A Prisciliano, que caminó por nuestras tierras en el siglo IV, le cabe el dudoso honor de ser el primer sentenciado a muerte en nombre de la Iglesia Católica, acusado de herejía.
Fue una especie de niño prodigio de familia bien que hasta estudió en el extranjero. Atrevido, erudito, buen orador, nada codicioso y parco en comer y beber, aunque Sulpicio empaña este bello retrato afirmando que
con estas cualidades mezclaba gran vanidad, hinchado con su falsa y profana ciencia, puesto que había ejercido las artes mágicas desde su juventud
Y es aquí, en Lusitania, donde Prisciliano triunfa. El priscilianismo arraiga con fuerza entre colonos y esclavos, y alza su voz contra una iglesia corrupta, excesivamente enriquecida e integrada en el aparato del poder. Y el poder establecido no tarda en revolverse.
Se acusa a los priscilianistas de “costumbres indeseables” como de contar con
mujeres que asisten a lecturas de la Biblia en casas de hombres con quienes no tienen parentesco; el ayuno dominical y la ausencia de las iglesias durante la cuaresma; la recepción de las especies eucarísticas en la iglesia sin consumirlas de inmediato; el apartamiento en celdas y retiros en las montañas; y andar descalzos.
Como argumento, flojito… Lo cierto es que sus reuniones, frecuentemente nocturnas, se celebran en bosques, cuevas o villas alejadas de las ciudades, y con el baile como una parte importante de la liturgia, que incluía tanto a hombres como a mujeres. Sustituye la consagración oficial con pan y vino por leche y uvas; acoge a las mujeres y los esclavos en las sesiones de lectura de textos bíblicos (incluyendo los apócrifos), intenta la reforma del clero a través de la pobreza voluntaria, y aboga por la interpretación directa de los textos evangélicos. Exige que la Iglesia vuelva a unirse a los pobres. Niega la resurrección de los cuerpos, pero admite la trasmigración de las almas.
El clero extremeño consigue imponer la candidatura del hereje, pero las cosas han ido demasiado lejos. Hidacio, metropolitano de la Lusitania, excomulga a los priscilianistas de Mérida acusándolos de indisciplina. Prisciliano llega a la ciudad, entra en la iglesia cuando el patriarca está predicando y lo interpela. Sicarios sin rostro lo zarandean y lo expulsan del templo. Es la gota que colma el vaso. El hereje busca un techo amigo y por primera vez empuña la pluma para defenderse. En pocos días redacta el Liber Apologeticus y clava esa declaración de principios en las puertas de la seo emeritense para que amigos y enemigos se enteren de lo que piensa. Es el predecesor de Lutero.
Para no cansar mucho, diré que al final se salieron con la suya. Detenido en Alemania, es tendido en el potro y después de varias “sesiones” admite brujería, haber orado desnudo y en promiscuidad de sexos y haber hecho el amor después de celebradas las ceremonias religiosas. Oficialmente se le acusa de ofrecer cosechas al sol y a la luna y se le inculpa de practicar rituales mágicos que incluyen danzas nocturnas, el uso de hierbas abortivas y la astrología cabalística.
Es condenado a muerte. El indulto llega cuando acaba de rodar su cabeza y las de cuatro de sus compañeros. Sus seguidores extremeños traen a España sus restos, a los que ofrecen culto en la clandestinidad.
Afirma Menéndez Pelayo que tras la muerte del hereje
no se interrumpieron los nocturnos conciliábulos, pero hízose inviolable juramento de no revelar nunca lo en ellos pasaba.
Unidos así por los lazos de toda sociedad secreta, llegaron a ejercer un verdadero dominio en la iglesia y produjeron un verdadero cisma.
Pero no acaban aquí las sorpresas del hereje. Porque muchas voces afirman que quien esta realmente enterrado en Santiago de Compostela es Prisciliano, y no Santiago, quien, por cierto, se rumorea que estuvo enterrado en Mérida. Vaya trajín.
Les cuento: en el año 813 un ermitaño le cuenta al obispo de Iria Flavia que en el bosque Libredón se ven unas luces extrañas. El obispo, buscando el origen de las luces halla un sepulcro, que no duda en atribuir inmediatamente al apóstol Santiago.
