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Israel J. Espino

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Sacasangres, estripaores, cortasebos y sacamantecas

Ilustración: Borja González Hoyos

Cortasebos, Sacamantecas, Estripaores, Sacasangres, Tios del Unto… Figuras acechantes en pueblos y parajes que marcaron la infancia de miles de extremeños. Sombras errantes, enemigos anónimos, asustaniños reales que mentaban los adultos ante el fuego, robainfantes nocturnos y diurnos, destripadores de criaturas que antaño campaban a sus anchas por estas tierras cometiendo crímenes que la mayoría de las veces quedaron impunes. Porque por terrible que parezca, ellos existieron…

Muchos perviven en la actualidad convertidos en seres mitológicos y en leyendas, como El Barquero del Colmillo, de Cheles, o  el Cortasebos”, también conocido como el “Tío del sebo.

En Montijo se afirma que se trata del fantasma de un agricultor estéril y traumatizado que nunca tuvo descendencia en vida. Ahora, en la muerte,  busca niños en casas ajenas. Sale de su escondrijo al dar las doce campanadas de medianoche, y se aparece como vestía en vida, como un campesino pobre y solitario. A los niños que logra apresar les saca la sangre y las mantecas.

El tiempo, ese gran disfrazador de realidades, ha convertido a muchos en leyenda, pero a poco que se indague en viejas hemerotecas, o que se pregunte a ancianos en pueblos perdidos, la figura deja de difuminarse y aparecen los nombres y apellidos de las víctimas. Y la causa de sus terribles muertes.

Todo comenzó con la tuberculosis, esa terrible enfermedad contagiosa que asoló pueblos enteros y se extendió por Extremadura como una plaga. Si peregrinas eran las formas de contagio que le achacaba el pueblo no lo eran menos  los supuestos remedios para curarla. La tisis, el mal malo, el mal de amores, no diferenciaba entre ricos y pobres. Pero los ricos creían conocer el remedio, aún a costa de la vida de otros. La solución ya se intuía en los pueblos: beber sangre curaba la tisis.

Afirma Domínguez Moreno por la Sierra de Gata los síntomas sanguinolentos desaparecen si se toma la sangre de un lobo que acaba de ser matado, cuando aún mana directamente de la herida. Y a falta de lobo buenos es el macho cabrío y  el toro. Toda Extremadura cree lo mismo. En Garrovillas de Alconetar, en el siglo XX las mujeres enfermas bebían sangre en caliente de animales recién sacrificados. Afirma Marcos de Sande que era frecuente ver en el Matadero Municipal jóvenes anémicas que iban con sus tazas a beber la sangre de los animales sacrificados para el consumo público. Todo un espectáculo.

Pero hay una sangre que sana por encima de todas: La sangre humana. Y sobre todo la sangre de los niños. Y siempre ha habido personas dispuestas a pagar cualquier precio por recuperar la salud.

Los sacasangres se desplazaban en extraños carros (Jimber)

En Mérida y Montijo aún se recuerda a Los Sacasangres, personas aparentemente normales, montadas en un extraño carro. Apresan a los viajeros que caminan solos y de noche para extraer su sangre, que es vendida después a enfermos adinerados aquejados por la tisis.

En Mérida, según indica el profesor Antonio Vas, se hablaba a los niños de los Sacamantecas, que despiezan a las criaturas como si se tratara de cerdos, para quitarles las mantecas, esos trozos de carne que se encuentran  alrededor de la parte inferior de la columna vertebral.

En Madroñera la investigadora Pilar Montero Curiel rescata testimonios que recuerdan la existencia de estos hombres, llamados “Estripaores”, que cortaban a los niños el cuello para extraerles la sangre y venderla a precio de oro a los tuberculosos.

Pero las leyendas no son cuentos, y todas tienen un pie en la realidad. El investigador Francisco Grajera cuenta como en  Fuente del Arco se afirmaba que la Cruz del Lobo, en la finca Cabeza García, se levantó en memoria de un zagal portugués asesinado allí, donde vivía con el resto de su familia a principios del siglo XX. El cadáver fue abandonado  junto a un majano y allí lo encontraron devorado por los lobos. En el pueblo corrió el rumor de que lo habían matado unos jornaleros con la intención de extraerle la sangre para sanar a un tuberculoso adinerado.

Grajera, ni corto ni perezoso, investigó en los archivos  y localizó el 6 de septiembre de 1921 un registro de defunción a nombre de Domingo Alfonso Cancela, natural de San Lorenzo Montesia, provincia de Omiño, de 15 años de edad, jornalero, fallecido el día  4 en la dehesa de Cabeza García a consecuencia de homicidio, y según el resultado de la autopsia, por un golpe en la cabeza. La hipótesis del asesinato se confirma. La leyenda se convierte en realidad.

El Pico de la Corderina, donde en 1920 destriparon a una niña para beberse su sangre (A. Briz)

Un año antes, en 1920, un crimen atroz sacudía España. Se le denominó “El crimen de la Corderina”. Los titulares de la época que he localizado, en dos diarios del momento, son explícitos. La Voz titulaba “Espantoso asesinato de una niña. Un desconocido mata a una niña para beber su sangre”. Mientras el ABC titulaba “Crimen horripilante”. No era para menos. En Las Hurdes, en el Pico de la Corderina, cerca de Cambroncino, unos desconocidos abrieron en canal a Francisca Sánchez, una pastorcilla de 12 años. Le sacaron las vísceras y se las llevaron, y le punzaron el cuello para extraerle la sangre. El terrorífico asesinato aún se recuerda en la zona con un escalofrío, pero este caso, en el que hemos encontrado testigos que lo conocieron, tiene un artículo para él sólo, digno de película. Otro día será.

 

 

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Una puerta abierta a nuestros mitos

Sobre el autor

Periodista especializada en antropología. Entre dioses y monstruos www.lavueltaalmundoen80mitos.com www.meridasecreta.com


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