Los Poetas, esos seres extraños, sibilinos en su extravío, perdidos entre las gentes negras de los albores, insaciables, insomnes, buscando un alivio, un subterfugio, un paisaje a contemplar en el brillo sangrante de una copa de vino, un alma hermana con quien prodigarse en su oculta tragedia…
En Madrid las famosas tertulias de los cafés, como la del desaparecido Colonial a la que acudían Alejandro Sawa, Valle-Inclán o Rubén Darío, por citar algunos; o la del Café Gijón, donde se dejaban ver tímidamente en la posguerra Eugenio d’Ors o Cela, y que actualmente es como un glorioso mausoleo, frecuentado por intelectuales y políticos de alto standing –te cobran seis pavos por un carajillo-, han ido dando paso con los años y “la movida”, a las jam session de los garitos. Ahora el café ha sido sustituido por la cerveza, el elegante Paseo de Recoletos por la noctívaga Malasaña, y la concurrencia, mucho más heterogénea, compuesta por personajes pintorescos y ruidosos: juerguistas del verso, viejos calaveras, raperos más o menos líricos, femmes fatales volubles y fluctuantes, y por supuesto, escritores profesionales o no, creando un ambiente de Variété mucho mas parecido al de la “bohemia madrileña” de finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, que al de los anquilosados círculos oficiales. Así uno puede darse un rulo por la capital en su condición de poeta provinciano –voluntariamente provinciano que decía Delibes- y dejarse caer por el Bukowski Club o Los Diablos Azules, a escuchar la algarabía estrepitosa de la nueva poesía, e incluso a veces, puede toparse con Benjamín Prado y su coleguita Sabina –que están a soplar y sorber-, o con Luís Antonio de Villena, que va como levitando desde el parnaso de su prolificencia, a dos palmos del suelo.
También aquí, en Badajoz, ha habido y hay lugar para el quehacer poético. Desde Los sabáticos, en el piso de la calle Calatrava, bajo el mecenazgo de los Segura, donde se reunían Manuel Pacheco, Delgado Valhondo, o los pintores Pedraja y Vaquero Poblador, lo más destacable ha sido la infatigable labor del señor Méndez del Soto, que desde La Ribera, o La Regenta, en principio, y después en el ya de sobra conocido Gran Café Victoria, en la céntrica calle de San Juan, coordinó, al margen de patronatos y subvenciones, poniendo muchas veces dinero de su tembloroso bolsillo, los recitales y publicaciones que de ellos se derivaron, y en los que tubo a bien invitarme a participar en varias ocasiones. Allí uno, desconcertado en su adolescencia, se sentaba al abrigo de Mediterráneo –pseudónimo de José Antonio Sánchez Carrasco– y sus pájaros de raíces podridas, o del genial Rafael Piedehierro, pintor, escultor, y artista de la vida en general, a decir y a escuchar decir sus versos a los asistentes, algunos ya reputados como Moisés Cayetano, o el luischamiciano’ Feijó. Ahora el cotarro del Victoria, tras retirarse Juan Antonio, supongo que cansado de escuchar tanta perorata insípida, lo lleva la poetisa Antonia Cerrato, que aun me guarda, creo, algunos cuadernillos que editaron con textos del menda. Pero ya no es lo mismo, uno se ve por allí de cuando en cuando con José Manuel Díez, -entre colegas, Joséle, el del Desván-, y no puede evitar sentirse como atrapado en un tiempo, en un verso que no le corresponde.
Uno de veras cree que todo el mundo tiene la capacidad de escribir un par de buenos versos -otra cosa es hacer poesía-, y asiste a los recitales con el alma abierta y los oídos expectantes, esperando ese adjetivo, ese verbo inflamable que le incendie los nardos de adentro; aunque a veces, algunas veces, todo acabe con la sensación de haber asistido a un desfile de sombreros.