéroe, que los héroes resultan casi siempre pretenciosos y aburridísimos- cojo, flaco, cuarentón y sentimental, se dirigía hacia unos grandes almacenes con esa ilusión amarga, con esa esperanza triste que deben sentir los parados de larga duración al encontrar un empleo precario, que por unos pocos días, asigne una dirección concreta a sus pies.
El caso es que Saturnino era uno de esos cuarenta mil “afortunados”, que de entre los casi seis millones de parados del país, había encontrado un empleo en el sector servicios para la temporada navideña. Y uno de los pocos hombres además, pues para estos menesteres del comercio, suelen preferirse mujeres lo más jóvenes y bellas posible, según los cánones insulsos y estandarizados de la época.
El gentío, perfumado y engalanado, abarrotaba las aceras y avenidas hablando de sus cosas, esto es, de la crisis – siempre la crisis- o del fracasado Apocalipsis Maya, que días atrás había causado paranoia y consternación. Claro que no a Saturnino, que con mujer y tres hijos, la nevera vacía y los cajones repletos de facturas impagadas, bien hubiese deseado que fuera cierta toda esa rumorología apócrifa del final de los tiempos.
Al llegar por fin al hipermercado, se dirigió al punto de información, y tras identificarse, un segurata gorilón y pelado, con gesto ceñudo y sin mediar palabra, lo condujo a un vestuario donde se apilaban cajas de excedentes o de promociones de regalo, como cestas navidad y cosas así, y en una esquina, dentro de una cochambrosa taquilla, asomaba colgado de una percha su nuevo uniforme de trabajo: un roído traje de fieltro de Santa Claus, o como decimos en España de forma espantosa, de Papá Noel.
Se vistió pausadamente, intentando ajustar aquel enorme traje a su escuálida fisonomía, remangándose los puños y los bajos del pantalón, colocándose la barba que se le caía de un lado y que olía a tabaco negro y a saliva. No pudo evitar sentirse estúpido, ridículo ¿Cómo había podido llegar a esto? Si hasta hace poco disfrutaba de un empleo de verdad, puede que mileurista y esforzado, es cierto, pero al menos el mono de mozo del almacén donde había trabajado siempre, aunque sucio, era de su talla.
Comenzaron a temblarle las piernas, y una sensación de vértigo, un azoramiento interno, se apoderaba de su aliento, de su pulso. Miró en derredor, y entre las cestas de regalo distinguió lo que parecía ser una botella de anís. No acostumbraba a beber, pero no se sabe porque extraña razón, porqué impulso desesperado, tomó la botella y comenzó a empinarla dando tragos sucesivos. El licor le calentaba la garganta y el estómago, y poco a poco, las piernas dejaron de temblarle y la sensación de miedo se iba diluyendo con la bebida. Se echó el saco de caramelos al hombro, y agarró la campanilla dorada dispuesto a salir, pero antes, un trago más, o tal vez dos, o tal vez tres…
Al rato, por los pasillos del centro comercial, los montones de gente se dispersaban para abrir paso a un Santa Claus famélico y mugriento, que tambaleante gritaba el típico: ¡¡Jouuu, jouuu, jouuu!! mientras tañía la campanita, arrastrando la pata coja y la borrachera, agarrándose a cada poco a los estantes para no caerse. Sin escandalizarse demasiado los compradores seguían removiendo los cúmulos desordenados de ropa, como autómatas, al ritmo techno y machacón, diseñado para aumentar el consumo en las grande superficies. Sin saber bien porqué, venían a la mente de Santa, es decir, de Saturnino, imágenes desteñidas de su infancia, de la infancia menos lejana de sus hijos, de su esposa afanada siempre en sus labores interminables, y una especie de congoja, como una bola que le obstruía la garganta, lo precipitó en una llorera blanda, en un gimoteo apenas perceptible.
De pronto, una mano lo zarandeó del hombro como quien agita al viento una prenda vieja. El segurata, fuera de sí, lo arrastró hasta la puerta gritando improperios: ¡Maldito borracho!, ¿para eso crees que te pagamos, para que te bebas nuestras botellas y vayas por ahí molestando a los clientes? Y lo arrojó a la calle con todas sus fuerzas, quedando éste boca abajo, en una torsión imposible entre un fotomatón y una maquina de bolas, mientras los niños, impasibles, le pasaban por encima.