Sin embargo, en el año 1900 el hagiógrafo Louis Duchesne publica un artículo en el que sugiere que el que realmente está enterrado en Compostela es Prisciliano, basándose en el viaje que sus discípulos hicieron con los restos mortales del hereje hasta su tierra natal. Posteriormente Sánchez-Albornoz y Unamuno se hacen eco de esta hipótesis que ha pasado a convertirse en una hipótesis muy popular, alternativa a la tradición cristiana, y seguida entre otros por Atienza y Sanchez Dragó.
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Por otra parte, y para acabar de enmarañar la madeja herética, el abad e historiador Pérez de Urbel afirma que el apóstol Santiago estuvo enterrado en Mérida hasta que los tonsurados portugueses se lo llevaron a Galicia para salvarlo de los moros. Como demostración esgrime el hallazgo en la ciudad de cierta lápida del siglo VII donde se afirma que la iglesia emeritense de Santa María custodiaba las reliquias de los dos hijos de Zebedeo.
En fin, que como diría aquel, “este muerto está muy vivo”, y más que lo estará. Porque en el siglo XVI Prisciliano resucita en nuestras tierras en una nueva herejía: La de los Alumbrados. Pero esa es otra historia…
Acaba de presentarse en Mérida el cómic La Boca del Lobo, última obra del artista extremeño Borja González Hoyos, ilustrador habitual de este blog, y del escritor Alejo Bueno. Un libro oscuro, magnético, en el que dos conocidos personajes extremeños se reúnen en torno a una dama eterna: la muerte.
“La boca del lobo”, coeditado por la Editora Regional y Dadá Ediciones, aporta nuevas pinceladas a la reconstrucción de la vida del artista extremeño Juez Nieto, utilizando la ficción para dar luz a un momento clave de su vida: la muerte de su madre, que desemboca en unos últimos trece años recluido en su casa.
Antonio Juez Nieto, nacido en 1893 en Badajoz se sumerge de cabeza en las maravillosas corrientes del Modernismo, el Prerrafaelismo, el Simbolismo, el Esteticismo y el Decadentismo, y el acercamiento de sus pinturas a la temática de la muerte le acompañó en su vida diaria, al igual que a la otra protagonista del libro: Carolina Coronado, “La muerta”.
La poeta de Almendralejo, bella, excéntrica y cataléptica, convive con la muerte, muere en vida varias veces y ve como la muerte le arrebata a todos los que ama: sus hijos, su marido, su amante imaginario… Se obsesiona con la idea de ser enterrada en vida, hasta tal punto que embalsama el cadáver de su marido, negándose a enterrarlo e incluso dirigiéndose a él con el apelativo de “el silencioso” y “el hombre de arriba”. Incluso tiene varias “premoniciones” en las que anticipa el fallecimiento de su hija.
En los años cincuenta, Antonio Juez, (en ese momento Jefe de Jardines de Badajoz, puesto concedido tras su retirada del mundo artístico) coloca la famosa estatua de Carolina Coronado en el Parque de Castelar. La cercanía con la muerte, punto de unión entre ambos autores, es el ombligo de “la boca del Lobo”.
Fantástico, oscuro y cuidado ensamblaje de palabras y trazos, este libro merece, por estética y por temática, ocupar un estante privilegiado en nuestra Biblioteca Secreta. Que lo disfruten.
Hay gente muy burra y amores que matan, aunque sea de asco. Y de eso sabían mucho las brujas extremeñas. Expertas en atraer el amor de los hombres a mujeres despechadas o ignoradas, no dudaban en servirse de los más variopintos mejunjes, polvos, pócimas y ensalmos para hacer que Eros incendiase el corazón de los recios extremeños.
Si usted ha decidido conseguir el amor “a lo burro”, se lo voy a poner facilito. Barra libre de recetas “asnalógicas”. A la espera de que podamos leer el nuevo libro del investigador Fermín Mayorga, “Extremadura, Tierra de brujas”, voy a presentaros a un rosario de hechiceras castúas que acabaron delante de la Inquisición, pero que antes suponemos que se llevaron por delante a unos cuantos mozos y señores gracias a la farmacopea mágica que extraían de los jumentos.
Con cuarenta años y ya viuda encontramos viviendo en Plasencia a una portuguesa, Doña Isabel de Landin, alias “Isabel Vázquez”, que utiliza la figura de San Erasmo para enamorar hombres y mujeres. Delante de la pintura declama:
- “Erasmo que por amores enfloreciste,
y fuiste asno,
haz de fulano asno
y de mí pega
qué le suba por el rabo
y le baje por la cabeza”
Y luego le arreaba diciendo “¡arre asno!” dándole de varadas a la figura del santo, y afirmaba qué así el hombre o la mujer hechizados se ablandaban de tal manera que se podían hacer con ellos lo que se quisiese. Habría que verla.
