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Encantadas de San Juan: La Velasca
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Israel J. Espino | 23-06-2017 | 11:09| 0

 

 

Borja Gonzalez ilustrador

Ilustración: Borja Gónzalez

Las aguas de la fuente de la Velasca, o de San Blasco (como se la llamó en tiempos remotos) fluyen a la vera de la cañada del Moro, a la búsqueda del arroyo del Buey, discurriendo por una vaguada cercana a la ermita que entonces llamaban de San Blas, y hoy de San Roque. Hay que salir por esta calle de Cabeza del Buey, cruzar la carretera y tomar un camino de tierra llamado “camino de la Velasca”. Unos metros antes de llegar a la depuradora, sale un pequeño sendero a la derecha que lleva directamente a la fuente encantada.

El lugar es solitario y algo mágico, especialmente cuando el sol comienza a descender y los oscuros nubarrones anuncian tormenta sobre la sierra del Pedregoso.

En esta fuente encantada, vive un mora maldita por su padre, mago iracundo, una mora cuya leyenda  el poeta Manuel José Quintana recoge en un romance de 1826, en el que cuenta como el pastor Silvio, pese a las advertencias que le hacen los más ancianos del lugar, permite que la noche lo sorprenda junto a la fuente. De repente, del pozo comienza a surgir una bruma, y de la bruma la figura tumbada de una bella agarena que con la media luna brillando en sus cabellos, dormita sobre una hermosa alfombra árabe digna de las Mil y Una Noches. A medida que la mora despierta de su largo sueño, su figura se torna cada vez más sólida y perfecta. La encantada le suplica al pastor que la salve, entregándose a ella en el pozo. Le ofrece riquezas, amor y placeres, y el pobre Silvio, obnubilado por esos ojos negros, se arroja a los brazos de la bella mora. Su grito y su chapoteo desesperado en las oscuras aguas del pozo son los últimos sonidos que se escuchan en el silencio de la noche…

La fuente de la Velasca (A. Briz)

La fuente de la Velasca (A. Briz)

Otras voces afirman que la bella muchacha es una joven musulmana a la que un rey cristiano hizo prisionera. Cuenta la leyenda con ribetes de cantamora y sirena que una noche de invierno, aprovechando la oscuridad y la ausencia de su dueño, se decide a escapar del castillo. Aterida de frío, vaga toda la noche.

Al amanecer, unos labradores de la zona comprueban que sus mulas se espantan cuando se acercaban a un pozo sin brocal. Acuden, atraídos por la curiosidad, y descubren unos hermosos vestidos de mujer flotando en sus aguas.

Desde aquel día cuentan que en las noches de San Juan se escucha un irresistible canto de mujer, que atrae la atención de los incautos que osan acercarse por la zona y los llama desde las aguas oscuras del pozo de la Velasca.  Y se afirma que pocos han sobrevivido para contarlo, porque atrapados y trastornados por el encanto de su voz y la belleza de su figura, se ven impulsados a lanzarse tras ella a la quietud de sus aguas.

Plaza de la fuente de Cabeza del Buey (A. Briz)

Plaza de la fuente de Cabeza del Buey (A. Briz)

A principios del siglo XIX nuestro querido  Publio Hurtado asciende a la mora Velasca a la categoría de reina, y le asigna una dedicación exclusiva: bordar unas babuchas para el profeta Mahoma,  pero con una labor tan minuciosa y delicada que tendrá tarea hasta el día del fin del mundo.

En Cabeza del Buey todavía se habla de la mora encantada, y algunas ancianas del pueblo, le contaron a Manuel Garrido Palacios cómo unos ladrones murieron del susto al ser testigos de la aparición de la encantada, y de como un gracioso que se dedicaba a hacerse pasar por la moracantana  para asustar a las mozas que iban a por agua,  terminó desapareciendo un día como por arte de magia. En el pueblo no dudaron ni por un momento que había sido la mora la que se lo había llevado…

Otra versión la cuenta el cronista oficial de Cabeza del buey , Vicente Serrano, quien  afirmaba que ni reina mora ni morita de a pie. Que las habitantes del Pozo son tres princesas hijas de un rey moro y de una cristiana prisionera, princesa también para más señas.

El abuelo cristiano de las niñas, rey castellano, enterado de su existencia, decide mandar a tres caballeros para rescatarlas de las garras musulmanas. Disfrazados de árabes, consiguen sacarlas de la fortaleza y huyen con ellas camino de Castilla. El amor no tarda en surgir entre las doncellas y los caballeros, pero el rey moro, enterado por sus astrólogos y magos del rapto de sus hijas, consigue darlos alcance justo al lado del pozo que nos ocupa. Viendo el rey lo felices que se encuentran sus hijas con los cristianos y su enconada oposición a volver al castillo, las arroja al pozo y las maldice :

– ¡Vivid en espíritu, tened esa fuente como cárcel, consumíos en deseos, mostraos sólo de noche y que quien os viere se espante, hasta que alguien predestinado os liberte del encanto y os saque de ella!

Cuentan que tras la Reconquista  apareció un antiguo pergamino contaba el secreto para deshacer la maldición de las tres princesas moras hechizadas en la fuente. Sólo se las puede desencantar tres amigos valientes que se acerquen a la fuente en la noche de San Juan, pronunciando, cada uno,  una de las frases mágicas que llevan implícito el nombre cristiano de las princesas:

 

-Ana, tu madre me manda.

-María, tu madre me envía.

-Inés, salid las tres.

 

Una última versión afirma que en una ocasión tres mozos llegaron a desencantarlas de esta manera, y que las princesas emergieron por ese orden de su cárcel acuática, y bailaron y danzaron bajo la luna y las estrellas, sobre el agua, como hacían , en ese mismo instantes, y a más de 30 leguas de distancia, las encantás de Montijo.

Pero cuentan que al ir a bautizarlas, desaparecieron en la nada.

Y con ellas, el hechizo de la fuente de la Velasca.

 

 

 

 

 

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El diablo anda suelto en Las Hurdes
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Israel J. Espino | 06-04-2017 | 20:33| 3

Ilustración: Borja González

 

Las Hurdes es una comarca mágica en las que los seres mitológicos, aún hoy, parecen  campar a sus anchas. Algunos, como el Macho Lanú, o las lamias, de los que ya hemos hablado en otra ocasión,  tienen una parte diabólica, aunque sea las patas o los cuernos, pero poca gente sabe que el mismo Diablo (o al menos su arquetipo)  sigue apareciéndose a los extremeños en los intricados valles de esta tierra legendaria.