(Con permiso del destinatario…)
Querido Juan Sebastián:
Tu último mail me ha dejado algo consternado y confuso. En él me pides una vez más que escriba, que no lo deje, y yo lo que no dejo es de pensar en qué, o para qué coño, o para quién, si la gente no quiere saber nada de las fabulaciones cargantes de un ex-narcisista provinciano. La gente lo que quiere es currar poco o nada, ganar mucha pasta para gastar en coches caros y cosas de esas, y si acaso joder, joder y gastar hasta caer reventados. Como se supone que hacen tan felizmente los capullos que salen por la tele.
Ya van para muchos años los que llevamos jugando a esto de ser escritores, desde allá por los últimos 90’ ¿no es cierto? Nos reuníamos en tu casa de la calle Espronceda o antiga Rua do Poço en Olivenza, muy cerca del centro, dónde viven los notarios, los constructores, los altos funcionarios, los mandos militares y toda esa canalla de nuestros parientes. Prendíamos los primeros pitillos robados a los padres entre muebles antiguos y malas reproducciones de Murillo -de un ocre espantoso- que parecían ensalzar una remota ascendencia noble y agroganadera. Niños aún mudando la piel de la postrera infancia, desflorando la inocencia del amor primero a ritmo de rock and roll y versos púberes, abriendo de par en par las puertas al futuro desencanto, devorando a Hesse/Joyce/Dostoievski como bálsamos a la orfandad y la violencia doméstica, amarillos de rojo libanés en las fiestas del pueblo, borrachos, absortos en las vidrieras góticas de las iglesias… instantes microcósmicos que son todo lo que queda de un ayer ya lejano en el que hoy parece que crecimos de golpe.
Después vinieron Madrid y las tertulias, bohemia de Malasaña a las seis de la mañana, poetastros de sombrerito y mohines plagiados, epígonos de epígonos, insanas azafatas de bajos vuelos –que como no, también escriben-, Miller/Umbral/Cortazar, el gilipollas de Salem blandiendo la batuta del oportunismo, Ginsberg/Alejandra/Sabines, desengaños amorosos y fracasos académicos, madrugadas en Gran Vía sintiéndonos más tristes y vacios que las putas, curros precarios y desasosiego, veranos nómadas, litorales, Granada con Aleixandre y taxis urgentes al extrarradio, ángeles de Alberti fluctuando en la niebla de nuestro insomnio ¿Recuerdas? Yo leía a Burroughs y tú me dabas el coñazo con tu rollo buenista de medio rico –proyectos altruistas que cayeron con los sueños por el desagüe del lavabo, piadosas utopías- aún la bonanza económica nos permitió expandir nuestra derrota por el Mundo: Buenos Aires, Valparaíso, ciudades que se mezclan y confunden como residuos de un pasado tóxico… la primera década del segundo milenio que acababa en nada, tan solo un par de antologías infamantes y una resaca del carajo.
¿Y sigues pidiéndome que escriba? Ahora que España se derrumba y vamos para los treinta, que nos asoman las plumas blancas de la edad adulta como a faisanes que han dejado de ser nuevos, ahora, que por fin cago duro y me ha dejado de doler el tarro ¿Ahora es el momento de hacer literatura?
Reza un viejo proverbio alemán que tu casa puede sustituir al mundo, pero el mundo jamás sustituirá a tu casa. Esto es algo que debe escapar al privilegiado entendimiento de las mentes pensantes de las entidades bancarias, que en los últimos tiempos están privando del derecho constitucional a la vivienda a miles de familias en este ignominioso país –payo al que llaman España, que decía ese viejo perro de Leopoldo Mº Panero- y son ya 3.637, para ser exactos, las que se han quedado en la calle, con una mano delante, y detrás, una deuda inasumible incluso para los más voluntariosos y obedientes.
Este es el caso de Cristina Durán, una abogada de treinta y seis años, que tras ejercer siete de ellos como auxiliar de notaria, pierde su empleo, y comienza ese periplo que hoy hemos convenido en llamar “ascensor hacia el desahucio”. Cristina era una esforzada trabajadora, que dedicaba como tantos, casi doce horas diarias a cumplir con sus obligaciones laborales. Percibía por ello una remuneración -nada despreciable con la que está cayendo- de algo más de 1.700 leuros. En una situación holgada en términos económicos, y para cumplir ese precepto tan premeditadamente impulsado por los agentes financieros en los últimos años, que podría denominarse como “el sueño español”, decide adquirir una vivienda en propiedad. Para ello entrega como entrada seis millones de las antiguas pesetas, que consigue reunir, a demás de con todos sus ahorros, con los de su padre, barbero de profesión, y actualmente pensionista.