Y siguiendo con burros y acémilas, justo es recordar a María Megias, “La Novela”, una viuda de La Parra acusada de bruja, hechicera y embustera por cuatro testigos en 1639. Se le acusa de hacer conjuros y remedios para que los hombres quieran más a las mujeres dándoles de comer seso de asno negro.
Y no me pongan cara de asco que el que algo quiere, algo de cuesta, y lo que a unos les da grima a otros les parece suculento. Y si no que se lo pregunten a los vecinos de Calzadilla (sí, sí, donde el lagarto gigante) que elaboran, en sus fiestas patronales, un manjar elaborado con burro llamado, precisamente El Burranco, que se elabora en las fiestas patronales del Cristo de la Agonía, y que aún hoy se puede degustar durante los días de fiestas en los bares de la localidad.
Pero si quieren una receta más elaborada no se preocupen, que también las tenemos. No es de El Bulli, pero casi. Catalina Daca, una hechicera de Alcántara, aconseja a las mujeres malqueridas tomar un poco de cebada y dársela de comer a un jumento mojino ( un burro negro, vaya). Cuando la esté comiendo, hay que quitarle un poco de la que masca y sembrarla, y de lo que allí nazca hay que hacer un poco de perejil y dárselo de comer al marido. Algunos dirán que sigue siendo una guarrada, pero qué quieren que les diga, a burro viejo poco verde.
Y hablando de cebada, hay que recordar a Francisca Pérez, “La Marracha”, que con 40 años vivía en Garrovillas de Alconétar. Su fama es tal que se mueve por todo el norte de Extremadura. A una mujer que acude a ella para estar bien con su marido le ordena tomar un poco de cebada, atarla a la manga de la camisa de su marido, y ponerla también debajo del colchón, en la parte donde él duerme y que diga ciertas palabras que, por suerte o por desgracia, no han llegado hasta nosotros.
Por cierto, que muchas de estas hechiceras, mucho filtro de amor y mucha magia erótica, pero murieron más solas que la una. Vamos, que acabaron como el burro del aguador, cargado de agua y muerto de sed.
Si las duendas castúas roen castañas y mueren pronto, y los bebés duendines sanan chupando los dedos de los pies humanos, hay sin embargo algunos duendes extremeños que son como eternos adolescentes asilvestrados: solo piensan en mamar y en comer. Y lo malo es que lo hacen en tu casa.
Del Duende Jampón ya hablaremos otro día, que hoy le toca (y nunca mejor dicho) el turno a El Duende Mamón, que expandía sus revolucionadas hormonas por el pueblecito cacereño de Ahigal, y que según nos cuenta el investigador Jose María Domínguez Moreno, tenía sus reales por “la calle Graná”, cerca del Huerto del Cura.
Al parecer, era el okupa invisible de la casa, en la que vivía un matrimonio y sus cuatro hijos. Cuando los niños eran pequeños su madre, como es habitual, colocaba la cuna junto a su cama, para poder darles el pecho por la noche sin demasiado esfuerzo.
El Duende Mamón se acurrucaba al lado de la madre y, sin que ésta despertase del todo, le desabrochaba la blusa para mamarle. Cuentan que a veces incluso le tocaba el culo a la pobre mujer, pero como la señora pensaba que era su marido, ni se inmutaba.
Hasta que una noche la mujer se dio cuenta de que, aunque tenía una boca mamando de sus pechos, otra boca lloraba en la cuna. Alargó la mano y, efectivamente, en la cuna estaba su hijo. La sorpresa hizo que la madre diera un respingo, momento que aprovechó el duende para poner tierra por medio.
Y aún cuentan que el enanito lujurioso, antes de salir por la puerta, se volvió hacia atrás y exclamó:
- ¡Qué bien cuando te estabas quieta,
que te agarraba el culo y te lambía las tetas!
Afirma Domínguez Moreno que está seguro de que esto mismo que acabo de contar también debió pasar en otras casas del pueblo, aunque “es difícil saberlo, porque las víctimas no van a ir contando que en determinados momentos fueron biberones de los duendes”.