No es nada nuevo. Ya en   1600 el carmelita Juan Nieremberg en su “Curiosa Philosophiae”, cuenta, refiriéndose a la comarca de las Hurdes,  que:

“Existe en este reino un áspero valle infestado de demonios, un lugar que los pastores creen habitado por salvajes, gente ni vista ni oída de lengua, de usos distintos a los nuestros, que andan desnudos y piensan ser solos en la Tierra. Algún testigo declaró haberles oído voces góticas y otras imposibles de entender.”

De hecho, en las crónicas carmelitanas se han conservado casos de ermitaños luchando con el demonio, y el cronista Padre José de Santa Teresa cuenta el ataque del demonio a un ermitaño.

Hasta México llegaron noticias de la obra del maligno contra los ermitaños de las Batuecas. El carmelita Juan de Jesús María Robles, cuenta en su “Guía Interior”, escrita hacia 1636, algunos casos de obsesión demoniaca en el desierto de las Batuecas desconocidos para los cronistas españoles.

 Y lo espectacular es que el Diablo se sigue apareciendo. En 2013, investigando en Las Hurdes, Luis Guerrero, de Casares, me contaba como su amigo el Tío Juanito venía de Asegur y se sentó, cansado como estaba, en el límite de los pueblos, sobre un guijarro. Encendió el yesquero, prendió el cigarro y de pronto “se le aparece al lado un tío negro, silencioso”. El Tío Juanito lo mira y comprende inmediatamente que no es de este mundo. Arroja al suelo el cigarro recién encendido, y echa a correr hacia el pueblo mientras un estruendo atrona el valle. Sus gritos resuenan en las escarpadas rocas:

 

–       ¡Cabrón!… Es el diabloooo!!!!

La Tía Clementina llegó a ver a dos diablos en una noche (Angel Briz)

 La tía Clementina también me contó, al día siguiente, como ella se encontró no con uno, sino con dos diablos en el valle de Aceitunilla. Negros como la pez, con dos cuernos enormes y ojos como ascuas encendidas. Ella se encomendó a la virgen y a todos los santos y pudo pasar entre ellos. Ahora, a sus casi cien años, asegura convencida que de no haberlo hecho ahora estaría muerta.

Su marido había muerto y Clementina volvía con su hermano Evaristo de Hervás. Era ya la una de la noche. Al llegar a Nuñomoral su hermano le ofreció colchón en su casa, pero Clementina, teniendo a los hijos pequeños durmiendosolos en Aceitunilla, y temiendo que se quemasen porque dormían al lado de la lumbre, decidió subir a pesar de las horas.

Según se sale del pueblo, en el barrio de la Loba, ve en un lombo unas “hogueras de lumbre” en un trozo de olivo.  Clementina me mira a los ojos y recuerda:

– “Llegando a la curva me entraron unos escalofríos por el cuerpo…y me decía el pensamiento: Rece usted el Padrenuestro y la Salve y acuérdese usted de la Virgen de la Peña y del Dios del Cielo, porque la matan esta noche”.

La mujer llevaba una bolsa de ajos en las manos, y en el valle vio “dos hombres, uno a cada lado, con dos cuernos enormes, negros cono la pez… aquello no era cosa buena. Se veían cuatro ojos grandes, y yo decía, ¡Dios mío! ¿Cómo pasaré yo por allí?…”

Clementina rememora y menea la cabeza, como si todavía se estuviese enfrentando a ese dilema:

–           “Yo pase temblando con los ajos en la mano, y cuando pase y llegue a la prensa se me podía torcer la ropa, y salía sudor como si hubiese salido de un charco… Ahí no hay cosa buena, en ese valle…”.

La carretera hacia Aceitunilla, escenario de numerosos encuentros (A. Briz)

Pero no solo Clementina vio al Diablo. Su cuñado Borrajera también lo vio. Fue a hacer carbón y en la Sierra, en la Bodoya, cuando escuchó unos lamentos o ruidos. Sin pensarlo, contestó a las voces. De pronto, un estruendo que iba destrozando las jaras avanzó raudo hasta el. Y apareció un hombre alto, negro como la pez y con dos cuernos, que comenzó a tirarle encima las cepas y el carbón que llevaba. Su cuñado se tapó con el pan que llevaba, y no se atrevió asomar la cabeza hasta que aclaro el día. “El diablo le dijo que no volviese nunca mas a hacerle burlas, y que se libraba porque venía el día”, me contaba Clementina. Su cuñado, al volver, pálido y demudado, contó la historia, enfermó y al poco tiempo murió.

El Tío Cristino de El Gasco también recordaba como a un vecino suyo se le apareció el demonio en una carbonera. Era muy negro y tenía las uñas largas, y no se fue de su lado hasta que amaneció.

El marido de Araceli también se encontró con el diablo (Israel J. Espino)

Son numerosos los encuentros con el demonio en las abruptas y bellas tierras de Las Hurdes. Araceli A. , de Asegur, me confirmaba que había habido muchas personas que habían visto a ese extraño ser. Incluso su marido, cuando venía de enterrar a un hijo suyo, se había encontrado en la carretera de Aceitunilla con luces misteriosas y con “con un tío negro como la pez”. Ella tiene claro que hay momentos en los que es mejor no recorrer los caminos:

–        “Y es que hay horas malas en el día y horas malas en la noche, sabe usted…”

 

 

Asiento con la cabeza ante su sabiduría popular, sin saber realmente cuales son las horas buenas, aunque intuyo las malas…

 Y es que los hurdanos, repletos de sapiencias ancestrales, saben más por viejos que por diablos. Mucho más.

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Santa Lucía del Trampal, el santuario celta de la diosa Ataecina
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Israel J. Espino | 12-02-2017 | 18:58| 0

Pocos lugares hay en  España que derrochen tanta magia como el enclave en el que se levanta la basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal, sacralizado desde antiguo a las diosas del inframundo.

Adaegina o Ataecina era una diosa infernal adorada por los antiguos íberos, lusitanos, y celtíberos, una de las deidades ibéricas más importantes. Era la diosa del renacer, la fertilidad, la naturaleza, la luna y la curación, a la vez una diosa madre de la muerte y de la regeneración, del renacimiento y de la vuelta a la vida, diosa telúrica relacionada con el mundo subterráneo o infernal, cuyos poderes curativos y fértiles se manifiestan a través de las aguas subterráneas de determinadas fuentes o manantiales de orígenes profundos.

En Extremadura, región con grandes influencias célticas, existen numerosos lugares donde está clara esta vinculación de Adaegina o Ataecina con el agua de determinadas fuentes a las que se han atribuido desde entonces ciertas propiedades sanadoras o de la fertilidad.