Después de tres años de pagar metódicamente a Ibercaja una hipoteca de 600 euros mensuales, es despedida, y empiezan las dificultades. Se afana durante algún tiempo realizando oficios varios, como el de camarera, barrendera municipal, repartidora de publicidad, y un largo etcétera que la mantiene como una balsa de aceite flotando en el cruento océano del empleo precario. Ya en el último año y medio, y ante la imposibilidad de obtener alguna fuente de ingresos, ve agotarse las prestaciones y subsidios por desempleo, e inevitablemente llegan los primeros impagos, los recibos devueltos, la nevera vacía… y el primer aviso de desahucio.
Mediante un proceso que deja mucho que desear en cuanto a su regularidad, el piso que tantos esfuerzos costó a Cristina y a su familia, es subastado en enero del corriente, y adquirido por la propia entidad, notificando de ello tan solo cinco días hábiles antes del efecto para recurrir. Recurso inútil que Cristina interpuso junto a un abogado de oficio, sin obtener ningún resultado. Para más escarnio, la cuenta que Cristina poseía en otra entidad bancaria (esta vez La Caixa) y donde depositaba algunos pequeños ingresos que obtenía eventualmente como limpiadora, ha sido embargada.
Entre todo esto y a través del Ateneo Andaluz de Dos Hermanas (Sevilla), toma contacto con los movimientos sociales, con los que emprende una militancia activa, y recibe la solidaridad y el apoyo de los compañeros, que junto al de su familia, le permiten sobrellavar la situación hasta el día de hoy, 19 de septiembre de 2012, día en que iba a hacerse efectivo el desahucio. Y digo iba, porque unas doscientas personas congregadas frente a la casa, vecinos, amigos, y miembros de distintas plataformas y asociaciones, impidieron el acceso a la vivienda al personal de la entidad, al cerrajero , y a los escasos diez agentes del cuerpo nacional de policía que acudieron a la cita. Entre aplausos y vítores de “Sí se puede, sí se puede” se retiraban confusos y sorprendidos los desahuciadores, que no se habían topado con una respuesta similar en la localidad sevillana. Pero lo cierto es que volverán, tal vez en uno o dos meses, y esta vez vendrán preparados para que no quepan sorpresas. Traerán consigo todo el peso de sus leyes y sus trampas.

Sánchez Gordillo: "Rajoy es una marioneta, una estúpida marioneta" Foto: Ángela Cayero
“Pedid trabajo, si no os lo dan, pedid pan, y si no os dan ni pan ni trabajo, coged el pan”
Enma Goldman
Entre tanto y tantos hablando repetitiva y premeditadamente sobre la Prima de riesgo, el IBEX 36, el IPC, y demás indicadores económicos de los que el común de los mortales no tiene ni pajolera idea, llegan unos hombres, unos sindicalistas andaluces para ser más concreto, a hablarnos de esta crisis/estafa, sencillamente, en términos asequibles para todos. Éstos son: el hambre, la precariedad, la exclusión, el desahucio… esos otros términos que tan hábilmente procuran evitar nuestros políticos, esos otros términos en los que narran su día a día los verdaderos afectados, los escalones bajos de la pirámide social.
Tal vez por esta clarificación del problema, sea que desde las altas esferas de poder se haya movilizado tan vertiginosamente el pesado aparatage de la justicia nacional -herrumbroso y atrofiado hasta ahora- para capturar en menos de veinticuatro horas, tiempo record, a los primeros identificados en la incautación de alimentos en dos grandes superficies comerciales realizada por el SAT.
En un país donde los empresarios aspiran a ser Amancio Ortega, acusado de explotación, humana e infantil, y sospechoso de lo mismo en una docena de países a lo largo y ancho de tres continentes –Asia, África, y América, por supuesto-, dónde se indultan latrocinios del tamaño de los cometidos por Undargarín, Rato, o el presidente del Santander, donde el fraude fiscal es amnistiado por decreto, y la corrupción política una práctica generalizada -recordemos que actualmente hay más de quinientos procesos abiertos por este asunto dispersos por toda nuestra geografía-, algunos cuantos alarmados, ministros incluidos, elevan sus gritos al cielo como vírgenes pudorosas ante semejante desacato a la propiedad privada: nueve carritos de la compra con productos de primera necesidad para repartir entre los más necesitados.

Discurso de Sánchez Gordillo en el homenaje a Blas Infante, junto a Diego Cañamero y otros miembros del SAT. Foto: Ángela Cayero.