Animamos desde aquí a nuestras lectoras a vencer el pudor y reconocer si han sido víctimas del lujurioso enanito, más que nada para que las demás sepamos por qué pueblo anda trasteando ahora el Duende Mamón. Por precaución, ya saben…
Ya hablamos en otra ocasión de Las Casas de Miedo extremeñas: Hoy vamos a visitar otras mas agradables, pero no menos misteriosas… las Casas del Tesoro.
Quizás la más conocida sea la “Casa del Tesoro” de Cáceres, una mansión con algo más que historia que albergó no solo un tesoro intelectual, sino que se supone que aún guarda en su interior un fabuloso tesoro dentro de varios cantaros de barro.
Para conocer el origen de la leyenda tenemos que remontarnos al siglo XIV, cuando en una casona cercana a la Plaza Mayor vivían los Cohen, una acomodada familia hebrea a la que los Reyes Católicos expulsan sin contemplaciones en el siglo XV. Los Cohen, como muchas otras familias judías, pensando que volverían y ante el temor de ser robados por el camino, deciden esconder en la misma casa una importante cantidad de dinero en dos cantaros, además de libros, piezas de sedas y algunos documentos.
Pero los Cohen, como otra muchos extremeños, no volvieron, y el tiempo cubrió con el hollín de una carbonería sus vetustos muros, hasta que un siglo después la duquesa de Fernan Nuñez decide construirse una mansión, edificando, como era costumbre, sobre los muros y los pozos de la casa anterior.
En el año 1881 la casona es comprada por nuestro querido investigador Publio Hurtado, recopilador extraordinario de leyendas y saberes antiguos, quien sabe si atraído por las consejas del tesoro, y en ella vivieron sus descendientes hasta los años 60, década en la que aparecieron varios objetos ocultos en una estancia, entre los que destacabann varias piezas de tela y sedas que se deshicieron al tocarlas, pero que no hicieron mas que aportar más hilo al paño de la leyenda.
En 1991 el ayuntamiento compra el edificio, y actualmente la Casa del Tesoro forma parte de las dependencias municipales de la ciudad.
Afirma el investigador cacereño Alonso Corrales Gaitán que en el transcurrir de los años varias han sido las personas que se han dedicado, sin éxito, a buscar este tesoro, que según parece se encuentra depositado en una galería subterránea que pasa por debajo del edificio y que lleva hasta el interior del recinto amurallado, partiendo otro tramo hasta la proximidades de la plaza de Italia.
Y aún permanecen aquí, tesoro y subterráneo, para seguir enriqueciendo los sueños e imaginaciones de generaciones de cacereños.
Pero no es esta la única “Casa del Tesoro” de la capital cacereña, ya que según Corrales en los años 50 una familia que vivía en una casa próxima a la Torre de Bujaco picó un muro para quitar humedades, y se encontraron con un pequeño arco oculto que contenía una olla con una pequeña bolsa con monedas y documentos del siglo XIII.
En septiembre de 1993, en unas obras realizadas en las proximidades de la Fuente Concejo salieron a la luz, al tirar una vieja casona, numerosas monedas y hasta una espada. Y en la Cuesta de Aldana por la misma época se desenterró una olla de barro que contenía varias joyas de época medieval.
Pero Cáceres no tiene la exclusiva en casas con premio. Y si no que se lo digan al vecino de Torre de Miguel Sesmero que encontró una olla de monedas en su patio, al herrero de Villamiel, que enriqueció de un día para otro tras encontrar un tesoro en su sótano, o a tantos otros que encontraron, por casualidad, su gozo en un pozo de su humilde morada.
En mi minúsculo apartamento si hago reformas, lo máximo que me puedo encontrar es el salón de mi vecino. Pero no desespero. Algún día me compraré una casa con tesoro incluido, y no pararé hasta destrozarla y encontrar el oro. Y con el oro me compraré otra casa con tesoro, y no pararé hasta destrozarla y encontrar el oro. Y con el oro me compraré otra casa…
Cuando éramos romanos no nos perdíamos una fiesta. Y ahora tampoco. Algunas las hemos customizado. Otras las hemos adaptado al cristianismo y las pocas que hemos perdido las estamos recuperando.
Y eso es lo que hemos hecho con Las Floralias (en latín Floralia), recuperada desde hace dos años entre las ruinas romanas de Cáparra, restos mudos de un esplendor pasado que una vez al año resucita con la invocación que nobles y plebeyos lanzan a la diosa Flora:
- Madre de las flores, ven, que has de ser festejada con juegos y regocijos.