 El lugar dónde se han encontrado el mayor número de dedicatorias a esta diosa céltica (medio centenar) es en los muros, suelos y alrededores inmediatos de la ermita visigoda de Santa Lucía del Trampal, cercana a la localidad cacereña de Alcuéscar, evidentemente levantada en el mismo lugar donde existió un antiguo santuario dedicado a la Dea Sancta Adaegina,  un lugar sagrado que posteriormente fue cristianizado en el siglo VI d. C.

Muchos santuarios indígenas se situaban en enclaves naturales de especial belleza, como este, que pudo haber sido un santuario a cielo abierto, en plena dehesa, limitado tan solo por una cerca de piedra que lo rodeaba.

Exvoto a Ataecina (Angel Briz)

Allí se colocaban las aras, sencillos altares de piedras con un texto grabado, con la figurita de una cabra sobre ellas, símbolo de la diosa, y a sus pies era sacrificado el animal para ser después consumido durante la fiesta religiosa. La cabra, exvoto a esta diosa prerromana y telúrica, se ha encontrado en otros parajes extremeños tan mágicos como Los Barruecos.

Posible ara celta en Santa Lucía del Trampal (Angel Briz)

Una de estas aras se encuentra en la actualidad en una de las paredes exteriores de Santa Lucía, formando parte del santuario cristiano, evidenciando el sincretismo de creencias que tanto abunda en estas tierras.

No es casualidad que por encima de la ermita visigoda de “El Trampal” aflore un caudaloso manantial de aguas termominerales, al que acuden muchas personas de la comarca para llevársela, convencidos de sus poderes curativos y sanadores, y que según cuentan los lugareños, antiguamente servía al pantano de Proserpina, en Mérida. Y Proserpina, nada casualmente,era el nombre romano de la diosa  Ataecina, a la que se veneraba en el Trampal.

Basílica visigoda de Santa Lucía del Trampal (Angel Briz)

Sin saberse aún el porqué, el monasterio fue abandonado en torno al año 850, tal vez debido a una conversión general al islamismo, ya que se relaciona con este momento un hallazgo de difícil explicación: una sepultura de rito islámico en el crucero de la iglesia.

Abandonado el monasterio se inició la ruina de su iglesia, permaneciendo olvidada durante cuatrocientos años. Tras la reconquista del territorio en el año 1230 todavía pasó siglo y medio hasta que, en época gótica, un nuevo monasterio recuperó la explotación agrícola y recuperó la iglesia. Se repusieron en granito las columnas del crucero, se cubrió la nave con una armadura sobre nuevos arcos y se construyó una capilla funeraria.

El proceso definitivo de ruina de Santa Lucía del Trampal procede, siglos después con la desamortización de Mendizábal, de tal manera que a mediados del siglo XX el único empleo del edificio era el de establo y choza para refugio de campesinos.

Hasta los años ochenta del siglo XX esta iglesia, derrumbada y oculta, había pasado casi completamente desapercibida como una ruina que yacía en un valle rodeada de vegetación. Sin embargo, aunque abandonada, no era desconocida, puesto que hace décadas se hacían romerías desde el pueblo.

Y es que la memoria popular no olvida tan fácilmente a sus dioses.

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Los fuegos mágicos de navidad: tueros, gamonas y jogarás
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Israel J. Espino | 23-12-2016 | 19:53| 0

 

Ilustración: Borja González Hoyos

El fuego ha marcado siempre la relación del nombre con la magia. El solsticio de verano y el solsticio de invierno son los dos puntos críticos en el camino aparente del sol por el cielo, y desde el punto de vista del hombre primitivo, nada podía ser más apropiado que encender fuegos en la tierra en estos momentos, cuando el fuego y el calor de la gran luminaria empieza en los ciclos a menguar o crecer.

En la Extremadura moderna, el antiguo festival ígneo del solsticio de invierno ha sobrevivido en las vieja costumbres del tuero, las gamonas o las jogarás.

El tío Francisco Dominguez, “El de la Gaita” recordaba ante el etnólogo Félix Barroso como en la alquería hurdana de La Fragosa hacía una gran hoguera en la nochebuena: La jogará. La hoguera era para calentar a los antepasados. Se iba por la tarde a la sierra y se traían matas y cepas de brezo y plantas olorosas. Por cada difunto que hubiera en el último año entre los parientes había que traer un haz.  La hoguera era muy grande, que las llamas subían hasta el cielo, y allí, alrededor de la lumbre, se hacía la rueda y se comía y se bebía, y se cantaba y se bailaba alrededor de la hoguera.

No es difícil ver en este baile circular alrededor del fuego la danza ancestral que reproduce las maravillas cíclicas y cósmicas, especialmente en el solsticio de invierno, cuando el sol necesita impulso para volver a crecer, cuando por fin se espantan las sombras, cuando comienza el fin de la estación oscura céltica, cuando la luz del Sol Invictus comienza a ganar su partida a las sombras del invierno.

Tío Goyo Iglesias Pizarro, tamborilero del pueblo de Cambroncino, relataba a Barroso  cómo ellos tenían claro que “la jogará” es la que le da vida al sol, que en el invierno no tiene fuerza,

“y pol esu moh  agarrábamuh de lah mánuh y jaíamuh cumu un corondel alreol de la lumbre, cumu si juesi un sol y le jarreábaumuh güénuh vardahcázuh al monti”.

A las hogueras, entre baile y baile, las atizaban para que saltasen chispas y humo. Mas tarde, con la cristianización, la creencia de de que el calor desprendido servía para calentar a los antepasados convive en un claro sincretismo con la que afirma que era para calentar “al niño Dios”.

Los bailes en torno a las hogueras, antiguos rituales (Angel Briz)

Para Barroso, hasta es posible que la “jogará” “acotara un espacio que pasaba a ser sacralizado, con el fin de conjurarlo y quedarlo libre, en el venidero año, de alimañas, brujas y otros seres maléficos”.

Y que estas hogueras de Navidad, a las que se les atribuyen propiedades mágicas, purificadoras, curativas y fertilizadoras también están muy extendidas por tierras extremeñas.

Son muchas las localidades extremeñas que celebran el ciclo navideño encendiendo hogueras, y en torno a ellas se cantan villancicos y canciones navideñas, se come y se bebe. La lista de localidades en las que se encienden candelas, hogueras, “jogarás” (en las Hurdes) o luminarias se haría amplísima. Algunas de ellas son: Tamurejo, Aldeacentenera, Sierra de Fuentes,  Herrera de Alcántara, Cedillo, Albalá, Herrera del Duque, Villanueva del Fresno, Cheles, Alconchel, Peloche, Fuenlabrada de los Montes, Helechosa, Valdecaballeros…

Las gamonas o antorchas iluminan las noches mágicas (Angel Briz)

Los vecinos de   Villanueva del Fresno, días antes de Navidad recogen varas secas, las conocidas “gamonas”, que la noche del 24 prenderán en sus calles y en una gran hoguera central que se mantendrá encendida toda la noche de Nochebuena y el día de Navidad.

