Cada cierto tiempo aparece un nuevo reto viral que preocupa a familias y docentes. Algunos parecen simples juegos; otros implican humillación, riesgo físico o una exposición pública que puede dejar huella durante años. La reacción inmediata suele ser culpar a las redes sociales, a TikTok, a Instagram o al móvil, pero si queremos entender de verdad por qué tantos adolescentes, y no tan adolescentes, se enganchan a estos desafíos, hay que mirar un poco más allá.

La mayoría de los hijos e hijas no participan porque sean unos irresponsables, sino porque necesitan algo mucho más humano: sentirse aceptados, reconocidos y parte de un grupo. Cuando un adolescente siente que su valor depende del número de “likes”, de la aprobación externa o sencillamente de no quedarse fuera, cualquier reto puede parecer una oportunidad de ser tenido en cuenta. Por eso, el mejor control parental no siempre está en la contraseña del móvil, sino en la autoestima que ayudamos a construir en casa. No podemos controlar todo lo que ocurre en internet, pero sí podemos fortalecer la seguridad interior con la que nuestros hijos entran en él.
Decálogo para fortalecer la autoestima de nuestros hijos
No es lo mismo decir “esto está mal” que “eres un desastre”, la crítica debe dirigirse al comportamiento, no a la identidad.
Si solo premiamos resultados, enseñamos que solo vale quien triunfa. Reconocer la constancia, la responsabilidad y los pequeños logros genera sentimientos de valor.
Frases como “eso no es para tanto”. “déjate de tonterías” cierran puertas. Escuchar de verdad hace que el hijo se sienta importante y luego una vez que hayas escuchado, ya podrás ir metiendo información que ayude a tu hijo o hija a desarrollar un pensamiento crítico.
Comparar con hermanos, primos o compañeros genera inseguridad y malestar. Cada uno de nuestros hijos necesita ser reconocido por lo que es, y no por lo que le falta, o por lo que nos gustaría que tuviera.
Resolverles a los hijos continuamente sus problemas los hace más débiles, más inútiles. Aprender a esperar, a perder, equivocarse, todo esto también educa.
Tomar pequeñas decisiones fortalece la sensación de capacidad. La autoestima crece cuando sienten que pueden hacer cosas.
Las palabras que les decimos a nuestros hijos de manera repetida terminan convirtiéndose en creencias para ellos. Lo que se escucha en casa termina formando la voz interior, su pensamiento.
Acompañar no es espiar. Conocer sus redes, intereses y amistades digitales protege más que controlar a ciegas.
No sirve pedir a nuestros hijos que controlen el tiempo de uso de los móviles mientras los padres vivimos atrapados en el móvil. La autoridad moral empieza por el ejemplo, somos modelos.
Un hijo necesita saber que no tiene que ganarse el cariño. Sentirse querido incluso cuando falla es la base de una autoestima sana.
Los retos virales cambian de nombre cada cierto tiempo, sin embargo la necesidad adolescente de sentir que pertenecen a su grupo lleva siglos siendo la misma. No podemos evitar que el mundo les ponga pruebas, pero sí podemos ayudarles a no necesitar arriesgarse para sentirse valiosos. Y todo esto empieza mucho antes de que llegue el primer móvil. Empieza en casa.