Y por los dioses que se festeja, aunque no con la misma intensidad que nuestros ancestros. Hace un par de milenios comenzaban a finales de abril y terminaban en mayo, y se jugaba, se bailaba y se bebía como si no hubiese un mañana.
Ahora dura sólo un día, pero a ella acuden arqueólogas, peluqueras, camareros y abogados, sociólogos y electricistas con sus mejores galas romanas. Como antes. Son parte de una asociación llamada Emérita Antiqua que recrea como nadie la sociedad romana de Mérida. Senadores, taberneras, soldados, centuriones, esclavos y esclavas, todos con su nombre, ropaje y espíritu romano.
Y eso era Floralia, una fiesta democrática que aunaba a libertos y esclavos, a matronas y prostitutas quienes, por cierto, y según Juvenal, bailaban desnudas y luchaban en simulacro de combates como gladiadoras.
Ofrecíamos rosas a la diosa y bebíamos menta y miel (símbolos de Venus), las mujeres vestíamos ropas multicolores para imitar la policromía del campo y todos (hombres, mujeres y niños) nos adornábamos con coronas de flores y cintas de colores.
Ovidio señala que liebres y cabras (considerados animales especialmente fértiles y lascivos) eran liberados ceremonialmente como parte de estas fiestas. Persio afirma que la multitud recibía una lluvia de guisantes, habas o altramuces, también símbolos de fertilidad.
Como diosa de las flores, la vegetación y la fertilidad, a ella se dedicaban los juegos florales que se abrían con actuaciones teatrales y terminaban con competiciones y espectáculos y un sacrificio a Flora. Cuentan los historiadores que en el año 30 los espectáculos de Floralia ofrecían hasta un elefante en la cuerda floja. Nosotros no hemos llegado a tanto, pero voy a proponer que ofrezcan, el año que viene, el espectáculo de ver a algún banquero sin vergüenza o algún político sin palabra en la cuerda floja.
Después de todo, la primavera siempre ha sido tiempo de flores, pero también de revoluciones.
Ya hablamos tiempo atrás de las monstruosas serpientes hurdanas, entre las que se encontraba la bicha mamona de Martilandrán o la enorme culebra custodia de los tesoros de las cuevas del Risco y de la Peña Merina. Pero el resto de Extremadura también tuvo su momento de gloria sempentiforme.
De hecho, algunas serpientes son tan terribles que no pueden ser obra de la naturaleza, sino del mismo demonio encarnado en la secta de los Alumbrados. En una carta dirigida a Felipe II, Alonso de la Fuente nos habla de este engendro satánico aparecido en 1574 en la Dehesa Nueva:
“En el término de Zafra, apareció una sierpe la más terrible y espantosa que jamás se vido en nuestras Españas.
…Tenía la cabeza como una ternera y los ojos grandes y muy temerosos, la jeta gruesa y contornada, la cola tan gruesa y larga como un madero quinzal, el pecho alto y levantado de la tierra; la cual, con solo el aspecto, ponía tanta grima y temor que las personas que la vieron no tornaban en si en muchos días, atemorizados de la dicha visión. Y aunque la vieron algunos valientes, ninguno osó levantar armas contra ella, ni le pasó por pensamiento sino que luego, turbados y atemorizados, le volvían el rostro y se tenían por fuertes en acertar a huirles.
…Y que luego que vino a Zafra el inquisidor Montoya, desapareció, que jamás la vieron ojos. Dejó manifiestos indicios que no era serpiente terrestre, sino criatura superior y demonio, porque en aquella tierra no se pudo eriar y habiéndose criado, estaba notorio que había de comer; y siendo serpiente, que es animal voracísimo, había menester dos vacas cada un día; y siendo animal tan fiero, hiciera daños terribles. Ninguno hubo, ni faltó vaca ni otro ganado, ni se sintió daño en toda la tierra. Ni se puede entender cómo se criase animal tan fiero en tierra tan hollada y rasa. De lo cual se concluye manifiestamente que fue pronóstico, y muy a propósito, de lo que va descubriendo la Santa Inquisición y de la cosa más grave que se ha visto en la Iglesia. El cual pronóstico, a mi parecer, tiene este misterio: la nueva herejía de los Alumbrados es propiamente doctrina de demonios, en la cual se da y se recibe Satanás por Espíritu Santo.”