El mensaje del gobierno es claro, y va dirigido a todos aquellos susceptibles de interponerse en sus objetivos, no consentirán complicaciones. El ministro del interior lo viene demostrando desde los primeros días de su mandato, no dudando en aplicar la fuerza de los cuerpos de seguridad/represión del estado, al más puro estilo Fraga en los tiempos oscuros del franquismo.
Por otra parte la reacción popular no se ha hecho esperar, y decenas de ciudadanos en Madrid, Barcelona, Sevilla, y Granada se han presentado en los juzgados y cuarteles para autoinculparse diciendo algo así como: “Yo también robé comida del supermercado”. Aunque valientes y resolutivos, aún no son demasiados, y a pesar de que una encuesta realizada por el diario Público afirma que un 89’6% de los encuestados está a favor de la expropiación de alimentos en casos de necesidad, también hay desde casa, quien condena.
Es habitual escuchar comentarios del tipo “yo también lo haría” cuando salen por televisión casos de fraude, de evasión de impuestos, o de fuga de capitales cometidos por nuestras folklóricas, intelectuales, o deportistas de elite, y yo me pregunto, ¿tan alienados estamos?, ¿tantísimo ha perpetrado en nosotros la moral del esclavo como para exculpar los delitos cometidos por ricos y poderosos cuya realidad está tan alejada de la media, y condenar en cambio a unos tipos que roban unos carritos con comida para reivindicar la situación de los más desfavorecidos?
Me comentaba ayer Sánchez Gordillo en el homenaje a la figura de Blas Infante, en el setenta y seis aniversario de su fusilamiento, que no sabe quien ha emitido la orden a la policía para practicar las detenciones, puesto que ni el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía ni el juzgado de Écija se han pronunciado al respecto. Pero que no tienen miedo, que tanto para él como para muchos de sus compañeros, ir a la cárcel por defender los derechos de los desfavorecidos sería un orgullo y una forma de dignidad. Y yo que soy tendiente a establecer paralelismos, tal vez por pura pereza mental, no he podido dejar de preguntarme desde entonces si ¿no será que el día que explicaron lo de “dad de comer al hambriento” los señores Gallardón y Jorge Fernández, tan cristianos ellos, se perdieron la catequésis?

Sánchez Gordillo y el menda. Foto: Ángela Cayero

El despertador sonó a las 6:45 y la realidad se hizo de pronto, dejándole un resquicio de derrumbe, una sensación virulenta del mundo de los sueños que se desploma. Ahora era el apartamento, la mañana, la disposición a repetir sistemáticamente el proceso de los despertares en días laborables: tomar un desayuno ligero, consistente en café y una tostada, aseo metódico, afeitado impecable frente al espejo aun en albornoz, recoger los restos del desayuno, hacer meticulosamente la cama, recreándose en cada pliegue, doblando las sábanas con agilidad pasmosa, y por último, vestirse de camisa clara, pantalón oscuro de tergal, beige/azul marino-marrón/gris marengo, en la correcta estética del buen funcionario de la delegación, del intachable empleado público que gana honradamente sus honorarios, que se acomete a un ritmo exacto, a un rito minuciosamente calculado para llegar cada mañana, perfectamente puntual a su trabajo.
Pero algo le decía que aquella mañana no sería como todas las demás. Se encontraba realmente cansado, inusualmente cansado. Una fatiga desconocida parecía emanar desde todos sus músculos, doloridos, tensionados como por un aparato medieval que lo torturara en sueños. Aunque no le prestó importancia alguna. Hacia tiempo que ese tipo de cosas habían dejado de cobrar importancia para él: no dormir, o dormir mal, comer escasamente, vivir en un malestar generalizado, era ya parte de la rutina ordinaria, y se abandonó, como en otras ocasiones, a la mecánica del despertar laborable. Lo principal era llegar puntual cada mañana a la oficina, abarrotada de mesas grises, adosadas, homogéneas, llegar y saludar al jefe que como de costumbre ignorará el saludo tras su mesa caoba de roble, al fondo de la estancia, fingiendo atender algo más importante.
Ya eran las 7:50 y aún no había terminado de abotonarse la camisa. Apresuró los movimientos y abandonó la casa. Las calles arruinadas parecían el escenario de una batalla campal que acabara de concluir. Las manifestaciones, repetidas y constantes eran como un tumulto continuo, como un zumbido de trenes cercanos que a fuerza de costumbre, se termina por desoír. Incluso algunos de sus compañeros se habían unido a las protestas contra los recortes en los sueldos de los empleados públicos, pero él no se identificaba en absoluto con aquella masa informe que bostezaba las consignas de siempre, y pintaba cartoncitos con colores y frases más o menos bienintencionadas. Él por su puesto sabía que las cosas andaban mal. Pero no porque el gobierno de turno les hubiese recortado el sueldo, al él incluso sin las extra le bastaba, ni porque todo el sistema público del país, incluyendo sanidad y educación, estuviesen pendientes de un hilo, al fin y al cabo ¿que coño le importaban la sanidad y la educación?, tampoco por el retroceso en los derechos civiles, ni por la indignación que provocaba ver como las elites mantenían sus privilegios a costa del sacrificio de las clases medias y desfavorecida, no, tampoco por eso, si no por algo peor.