En Azuaga se llaman “gamones”, y siguiendo una larga tradición, en la noche del 24 de diciembre las hogueras iluminan multitud de calles a cuyo regocijo se reúne la vecindad. Al son de panderetas, zambombas, cánticos y villancicos, los más jóvenes encienden sus “hachas de gamones”, antorchas cuya lumbre y olor ofrecen más calor a la noche.

La encina, nuestro árbol sagrado, tenía que tener protagonismo en estos rituales solsticiales. En Albalá son “los quintos” los que “arrancan las encinas”en otoño, cuando desaparece la bellota, seleccionando las más antiguas, que se llevaran al llano de las escuelas, donde esperarán para a ser prendidas por el fuego purificador el día 24 de diciembre.

Al atardecer, congregado todo el pueblo en el lugar, se procede a la encendida de la Hoguera por los quintos con gran alborozo. Ha empezado la Nochebuena. La hoguera permanecerá prendida hasta que quede consumida por el fuego el último tizón de la más gorda de las encinas.

Lo mismo ocurre en Aldea del Cano, donde se festeja “El tuero”, una encina grande y seca que los quintos de cada año eligen por su belleza y la trasladan al pueblo para ser quemada en la noche del 24 de diciembre, en la “Nochebuena”.

En otros lugares de la cristiandad moderna, el antiguo festival ígnico del solsticio de invierno ha sobrevivido en los hogares extremeños de puertas para dentro en la vieja costumbre del leño de navidad.

Antiguamente en muchos municipios cacereños se encendía el día 24 de diciembre el llamado “leño de Navidad” en el que se cocinaba la cena de esa noche. Según señalan Heliodoro Alvarez y Antonio Paniagua, tras la “Misa del gallo” era apagado y ese leño se guardaba pues conservaba las propiedades de protección y sanación. Así, por ejemplo, los tizones procedentes del leño se arrojaban a los sembrados para que dieran una buena cosecha.

La costumbre, dese luego, no es exclusiva de Extremadura, y estaba extendida por Europa, donde como recoge el antropólogo Sir James Frazer se creía que el tizón  que se pone el fuego la víspera de Navidad y continúa poniéndose en el fuego un rato cada día hasta la noche duodécima, puede, si se guarda bajo la cama, proteger la casa del incendio y del rayo durante un año entero. El mismo tizón evita a los habitantes de la casa tener sabañones en los talones durante el invierno, cura al ganado de muchas enfermedades y, por si fuera poco, si se deja un trozo de ese leño en el bebedero de las vacas, las ayudará a tener terneras. Y hasta las cenizas del leño son mágicas, ya que si son desparramadas por los sembrados, salvarán al trigo del añublo.

En Inglaterra, además, el lugar donde se guardaba estaba protegido del demonio, lo que no era moco de pavo en aquellos tiempos en los que el diablo acechaba en cada esquina.

Con todas estas cualidades, no sé cómo estamos perdiendo las sanas costumbres de empuñar hachas ardientes por las calles, bailar en círculo a la luz de las hogueras y cocinar en fuego sagrado.

Luego nos quejamos de que nos va como nos va.

 

 

 

 

 

 

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Santa Eulalia, entre Diosas Antiguas y Damas Blancas
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Israel J. Espino | 09-12-2016 | 18:38| 0

Fue el gran  escritor e investigador Jesús Callejo quien , en una visita a Mérida, me llamó la atención sobre la conexión entre Santa Eulalia y la diosa Cibeles. “Busca las aves” – me dijo misteriosamente… Y allí estaban!

Cibeles es la reina de las aves y Santa Eulalia, como heredera suya, no podía ser menos. En el atrio de Santa Eulalia de Bóveda, en Lugo,  podemos ver dos aves zancudas similares a un avestruz que hacen referencia Cibeles-Rhea, que era representada por un avestruz, el ave conocida de mayor tamaño en la antigüedad. De hecho, estas especies de aves reciben en la actualidad el nombre científico de “rhea”. Y si Cibeles-Rhea es la reina de las aves, los cantos proféticos de las aves nos dan vaticinios en sus santuarios.

En la bóveda de la cripta se encuentra un conjunto mural que representa a las sibilas en forma de aves, entre motivos vegetales estilizados que representan el  pino, árbol sagrado de Attis, semidios del que ya hablamos en otra ocasión .

Eulalia, más que nombre, es un apodo: “La que bien habla”, característica determinante de las Sibilas.Dice la tradición que al morir la santa, salió de su boca una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo. La Santa, que por esa razón es patrona de las aves, ofrecía sus consejos a los demás; lo que enlaza con la imagen pagana de las sibilas.

Santa Eulalia, mártir y diosa (Jimber)

Así, y según afirma el arquitecto Carlos Sanchez Montaña el cristianismo adoptó entre sus creencias a los personajes de las sibilas, presentes en la Biblia, y Santa Eulalia permitió con su leyenda una fácil cristianización de los lugares donde se les rendía culto.

Santa Eulalia también es patrona de Barcelona, y se la venera en la Catedral de la ciudad, donde las aves no aparecen dibujadas ni esculpidas, sino que están vías y coleando, y las ocas, faisanes, codornices y palomas son cuidadas por los sacerdotes y cantan aun hoy sus augurios cada día.

Y para el que quiera verlo más de cerca, solo tiene que acercarse a la puerta menor de Santa Eulalia de Mérida y fijarse en el ornato del dintel: ¡Pájaros esculpidos en la piedra!

Las aves de Santa Eulalia de Mérida (Angel Briz)

Otro detalle: los taurobolium, los sangrientos rituales de toros sacrificados dedicados a  Cibeles que se celebraban en Santa Eulalia de de Bóveda y que el arqueólogo Francisco Javier Heras Moras ha descubierto al lado del templo de Santa Eulalia de Mérida, en el conocido como “Corralón de los Blanes”, decorado, como no, con aves…

“… Un manantial de sangre caliente y humeante desemboca en la estructura inferior a través de infinidad de aberturas por el suelo, como una lluvia de sangre que el sacerdote recibe, dirigiendo su indigno rostro hacia arriba, ensuciando su ropa y todo su cuerpo. Pone sus mejillas en el camino de la sangre, las orejas y los labios, y sus fosas nasales, se lava sus ojos con el líquido,[…] hasta que realmente bebe la sangre que se derrama…

Así describía Prudencio en el siglo IV d.C el  Taurobolium, un sacrificio realizado por los galli, los sacerdotes que atendían los templos de Cibeles. Muchos de ellos eran eunucos, y en algunos casos practicaban la autocastración en una representación real del mito de Cibeles y su amante Atis.