También enorme era la conocida como “la Culebra del Fresno”, de más de diez metros de longitud. Se la ve por primera vez a finales del siglo XVIII, a las orillas del río Guadames, en Valle de la Serena. Se le aparece al Tío Hilario y a otro vecino cuando están segando, y comienza a perseguirlos. El perro del tío Hilario despista a la bicha y los asustados lugareños consiguen volver al pueblo y contar lo sucedido. Más tarde, todos los hombres de la localidad realizan una cacería, pero no consiguen dar con el monstruoso reptil.
La culebra es vista varias veces más, pero nunca es cazada. En una finca de una población cercana posteriormente se ve una culebra de iguales características, y así le dan caza y embalsaman su cabeza.
Otra versión afirma que la enorme serpiente tenía caparazón, y que al atardecer engullía el ganado de un pobre pastor en las llamadas Tierras del Moro, en el mencionado Valle de la Serena. Esta vez la serpiente, tras varios intentos fallidos por parte de los vecinos, encuentra su final gracias a que los lugareños envuelven pólvora en una piel de cabra, y al engullirla la bicha explota por los aires como una serpentina.
Afirma el antropólogo Ismael Sanchez que una leyenda parecida se cuenta en Fregenal de la Sierra, en esta ocasión en las proximidades de la Fuente de la Parra.
Otro tipo de serpientes monstruosas son las que alimentamos los humanos cerca de lugares emblemáticos como cuevas o fuentes.
La finca de Zafra está situada en Aldea del Cano, justo en el camino de Albalá , y allí hay una fuente que llamaban la “Fuente de la Sanchita“. Cuentan que por el mil setecientos acudían a la zona los serranos con sus rebaños para aprovechar los pastos de Extremadura. Un año el hijo de un pastor trajo una culebrita a la que llamaba Sanchita. Con guerra de por medio estuvieron dos o tres años sin venir, y el animal creció hasta superar los tres metros.
Por fin regresan los pastores y al llegar al chozo donde dejaron a la culebra la llamaban, pero el animal no salía como había hecho en años anteriores. Entonces el padre decide entrar en el chozo a buscarla, y la bicha se lanza sobre él, envolviéndole el cuerpo con su abrazo mortal y asfixiándolo.
Corre el hijo al pueblo a pedir ayuda y los guardias armados corren al lugar; pero Sanchita se esconde bajo unos canchales y tienen que atar un conejo vivo como cebo. Tres días dicen que aguantó la sierpe sin comer, y cuando al fin sale los guardias, apostados en lo alto de un canchal, disparan todos a la vez matando al animal.
Esta misma historia, en otro lugar, la recoge el antropólogo Ismael Sanchez en Valverde de la Vera, y es la misma que al abate francés H. Breuil le cuenta un pastor en 1916 en Cañamero, en la cueva de Álvarez o Cueva de la Chiquita.
Allí, un cabrerillo llamado Álvarez guardaba su ganado. Un día encuentra una culebrilla a la que llama Chiquita y se dispone a criarla con la leche de sus cabras. Pero pronto es llamado a “servir al rey” en el ejército.
Pasado el tiempo, el cabrero, ya licenciado, regresa a su cueva y llama a “Chiquita”, que se ha convertido en un enorme culebrón que al no reconocer a su antiguo amigo, lo asfixia enroscándose en su cuerpo. Y aún afirma el abate Breuil que
“Volviendo a otros detalles que me dio el pastor de Cañamero, ya sin relación directa con el mismo asunto, diré que éste me contó también una leyenda que se conserva, a propósito de un molino arruinado, muy antiguo seguramente, que se ve a unos pocos metros aguas arriba de la cueva y del charco de La Nutria”.
«… para el servicio del mismo se tenía atrás una presa encharcando el arroyo, sucedió que en esta presa se escondió un animal tremendo, como una serpiente, y que todas las personas que se asomaban a la orilla del estanque artificial, perecían. Entonces la gente de la comarca decidió matar al monstruo, para lo que destrozaron el molino, rompieron las murallas que cortaban el curso del agua, y el animal, espantado, acaso herido, tomó la fuga río abajo con tanta fuerza, que desde entonces se nota el rastro de su paso.»