Mientras caminaba podía ver los contenedores humeantes, los escaparates rotos, zapatillas de deporte abandonadas, caretas de cartón, serpentinas de colores, un tambor con el parche rajado, una pancarta pisoteada sobre la acera que reza: “El colectivo español de prostitutas insiste, los políticos no son hijos nuestros”. Era como si un ejercito de mercenarios hubiera hecho desaparecer de pronto a un multitudinario desfile gay. Él estaba convencido de que toda esa parafernalia no llevaría a ninguna parte, y quería hacer algo que de verdad cambiara el orden de las cosas, que rompiese esa cadena atroz de mesas grises y noches sin dormir, de desayunos ligeros y reducciones de salario, de dolores musculares y saludos sin respuesta.
A la 8:25 se unió a la fila para fichar la entrada. Sus compañeros hablaban de la huelga, algunos mostraban a los demás rasguños que lucían con el orgullo de un torero que recapitula cornadas en su cuerpo. Él los miraba con distancia, sin pronunciarse. Le embargaba la certidumbre de que debía implicarse en el asunto, hacer algo de verdad, hacer irremediablemente algo ¿pero el qué? Una vez dentro, todos fueron ocupando sus puestos. Salvo él, que comenzó a avanzar extrañamente desde su segunda fila habitual, hacia el fondo de la estancia. En cuanto se plantó frente al jefe, que por primera vez en años se dignaba a mirarlo cara a cara, gritó atronadoramente: ¡Le estoy diciendo que buenos días! Él quería hacer algo que cambiase el mundo, el orden establecido de las cosas, y se limitó a bajase el pantalón oscuro de tergal, darse la media vuelta, y defecar sobre la mesa caoba del jefe.
“El afortunado hallazgo de un solo libro puede haber cambiado el destino de un hombre”
Marcel Proust
El pueblo era extrarradio derruido de establos y chavolas, donde se hacinan el hambre y el miedo, las bestias y la tuberculosis. Era enjambre de niños rapados y ausentes que vagan como autómatas entre un disparate de escombros. Era centro pétreo de solariegas casas blasonadas, de uniformes azules y mantillas, de balcones floreados donde hermosean altivas las banderas de los vencedores. El pueblo era, cómo no, de un color sepia, como toda la posguerra, de un sepia tirando a mierda, un sepia sucio de tisis y tratos vejatorios, de tumbas improvisadas y malos sentimientos, de un sin fin de humillaciones y miseria, de militares bajo palio que procesionan como héroes a sus caídos.
Pepín Fernández “el pupas”, era uno de esos niños, también sepia, que se iban al catre sin cenar, y dormían y soñaban sobre un jergón de paja. Un niño como tantos otros de los que entonces se iban al catre sin cenar, y dormían y soñaban -sobre todo con comida- sobre un jergón de paja. Niño labriego y desescolarizado, -al maestro tuvieron que matarlo por rojo y masonazo que era el hijoputa, decían en el pueblo- más tímido que triste, más cansado que niño, empleaba sus pocas horas libres en buscar como un poseso en la montaña, un tesoro que decía, veía en sueños. Claro que en el pueblo nadie lo creía, porque como era insoportablemente tímido lo tomaban por loco o tonto, -los niños de la guerra ya se sabe- y Pepín últimamente que no dejaba de hablar de tesoros escondidos, y de sueños y cosas raras, mientras se rascaba las pupas de la cabeza curadas con azufre, y miraba el vacío.
El caso es que había dejado de jugar a maquis o fusileros con El Rata y Buenaventura – que no me llaméis Buenaventura coño, que ahora me llamo Paquito- y de robar por las noches melones en lo del Lucio, y hasta de obligar al Sonso a hacer de cura para apedrearlo, porque el Sonso era monaguillo el muy mierda, y además mariconeaba un poco. Ahora sólo vagaba por la montaña con los ojos casi en blanco y las pupas de la cabeza levantadas. Andaba más bien distraídamente, como sin buscar, esperando tal vez algún indicio, un arrebato de la sangre, o una señal divina que le indicase el camino, el lugar exacto donde adentrar sus manos.