Pero lleguemos a la leyenda cristiana y recordemos que siendo Eulalia una niña de casi trece años, se presentó ingenuamente a las autoridades de Mérida para declararse como cristiana, después de haberse escapado de noche de la casa de campo donde su familia la tenía alejada del peligro de la persecución. Tuvo un comportamiento provocador durante el proceso ante el tribunal y fue martirizada trece veces con hierros y fuego, en el que no faltó el plomo derretido y el aceite hirviendo.

Y es que, según afirma el investigador Juan García Atienza, Santa Eulalia es uno de esos santos que se convirtieron a lo largo de la historia en símbolos casi abstractos de un camino de iniciación. A santa Eulalia le aplicaron prueba tras prueba como se le aplica al neófito en la iniciación,  y de todas salió victoriosa, sin gritos ni quejas, es decir, que supero las pruebas a las que fue sometida incluso muchas de ellas de tipo faquírico, como las llamas que la envolvían y que la santa absorbió saliendo a continuación de su boca una paloma simbolizando su alma,  que voló al cielo. Y hasta se da el caso  de que el cielo envía una señal certificando su santidad, como la célebre nevada que cubrió su cuerpo y apagó, después de su muerte, el efecto de las llamas que la habían quemado.

Otra tradición, más popular y oral, afirma que al ser desnudada una extraña niebla cubrió la ciudad para que nadie pudiera verla. Esta repentina niebla, que suele repetirse todos los años cerca del aniversario de su muerte (el 10 de diciembre) recibe el nombre, aún hoy, de “Nieblas de la Mártir”.

Algunos estudiosos como el profesor Eloy Martos han considerado a Santa Eulalia como un prototipo de Dama Blanca, pues con su culto se particularizó y reavivó este arquetipo que nunca había dejado de rondar por la zona.

Así, el martirio del horno al que fue sometido la joven cristiana se asimilaría al papel de la diosa lusitana Ataecina, cuyo nombre sería de la misma raíz gaélica “odyn”, “horno”, de modo que el horno encendido, el fuego, el aceite hirviendo, el plomo derretido o la cal viva serían símbolos telúricos y ctónicos.

Afirman que probablemente algo tuvo que ver con el culto eulaliense la influencia que en la cuenca media e inferior del Guadiana tuvo la diosa lusitana Ategina (o Ataecina) y su equivalente romano, Proserpina, representada también con un ramo, en asociación igualmente con lo nocturno y lo funerario, resultando, pues, significativo que Santa Eulalia aparezca como un numen asociado a los agrario y a lo funerario.

La diosa Proserpina, por su parte, tiene un lago dedicado a escasos kilómetros de Mérida, un lago en el que se han encontrado maldiciones romanas grabadas en piedra y del que se pensaba que constituía una entrada al otro mundo.

Un mundo legendario en el que el pasado y el presente se hayan entrelazados por los hilos de la mitología.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las insaciables cabras tragonas, devoradoras de carne humana
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Israel J. Espino | 23-11-2016 | 15:27| 0

Algún día hablaremos de los  bandoleros que atacaban sin piedad determinadas serranías extremeñas, y ya hemos habaldo de la Serrana de Monfragüe y de cómo en Torrejón el Rubio, se muestra el abandonado lugar de La Corchuela , un caserío que parece despoblarse a consecuencia de los numerosos asaltos que sufre, ya que no en vano tiene “a sus inmediaciones un puerto, que lleva su mismo nombre, muy trabajoso para la arriería por su mal estado, y muy temible por ser frecuentado de ladrones”.

Pero según afirma el historiador y folclorista Jose María Dominguez Moreno, para los habitantes de la zona  no son los continuos atracos los que consiguen la huida de sus habitantes, sino las frecuentes desapariciones de niñas, que casi siempre son halladas muertas y desorejadas.  Estos terribles crímenes se achacan a un ser terrorífico con forma de descomunal macho cabrío que echa llamas por los ojos y que por las noches asoma a los riscales para cantar con tenebrosa voz:

Yo soy la cabra cabracha

yo soy la cabra cabreja,

que voy buscando muchachas

pa comerle las orejas .

La cabra cabracha y la cabra cabreja se comen a las niñas por las orejas (foto Jimber)

Esta temible cabra tiene sin duda alguna la forma de otros seres de los que ya hemos hablado: El Macho lanú, y las cabras demoníacas, aunque sus palabras lo aproximen a otro ser extremeño menos legendario y más folclórico: La cabra Montesina.

Esta cabra Montesina pertenece ya de lleno al mundo de los cuentos, y según afirman algunos autores como Manuel Martín Sanchez, en Extremadura es una especie de ogresa  cuyo canto es :

Yo soy la cabra Montesina

Del monte Montepiná

Er que pase de esa raya

Me lo trago de un tragá

¡Bieeeeaaa!

Según otras versiones, la voraz cabra   vive oculta en “el doblao” y desde allí va devorando a todo el que osa acercarse, aunque le queda la decencia de avisar antes:

Soy la cabra Montesina

que vivo en Montepelao

y al que pase de mi raya

 me lo como de un bocao.

Buen estómago tenían que tener las cabras des estas tierras, porque se zampan a toda la familia, a un pastor y hasta a una pareja de la Guardia Civil antes de que pueda vencerla una hormiga a base de cosquillas.

La cornicabra antropófaga (Jimber)

A otra del mismo rebaño antropófago debía pertenecer la Cornicabra, cuya historia recoge el folclorista  Juan Rodríguez Pastor. Se trata de otra cabra que se cuela en una casa y que, como sus hermanas, avisa antes en verso de sus malvadas intenciones:

Soy la cabra cornicabra,

corremonte, correvalle,

papaniños, papafrailes;

si tú vienes pacá,

también te voy a papá.

A esta no se la carga una hormiga, sino que la señora de la casa y su hija, por recomendación de una vecina, llaman a un tal Penenino (bonito nombre) que gasta una porra descomunal (sin comentarios) con la que se carga a la cabra asesina golpeándola en la cabeza. Y por si los símiles fálicos no estuvieran bastante claros, destacan que con la cabra hicieron chorizos.