Este “rastro de su paso” aún existe, aunque como afirma el geólogo Juan Gil Montes, son huellas fósiles de trilobites que hicieron creer a los lugareños que las había originado el “monstruo de la pesquera” en su huida. Pero cuando el río suena…
La bella Sierra de Gata ha sido desde siempre un sitio ideal para ocultar tesoros, y son muchos los que se han buscado y se han hallado, bien siguiendo la tradición oral y las leyendas o bien fiándose de los famosos “Libros del tesoro”. En uno de ellos se puede leer que
en el salto del moro otro saltito pequeño delante hallarás una señal y debajo de ella mucho haber.
El ya casi legendario investigador Don Vicente Maestre localizó a mediados del siglo XIX este salto cerca de Santibañez el Alto. En él hay cuatro herradas grabadas en una peña a la izquierda del camino y a la derecha se encuentra un cancho redondo con letras arábigas.
El sitio lo encontró, pero no el haber, porque todo el pueblo sabía que hacia el año 1830 sacaron de allí el tesoro unos franceses que venían vendiendo añil. Suponemos que los galos aparcaron para siempre el negocio del añil y se dedicaron a vivir la vida loca gracias al tesoro extremeño.
No fue este el único tesoro encontrado en este pueblo, pues en un lugar denominado El pozo de la piedra se afirma que existió una antigua morería, y cuenta el investigador Félix Barroso que, cierto día, al arar un lugareño cerca del nacimiento de las Fontanillas o Juntanillas se hundió uno de los bueyes, apareciendo los consabidos pucheros con las onzas o polvo de oro.
Animado por tal aparición de tesoros, en 1849 un tal Jacinto Pascual, que también tenía en su poder un libro de tesoros, decide buscar uno de ellos, ya que en el libro se afirma que
En Villamiel está una calle llamada Ponte Petre está un molino o lagar de vino debajo de adonde cae el peso está una tinaja con oro.
El tal Pascual, ni corto ni perezoso, se plantó en Villamiel y buscó la calle y el lugar. En ese año vivía en la casa de dicha calle, donde estaba el lagar de vino, un pobre herrero sin más propiedad que sus aperos de trabajo. Pascual habló con el herrero, y este le invitó a su casa una noche para explorar el lagar. Cavaron a la luz mortecina de velas y lamparillas y encontraron tierra movediza y ladrillos, y un caño argamasado. Entonces el herrero, con el pretexto de que llegaba el día, despidió a Pascual y a sus compañeros quedando en avisarlos para continuar con la exploración. Nunca más se supo del herrero, solo que al poco tiempo se compró la casa y alguna otra finca.
Pero si hay un lugar marcado por la equis del tesoro es sin duda es el legendario monte Jalama, donde por las mismas fechas, un vaquero encontró casualmente una cueva de ladrillos cocidos llena de oro, que se encontraba oculta a ocho pasos al poniente de la Fuente de Hinchecuartillos.
También es vox populi en Trevejo que en la caja de piedra que se encuentra a la izquierda de la subida al castillo se encontraba repleta de joyas valiosísimas, y que en las inmediaciones alguien descubrió una olla repleta de oro en polvo que se volatilizó al romperla.
Son todos estos encuentros con riquezas escondidas los que animan a los buscadores a pensar que los tesoros que están descritos en los libros existen realmente. Uno de ellos decía que
En la fuente de Navamajada, por cima de ella hay dos peñascos naturales a modo de postes y en uno de ellos grabada una bigornia y en medio de los dos una tinaja con 6 arrobas de oro.
Jacinto Pascual Perez, vecino de Valverde del Fresno, hombre sencillo, veraz y honrado, aseguraba en 1860 que la fuente se encuentra en la Sierra de las Mesas, a una legua de Valverde, y que él vio la bigornia (un yunque de dos puntas) grabada y el hueco de la tinaja que contenía el tesoro, que para su desgracia ya había sacado algún avispado buscador.
Y es que en Valverde del Fresno parecen haberse encontrado ya varios hallazgos, y varios de ellos aparecían en libros de tesoros:
En la fuente del Salgueral que tiene por arriba un comaro y a seis pasos para el mediodía hallarán en el mismo comaro una pila de ladrillos cubierta con argamasa embutida cubierta de cantería y dentro tres arrobas de oro con un Almofraris apertrechado de oro.