En el pueblo se extrañaron al principio, pero pronto terminaron por obviar o ignorar el fenómeno, puesto que eran gentes acostumbradas a todas las atrocidades que ampara una guerra, y habían perdido cuanto menos, la curiosidad y la capacidad para la sorpresa. Rápidamente la familia de Pepín, que consistía en una sola tía enfebrecida de hijos y pobreza, fue dando al chaval por perdido, y hasta el Sonso, en el fondo, se alegraba un poco, porque ya no tenía que esconder la merienda que le daban de monaguillo, ni hacer de cura apedreado, porque con el Pepín en la montaña, El Rata y Paquito/Buenaventura, no tenían cojones.
Un buen día, el extraviado, como habían comenzado a llamarlo tan socarronamente en el pueblo, bajó corriendo de la montaña con los ojos desorbitados y un legajo de papel entre las manos sucias de tierra, gritando: lo encontré, lo encontréé, lo encontrééééé! Dos campesinos polvorientos, que descansaban con sus cargas en una sombra, interpelaron al niño: a ver Pepín, qué carajo traes ahí, y Pepín le entregó el gastado legajo manuscrito de oscuros signos indescifrables para aquellos hombres, analfabetos como él, que no le concedieron ningún valor, ni el más mínimo interés. Uno de ellos, cansado del campo y de la guerra, de la hoz y los nacionales, hizo trizas el legajo y abofeteó a Pepín, que quedó en cuclillas, llorando, mientras recogía los pedacitos y musitaba: mi tesoro, mi teso…
Omitiré las causas de mi desgracia. La serie de motivos y consecuencias que me empujaron a esta situación, son acaso diferentes a las de otros personajes análogos en el cine o la literatura. Más que a una tendencia a la filantropía, a descubrir nuevos parajes, vírgenes al tacto de los hombres, o a un arrebato de heroísmo, mi partida se debe a impulsos mucho menos loables. Me cuidaré por ello de hacer referencias a Stevenson o de pretender pasar por rey de una Ítaca amenazada, pero lo cierto -por aciago que esto sea- es que estoy aquí, rodeado de agua, abrasado por un régimen de sol totalitario, en una barca que ya no en más que un trozo de madera a la deriva.
La justificación de este texto puede encontrarse, más que en la humana necesidad de perpetuarse ante la certeza de una muerte inminente, que se retrasa –no recuerdo los días y las noches que llevo sin ingerir ningún tipo de alimentos ni agua, aparte de la orina que va circulando de mi estómago a una lata, de la lata…-, en la firme intención de legar en testamento todos mis bienes y posesiones, que de otra manera quedarían exentas de amo, expuestas al arbitrio de los lobos del olvido. Como no tengo familia, ni nadie que pueda contener una mueca de odio al escuchar las silabas de mi nombre, y tampoco más posesiones que la tabla en la floto y grabo este texto con la hebilla del cinturón, y… -porque no decirlo, la lata en la que bebo y meo-, he decidido tras mucho sopesar, elegir como heredero universal en mi testamento, al supuesto destinatario del mismo, esto es, al hipotético lector que en el futuro posase por vez primera su mirada en estas líneas, en estos signos que ahora grabo con la hebilla y la intención de que algún día sean descifrados.
Lejos de carecer de valor, a pesar de lo que pueda parecer a primera vista por la precariedad material del contingente, mi herencia es rica en contenido para aquel que pueda extraer de entre sus caracteres, las coordenadas precisas de la riqueza. Esta tabla, que como último reducto de un precioso barco que fuera la envidia de cualquier mercader veneciano de la serenissima repubblica, ha sobrevivido a marejadas y tormentas, a los ataques furiosos de cachalotes infames, al salitre y a su nítida podredumbre, recoge el testimonio de los prodigios –involuntariamente- por mi presenciados en los lugares más remotos. Sobre ella vi los puertos de los negros, en los que enormes embarcaciones europeas cargan diamantes y coltán y descargan barriles tóxicos de material radioactivo, bordeé cabos invadidos por el gótico flamígero y la piorrea, evité arrecifes de luz cuyos nativos adoran deidades zoroástricas, huí remando con manos y piernas de islas habitadas por amazonas hedónicas con sexos extensibles –aunque puede que esto último fuera una alucinación provocada por la insolación, la falta de agua, y la soledad-, y así pasé incontados años vagando como un náufrago premeditado, en esa representación de agua y gases que es el mar. Cualquiera que crea que divago o que incurro en falsedades, sólo tiene que procurarse una tabla y hacerse a la deriva, indefinidamente, para comprobar que no miento.