Normal que con este final todos vivieran felices.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los Alumbrados: Sexo, hostias y posesión
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Israel J. Espino | 07-11-2016 | 21:05| 0

A finales del siglo XVI y principios del  XVII se extendió por Extremadura una corriente religiosa a cuyos adeptos se les llamó “Alumbrados”. Aunque esta herejía católica había hecho su aparición en Castilla  alcanzó aquí un gran éxito de público, aunque no de crítica, ya que  la Inquisición la persiguió con ahínco, salpimentando los juicios del temido Tribunal de Llerena entre 1573 y 1582.

La Santa Inquisición les acusó de herejes porque sus doctrinas atacaban postulados católicos fundamentales, pero también porque practicaban una gran promiscuidad sexual con la estupenda excusa de que el Mesías habría de nacer de la relación entre uno de sus clérigos y una doncella. Otro de sus preceptos era que a Dios se llegaba a través del goce carnal, por lo que no es extraño que le creciesen los seguidores (y las seguidoras) como setas tras lluvia de otoño.

Los motivos de la expansión de esta secta por la Baja Extremadura son variados, pero seguramente tenga algo que ver la escasez de varones que dejó la emigración a América, la represión sexual de la mujer, el excesivo número de clérigos (la mayor parte de ellos nada ejemplares,  sin vocación y oportunistas, como acertadamente señala Manuel Maldonado) y la omnipresencia del clero en todos los aspectos de la vida rural. Pero para la iglesia, precisamente, la explicación era mucho más simple: Todo era obre de Satanás, el eterno Enemigo.

De hecho, el fraile extremeño y principal perseguidor de los Alumbrados, fray Alonso de la Fuente, afirma en cierto memorial que los jefes de la secta, más que miembros de la Iglesia son:

“grandes hechiceros y magos (…) se aprovechan de la magia para alcanzar las mujeres y aprovecharse de sus cuerpos, para el cual efecto les ayuda el demonio grandemente, el cual viene a las mujeres y las enciende terriblemente en deseos de carne con tan grande opresión, que las hace ir rabiando a sus maestros a pedir la medicina de aquellas grandes tentaciones porque ninguna otra persona puede remediarlas. Y los dichos maestros aplican el remedio natural tratando con las tentadas deshonestamente, y dándoles a entender que no es pecado, porque aquellas obras carnales llaman regalos de gente espiritual, y que haciendo aquellas cosas con necesidad espiritual no es ofensa de Dios”.

           Este mismo fray Alonso cuenta que tuvo su primero encuentro con esta secta a finales de 1570 en su pueblo natal, Fuente del Maestre. En esta villa habría de sucederle un evento que el propio fraile califica como obra evidente de Satanás. El suceso, recogido por García Gutierrez en su obra, lo relata vivamente el dominico:

Habiendo, pues, yo predicado, esta mujer se halló presente al sermón  (…) y luego que yo me bajé del púlpito, se levantó disimuladamente de su lugar y, llegándose al lugar de la predicación, arremetió de golpe y fue corriendo por la escalera del púlpito, y en un instante se puso en los alto; en lo cual se vio una obra evidente de Satanás, que, siendo la escalera del púlpito esperísima y que tenía quebrado un escalón, y muy alta, la subió con tanta velocidad y ligereza como si fuera un gato; y fue cosa certerísima que de tres mil ánimas que había en el templo ninguno pudo entender cómo subiese a lo alto tan ligeramente si no fue ayudándola el demonio (…) y queriendo proceder adelante con su desatino, no le dieron lugar, porque luego la Justicia arremetió contra ella para derribarla  de lo alto, y ella se defendía asida a las verjas del púlpito; y estuvo tan fuerte y poderosa para resistir a la Justicia, que fue necesario, según entendí, que la asiesen de partes vergonzosas para hacerla bajar, y de esta manera se dejó vencer; y luego la bajaron muy deshonestamente, descubiertas sus carnes y las piernas arriba y la cabeza abajo, con grande ignominia de su persona”.

 La protagonista de esta historia, más parecida a un película de posesiones que a un suceso rural, es Mari Sánchez, la más violenta y enardecida de todos los alumbrados extremeños, hasta el punto  que llega a estrangular a una compañera de secta, Inés Alonso, cuando ambas están ya presas en las mazmorras inquisitoriales. Afirma que ve a los muertos y que es atacada de tormentos y de rabia, y da grandes gritos y alaridos retorciéndose en la cama cuando no colma el hambre de eucaristía. Y  es que tanto Mari como sus compañeras morían y mataban por una buena hostia (consagrada, eso sí).

No es extraño si descubrimos que las beatas, según recoge Víctor Chamorro, al comulgar experimentan un amor sensible tan poderoso

“que no hay ardor en el mundo que tanto inmute corporalmente y crecen tanto estos ardores que las matan de amores y las revuelven en pasiones del sentido por un modo sabrosísimo que sabe la serpiente antigua. Aquí se descubre un misterio que de las rameras y mujeres infames se hacen contemplativas…”.

Estas sensaciones son tan poderosas e “inflaman tanto a las mujeres que se les hinchan algunas de ellas su natura, y andan como perras”. Entonces el Demonio “les lleva la mano a su natura y les hace venir en mil torpezas”.

 Al entrar el Demonio en el cuerpo de las Alumbradas estas sufren un calor sensible y material que las “enciende la carne, tanto que a veces escupe conchas en el rostro y en aquellas partes donde da”. Los lugares que reciben este calor son el corazón, el pecho, la espalda y el brazo izquierdo. Y tanto es el calor que sienten que a veces, si no está a mano su confesor, se tienen que aliviar entre ellas, por lo que “desnudas, en la cama, en tanta manera que se abrazan y besan y meten la lengua en la boca y juntando las partes vergonzosas vienen a tener poluciones”.

Las alumbradas se unían carnalmente a Cristo... o eso creían (Jimber)

Para el anonadado Fray Alonso está claro que es el demonio quien, adoptando la forma de Cristo crucificado, con sangre en las llagas y el costado, se acerca a ellas y

“…las posee carnalmente de forma abominable, y después de consumar los actos libidinosos las deja hambrientas y encendidas en deseos carnales como un fuego de Babilonia.”

Este ardor “como fuego de Babilonia” que hace siglos asombró al pobre Fray Alonso también nos sorprende a nosotros hoy, sobre todo cuando descubrimos que algunas mujeres no soportaron tales éxtasis y encontraron la muerte en estas orgías místico-eróticas. Suponemos que aunque no muriesen en gracia, al menos lo harían sonriendo.

 

 

 

 

 

 

 

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Exorcistas extremeños del Siglo de Oro
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Israel J. Espino | 19-06-2016 | 16:12| 0

El diablo ha campado a sus anchas en Extremadura desde que empezamos a creer en él. Y aunque podía haberse metido en el cuerpo de cualquier aristócrata, noble u obispazo, le tuvo querencia al pueblo llano y, no pocas veces se introdujo en los pobres cuerpos enjutos y hambrientos de labriegos y pastores y de piadosas mujeres.

Los síntomas de posesión eran, como ahora, unas veces más claros que otros, aunque una vez poseído el cuerpo, según el “Compendium Maleficarum”, publicado en 1608,

“si el demonio se encuentra en la garganta, se siente tan oprimido que parece estrangulado. Si se encuentra en las partes más nobles del cuerpo, como el corazón o los pulmones, produce jadeos, palpitaciones y síncopes. Si está cerca del estómago, produce hipo y vómitos, de modo que no puede tomar alimentos o no puede retenerlos. Y también hace que una especie de bolita pase por el ano, con rugidos y otros ruidos discordantes, y produce gases y calambres en el abdomen. A veces se les distingue por ciertos vapores de azufre u otros gases de olor penetrante”.

Afortunadamente, donde está el diablo no falta un exorcista, y ya el insigne Pedro Ciruelo comenta en su obra “Reprobaciones de las supersticiones y hechicerías” que durante el siglo XVI abundaban, entre otra fauna extraña, los sacadores de espíritus, exorcistas legos, que

«…con ciertos conjuros de palabras ignotas y otras ceremonias de yerbas y sahumerios de muy malos olores, fingen que hacen fuerza al diablo y lo compelen a salir, gastando mucho tiempo en demandas y respuestas con él, a modo de pleito o juicio».

Una de ellas fue la viuda Leonor Martín, alias “La Canita”, vecina de Valencia de Alcántara, donde era tomada por cristiana vieja y buena, lo que no fue impedimento para que la acusaran de conocer la oración de las palabras retornadas, un remedio que según ella le había enseñado el propio demonio, hablando por boca de un poseído. El mismo diablo, según recoge de los archivos el investigador Fermín Mayorga, le dio el remedio a sus malas artes, ya que le contó que pronunciando las palabras de esta oración, saldría el maligno del cuerpo de poseso.

Otro exorcistas sí estaban ordenados por la iglesia, como Juan Enríquez Guzmán, religioso de la Orden de Santiago y cura párroco de la iglesia de Santa María de Mérida, que por la misma época lanza demonios y al que se le atribuyen grandes virtudes sobrehumanas para los exorcismos.

Apenas un siglo más tarde, en el XVII, y según se puede leer en unos legajos manuscritos del teósofo extremeño Mario Roso de Luna, una jovencita de su pueblo, Logrosán, descubre otras poderosas palabras para expulsar al maligno de los cuerpos humanos. Esta joven (ahora injustamente olvidada), que ingresó monja con el nombre de Sor Mariana de Cristo, tenía el poder de ver a los demonios (que debían de ser pequeños, porque a veces los veía incluso mezclados con las gallinas del convento) y estos le habían descubierto unas “palabras mágicas” que hacían que los seres del infierno se convirtiesen en humo y desapareciesen. Pero el gran Enemigo, que evidentemente no estaba muy contento con el desliz de su tropa, había logrado con sus malas e ignotas artes que la monja las olvidase.

Ni las monjas se libraban del maldito demonio...

Exhortada por su confesor a que las rememorase costase lo que costase, Sor Mariana entró en trance y recordó una por una las palabras para defenderse del poder de las tinieblas del infierno, y triunfante, se las transmitió a su confesor:

–       ¡El divino e increado entendimiento que os crió, os confunda!

El mismo confesor, que es el que nos cuenta los milagros y virtudes de la monja de Logrosán (que terminó siendo priora), aseguraba en sus escritos que tras conocer estas palabras, las había utilizado a menudo y con mucho éxito contra el demonio.

Aunque fue la propia Mariana la que, aprovechando su facultad para ver demonios los exorcizaba, aunque a veces fuese necesario engañar al poseído, como tuvo que hacer una señora del pueblo llamada María, a la que veía asistir a la iglesia “con una gran multitud de enemigos” .

Con engaños, y gracias a la complicidad de una criada, consiguió que entrase en la portería del convento, cerrando la puerta tras ella y diciéndole a la mujer que se acercase.  La tal María, en lugar de acercarse a la monja, empezó a retroceder intentando escapar, y dando un gran grito dijo:

  – ¡Yo no tengo al diablo!

Pero mientras la criada se lanzó a sujetar a la dama, la monja le puso la mano sobre la cabeza, y en ese momento la señora comenzó a contorsionarse y a dar muchísimos gritos, mientras la monja exorcista les hablaba a los demonios y les decía:

–       ¡Eso es lo que quería, que os descubráis y os manifestéis para que os conjuren y se remedie esta alma de tan mala compañía!

 

Con estas escenas en directo, les aseguro que a nuestros antepasados no les hacían ninguna falta las novelas de terror ni las películas de miedo. Y lo peor es que con el paso de los siglos, la cosa no mejoró, se lo aseguró. Pero de posesiones más recientes hablaremos en otra ocasión… Si el Diablo quiere.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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San Antonio y los secuestros infantiles: Prácticas mafiosas para conseguir novio.
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Israel J. Espino | 12-06-2016 | 20:53| 0

San Antonio de Padua

Hoy se recuerda en alguna localidades extremeñas, como Aceitunilla y Jaraiz de la Vera, a un santo lusitano con vocación de detective y casamentero. De cómo se las apaña para encontrar cosas perdidas ya hablaremos otro día, que hoy nos vamos a quedar con su poder para encontrar novio.

Cuenta la leyenda popular que eran muchas las jóvenes parejas que se acercaban a Antonio de Padua en busca de consejo para arreglar sus desavenencias amorosas, y se quiere hacer ver que posiblemente debido a ello siglos después se mantuvo la tradición de pedir a san Antonio un novio, imaginamos que para tener con quien discutir.

La cosa viene de lejos, porque ya en 1636 la Santa Inquisición condena por hechicera a María Sanero, alias “La Chacona”, una mujer soltera de 36 años que vivía en Valle de Matamoros, aunque nació en Jerez de los Caballeros.

Según recoge el investigador Fermín Mayorga, La Chacona fue detenida “por cosas de hechicerías y embustes, y de ser una mujer que dominaba muchas oraciones para atraer a los hombres hacia las clienta que se lo pedían”. Ha quedado para la posteridad la oración a San Antonio de la hechicera jerezana, que pongo a su disposición por si quieren probar suerte:

 Paulo Antonio, Paulo Antonio, Paulo Antonio

en Lisboa nacido,

(tres veces se repite)

 y en Padua criado,

y que estando predicando por un ángel se fue revelando

 que tu padre debía de ser ahorcado,

y el río mar pasaste

y una voz oíste que te decía,

 Paulo Antonio vuelve atrás

que lo que pides se te otorgara,

lo perdido se hallara,

y lo revelado y lo pedido otorgado.