La falta de espacio para seguir escribiendo, y el cansancio que me vence -tal vez definitivamente-, me obligan a concluir: de modo que me dirijo a ti, destinatario, hipotético lector que ha dejado de ser hipotético, tú que ves en presente esto escribo desde un tiempo pasado, en algún lugar pretérito, tú a quien no conozco y que eres además mi único heredero, el testamentario de estas palabras que ahora lees y que son mi única fortuna… ahora que soy pasto para peces, que acompaño a las esponjas en su hieratismo exasperante, ahora que yazgo como un adorno efímero, en la superficie horadada del fondo marino.
Nota: El presente texto fue hallado en una pequeña balsa de madera, recogida por el servicio de limpieza de costas de Miami, a unos diez quilómetros de la playa. Traducido íntegramente del original, en gallego, por Xosé de Castro, del departamento de traducciones de la U.M., salvo unas siglas en la parte inferior -probablemente las iniciales de su autor- que han sido rayadas hasta impedir su legibilidad.
“un aire de antaño canta y se querella
en la diminuta cámara suntuosa
en donde palpitan los perfumes de Ella“
Paul Verlaine
Hay un cine y una calle. Una calle corriente de una ciudad cualquiera, con una multitud de transeúntes y de ruidos urbanos –el ladrido agudísimo e imbécil de un chiwawa que pasea a una señora gorda, el estrépito chirriante de un autobús en frenada, un tipo desaliñado que grita desde la otra acera: Struggle for a live!!-.
Una pareja se detiene a mirar la cartelera. Ella va como colgada del suéter de Él, ese suéter de rayas que huele a tristeza y a tabaco de liar, y que… -Le queda tan bien – piensa mientras él está que si Bergman, que si Tarkovsky, dale con el neorrealismo italiano, dale con Visconti, etc. y sonríe porque en el fondo le aburren esas películas antiguas en las que casi siempre se queda dormida, y él, entonces, se siente caer como por un agujero, y la agarra, la huele mientras duerme, porque siente como que resbala en un pozo hecho de algo que nada tiene que ver con la materia, la respira profundo y huele a tierra-hembra, y a mar, a fruto de mar que huele a sexo florecido, y a arrollo, entonces él sabe que la quiere porque huele a tierra-hembra y a mar, y a promesa de la espuma, y a ola… y sucede que se salva en ese instante, y el agujero/pozo se deshace bajo su culo.
-¿Porqué no ponen nunca éstas películas en los cines? ¡Dios!, la cartelera es terrible, abominablemente detestable.
Y continúan caminando ya que de todos modos no tienen dinero para el cine, pero no les importa porque saben que pasear, que soñar, que hacer el amor es gratis. Y se van a sentar a un parque donde seguramente es otoño y él enciende un cigarrillo y calla. Unos niños alborotan lejos mientras sus madres fingen ignorarse leyendo revistas atroces de esas que llaman del corazón. Ambos, miran las hojas secas del parque mientras ella dice no se qué de su padre, y él la envidia un poco porque puede mirar las hojas y ver las hojas, vivir-las-hojas, sin pensar estúpida, necesariamente en Pissarro, en Verlaine, en Yves Montand, en C’est une chanson qui nous ressemble/ Toi, tu m’aimais et je t’aimais, y toda esa cultura/basura-mental que lo tiene siempre en guardia, como esquivando realidades paralelas. Pasa un perro callejero y se para junto a ellos que lo acarician –Mira, que simpático ¿No te gustaría tener uno? Parece tan sucio, tan abandonado- y él asiente, porque claro que le gustaría cuidar un perro, y una casa propia o de alquiler, y un trabajo, y a ella, amantísima, que también cuidara de él, de su trabajo, de la casa y del perro, Et nous vivions tous deux ensemble/ Toi qui m’aimais, moi qui t’aimais, y así dejaría de perder el tiempo en las ciudades, que son la misma con el tiempo, y de huir, y de pensar en canciones tristes y en gatos en los tejados de Luxemburgo… El perro le arrima el lomo, y él lo sigue acariciando, cada vez con más intensidad, con ritmo vívido, creciente, Mais la vie sépare ceux qui s’aiment/ Tout doucement, sans faire de bruit, y vuelve a sentir esa desmaterialización en las posaderas, ese horror vacui que le empieza por el culo como un vértigo del intelecto, Et la mer efface sur le sable/ Les pas des amants désunis, y el viento del norte que arrastra les feulles mortes, y el día gris a las orilla del Oise de Pissarro, y todo Verlaine, y el perro al que acaricia ya con vehemencia, y el agujero/pozo que lo absorve como al agua que traga el lavabo, y ella que irrumpe de pronto:
-¡Que te pasa! ¿Estás llorando?