 Así como encontraste en tu breviario al hijo de Dios sentado,

así me traigas a fulano para que venga a tener conmigo donde quiera que estuviere sin que duerma ni sosiegue

hasta que conmigo esté.

Esta oración la hacía La Chacona a las doce de la noche con una vela de cera encendida, y al parecer antes de acabarla, la persona nombrada y requerida se presentaba en la  mismísima puerta de la hechicera.

Si la oración no surte efecto hay que pasar a mayores, normalmente atacando sin piedad a la imagen del santo o, lo que es peor, al secuestro del niño Jesús que lleva en brazos.

Santuario de la Virgen del Ara (Ángel Briz)

Eso lo saben bien en Cáceres y en Fuente del Arco, donde las muchachas solteras del pueblo secuestraban al niño que sostenía la imagen de San Antonio que se encuentra en la ermita de la Virgen del Ara,  y lo mantenían en su casa hasta que les salía novio, o hasta que aquellas que ya lo tenían resolvían sus disputas con el mozo enfuruñado. Una vez reinaba el amor y concedido el deseo, lo devolvían a su sitio sin que nadie las viera.

Eso ha estado sucediendo aquí hasta hace poco”, contaba Ana Calderón, una señora del pueblo que conoce bien la tradición porque ella misma se encargó, en su época más joven, de robar al niño, aunque no fue para buscar novio, sino para que el cura no lo vendiera.

Y tan convencidas estabas de su efectividad, que ni siquiera lo devolvían cuando la pareja (no la de la moza, sino la de la Guardia Civil) iba buscando al Niño por las casas y los cortijos de la zona, alertada de su desaparición por el párroco.

Al parecer, este rosario de secuestros infantiles terminó cuando el párroco de la ermita  decidió pegar al Niño a San Antonio y evitar así nuevos raptos “amorosos”.         .

            Claro, que esto no fue óbice para que las solteras  del pueblo se decidiesen por otra de las maneras de “pillar cacho”: Se le tiraban piedras al ombligo del santo, y  a la moza que acertaba le salía novio a los pocos meses.

ermita de San Antonio, en Cáceres (Hoy)

En Cáceres las casamenteras  se conformaban con tirarle del cordón de su hábito, en una especie de llamada de atención. Cuenta el sacerdote Manuel Femia Godoy  que desde tiempo inmemorial tiene dedicada una diminuta capilla en el barrio judío de la ciudad, a la que acuden las mujeres que han perdido sus encantos de juventud para pedirle un buen novio,  a cambio de gratificaciones económicas que varían en función de los valores estimados del pretendiente. Vamos, lo que se llama un soborno en toda regla.

Y es que mejor sobornar que coaccionar, porque la última manera de  conseguir novio gracias a San Antonio es más propia de la mafia que de feligresas solteritas: En algunos pueblos de la comarca de Llerena se coge al santo (sin el niño) y lo cuelgan boca abajo en un pozo, metiéndolo de vez en cuando en las frías y oscuras aguas.

El remedio será efectivo, pero una queda señalada para toda la vida por el soniquete:

Tu fuiste la que metiste

 A san Antonio en el pozo

Y le diste zambullías

Pa que te saliera novio.

Seguro que en nuestras tierras hubo más de una célibe que solo buscaba  un buen mozo que la  achuchase y lo único que encontró fue un mote para toda la vida: La “mojasantos”.

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La serrana de Monfragüe
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Israel J. Espino | 29-05-2016 | 21:01| 4

 

 

Ilustración: Borja González Hoyos

Pocos extremeños desconocen  las andanzas de nuestra mitológica Serrana de la Vera, pero menos aún son los que conocen los legendarios pasos de otra serrana extremeña, bandolera y asesina, que se enseñoreó de toda la abrupta naturaleza de lo que hoy es el Parque Natural de Monfragüe.

Cuentan las bocas ancianas que esta serrana, apuesta y valiente, era de un pueblo de Ávila, donde al parecer incluso tenía buena hacienda. Habitaba en una cueva  de la “Cuesta de la Serrana”, cerca de lo que más tarde sería Villareal de San Carlos, y se dedicaba a asaltar los carros que transitaban entre Plasencia y Trujillo.

Un mal día, cansados los carreteros de ser robados y malheridos, cuando no asesinados, deciden unirse para atacarla, pero  al verse hostigada  la Serrana decide cambiar su escondite a la otra orilla del río, en una cueva que arranca a los pies del castillo y desemboca junto al Salto del Gitano.

Pero la justicia, que no es tonta, idea un plan para apresarla: apostarse en las dos entradas de la cueva con muchos hombres y armas. Sin salida ninguna, la joven es apresada cuando intenta escapar por El Salto del Gitano. Y se cuenta que cuando exploraron la cueva descubrieron numerosas riquezas atesoradas a base de robos.

Envueltas La Serrana y su cueva en la leyenda, lo cierto es que Villareal  de San Carlos se llama así porque Carlos III la fundó con el propósito de asentar población y acuartelar tropas que combatiesen a todos aquellos bandidos que se habían convertido en amos y señores de aquellas tierras, siendo frecuentes los asaltos y asesinatos a todo el que se atreviese a pasar por ellas.

En esta zona sitúa en el siglo XVIII el historiador Antonio Ponz un total de 28 cruces, todas ellas pertenecientes, según la tradición, a hombres muertos por la Serrana, y que Ponz atribuye simplemente a la acción de los bandoleros, tan abundantes en el lugar.

Los bandidos de Monfragüe robaban y asesinaban a los viajeros (Jimber)

Hoy ya no quedan bandidos valientes ni Serranas apuestas, y solo nos queda de esta legendaria bandolera el Alto y la cueva que llevan su nombre y el recuerdo cada vez más débil de sus andanzas, fagocitado por el tiempo y por la creciente fama de su hermana verata.

Solo los buitres alcanzan a ver la entrada de la cueva de la serrana (Jimber)

Su cueva, alguna vez repleta de riquezas, ha sido cubierta por la vegetación de la zona y lo escarpado del terreno, y solo los buitres que sobrevuelan el Tajo alcanzar a ver, desde lo alto, las entradas secretas del refugio de la más valiente bandolera de Monfragüe.

 

 

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Sobre el autor Israel J. Espino
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