Y él que replica:
-No. Mejor vayámonos a casa a ver una de Tarkovsky.

Retrato de Vasco da Gama por Gregorio Lopes, autor de los dos cuadros para el retablo mayor de la iglesia de Santa María Magdalena, que se encuentran en el Museo Etnográfico de Olivenza.
“As armas e os barões assinalados,
Que da ocidental praia Lusitana,
Por mares nunca de antes navegados,
Passaram ainda além da Taprobana,”
Os Lusíadas. Canto I. Luís de Camões.
Poco o nada sabemos acerca de la infancia del hombre que abrió la ruta marítima a la India. Las teorías que sitúan su lugar de nacimiento en la villa de Sines –celeste y litoral- son cuanto menos inciertas. La falta de documentos fehacientes, como una carta bautismal o una partida de nacimiento, ha precipitado por parte de historiadores y eruditos, toda una serie de conjeturas basadas en hitos de la biografía, tanto del marino, como de la de sus más cercanos parientes.
Sanjay Subrahmanyam, atestigua en su libro “The career and legend of Vasco Da Gama” (Cambridge: University Press, 1997) que Etsêvão da Gama, padre del descubridor, era hijo de un tal Vasco da Gama, de Olivença, y de Teresa da Silva. Éste, casó a su vez con Isabel Sodré, una joven de noble ascendencia inglesa, con la que tuvo cinco hijos, entre ellos Vasco, y Paulo da Gama, quien acompañaría a su hermano menor en la aventura naval, muriendo antes de completar el primer viaje, en Azores, y que ciertamente también habría nacido en Olivença alrededor de 1465.
La suma de estos sucesos, conocidos con anterioridad a la obra citada por diversos historiadores hispano-lusos, junto con la aparición de una lapida sepulcral en la mencionada villa fronteriza con la siguiente inscripción:
Aquí jaz Vasco da Gama, fidalgo
da Casa del Rey, alcaide das Sacas
Faleceu na era de mil quinhentos e vinte y tres anos,
a doze dias de feureiro. Esta sepultura mando facer
António da Gama, seu filho.
Llevó a Humberto Baquero Moreno a afirmar en un artículo sobre los bandos nobiliarios en la Olivença de finales del siglo XV, publicado en la revista “Encuentros/encontros de Ajuda” (18,19, 20 de octubre de1985, págs. 637 y sss.) que, Vasco da Gama, alcalde de aduanas “…que veio a ser o famoso almirante que descubriu o caminho marítimo para a India […] aparece-nhos profundamente ligado a Olivença, onde era residente e exercia as funções atrás referidas”.
La obra conjunta de José Pedro Machado y Viriato de Campos “Vasco da Gama e a sua viagem de descubrimento”, y en concreto el capítulo referido a “Os Vascos da Gama de Elvas, de Olivença, e de Évora”, así como una posterior rectificación del autor en la misma revista en el año 89, evidencian el error incurrido.
De ambos textos se desprende que el sepultado alcaide das sacas no era más que un homónimo que nada tenía que ver –salvo un posible parentesco- con la persona del almirante. Más acertadamente Baquero Moreno narra en su primer artículo los conflictos nobiliarios acaecidos entre las familias Melo, por un lado, y Gama y Lobo por otro, que tal vez, junto con otras circunstancias, propiciaran la marcha de Estêvão a Sines.
Puestos a conjeturar, la inclinación que Vasco sintió por la villa de la que su padre fuera Alcalde-mor, y en la que mandó reedificar la Igreja de Nossa Señora das Salas a su regreso de India -a pesar de la severa oposición de la Ordem de San Tiago-, nos induce a aceptar las teorías más extendidas.
No obstante, imaginemos por un momento. Supongamos que un ligero error de cálculo, una leve desviación geográfica en el mapa de la estadística, un tropiezo inaudito de la Historia, situara a Vasco da Gama, el inspirador de “Os Lusíadas” de Camões –el otro prohombre de Portugal- en la hoy villa española de Olivenza; transfiriendo a ésta, como su lugar de nacimiento, la categoría de símbolo, de emblema que esgrimir ante los desacatos del destino ¿Habría influido éste hecho en los episodios históricos que posteriormente se desatarían, modificando, tal vez, el presente desde el que escribo estas líneas?