Para que no se piensen que sufren dislexia repentina, les traduzco: Un comaro, en portugués, es un cerrito o pequeño montón de tierra, y un almofraris es un almirez. Pues bien, parece ser que por el año 1820 unos desconocidos fueron de noche a sacar el tesoro, y como fueron casualmente sorprendidos por un vecino, huyeron llevándose el oro y dejando el aúreo almirez. Nuestro insigne Don Vicente Maestre se encaminó (una vez más) en su busca y al parecer llegó tarde (una vez más) y solo encontró los restos de donde estuvo oculto el tesoro y los testimonios de dos lugareños que afirmaban haber visto el almirez con sus propios ojos. Triste gracia.
Por si fueran pocos, otro tesoro se encontró en las cercanías gracias, una vez más, a los indicios de los libros de tesoros:
En el valle claso o craso en un camino grande hay una losa o piedra con herraduras debajo de ella hay 4 arrobas de monedas a estado y medio de hondo.
Al parecer, este valle está entre Valverde y Eljas, y alguien buscó el tesoro y lo sacó, pues cuando llegó Maestre solo encontró… el agujero.
Cerca de Cadalso está la torre árabe conocida como Almenara de Gata y antes conocida como Alafurin de Gata. En sus ruinas puede que aún queden tesoros, pero al menos uno de ellos ya fue encontrado en el siglo XIX por un escribano, quien lo localizó gracias a otro libro de tesoros bajo un guijarro blanco a la entrada de la torre. El nombre y la procedencia del afortunado escribano le fueron confesados a Maestre, pero nuestro amigo, imaginamos que ofuscado por llegar tarde por enésima vez, no lo escribió y desapareció de su memoria. Y por ende, de la nuestra.
Con otro de estos áureos hallazgos fue con el que se topó en 1939, según nos cuenta Mateo de Porras, el niño Félix Sánchez Moreno, quien se encontró , sin comerlo ni beberlo, cinco barras de oro con un peso total casi dos kilos, barras que fueron depositadas por el alcalde de Eljas en el Banco de España. Al niño, que quede claro, se le dio una recompensa.
Pero el niño Félix no fue el único en hallar tesoros en Eljas. Muchos de ellos se encuentran gracias a un gato (que para eso estamos en su sierra) que marca el tesoro
… porque varias veces algunos afortunados han dado inconscientemente con el gato, pasando en un periquete de un estado indigente a la opulencia, con el hallazgo de tesoros; citándose, entre otros, a un revendedor de paños de Torrejoncillo, llamado Dionisio Martín; a un Francisco Ramos, apodado el Chochero, y a un Francisco Rolán, a quienes la loca Fortuna escogió por favoritos.
Suerte tuvieron El Chochero y sus amigos, aunque seguro que ni todo el oro del mundo le libró de ese apodo.
Yo, por mi parte, sigo pateando la sierra buscando gatos por todas partes, esperando a que la loca Fortuna me escoja entre sus favoritas. Aunque me temo que este paso la loca seré yo. La loca de los gatos. Y si no al tiempo.
Cuenta la leyenda que todo sucedió tal día como hoy, en el año del señor de 1229, cuando Cáceres estaba gobernado por un kaid árabe soberbio y arrogante que no tenía más que una hija a la que adoraba.
No era princesa, como afirman algunos, pero sí doncella, quienes por ser bellas y moras no dejan de ser enamoradizas y desobedientes. Anticipándose al mito de Romeo y Julieta, la joven se enamora de uno de los caballeros cristianos que acompañan al rey Alfonso IX de León, y que cercan la ciudad de Cáceres con el ánimo de rendirla.
Con el fin de reunirse con él y poder hablar de amor largo y tendido, envía todas las noches a su aya para abrirle la puerta de un pasadizo subterráneo (que a principios del siglo XX aún se podía ver, según afirma Publio Hurtado) por donde el caballero subía al jardín del Alcázar para satisfacer el amor de la agarena.
El pasadizo tenía su salida en la calleja de la Mansa Alborada, o “Mansaborá”, como la llamó el pueblo, que se localizaba entre el convento de los Padres Franciscanos y la Huerta del Tesoro.
Consigue el galán, a fuerza de arrumacos y promesas, las llaves del pasadizo, y el 23 de abril, mientras las mesnadas alfonsinas simulaban el asalto por las murallas del lado opuesto de la ciudad, el galán seguido de escogidos caballeros, se presenta en los mismos salones del alcázar sembrando el terror y el desconcierto en la morisma.
El indignado kaid maldice a su hija por su traición, a su aya y a sus doncellas, y las arroja al subterráneo donde en castigo a su traición, “permanecerán hasta que los hijos del profeta vuelvan a reconquistar la plaza perdida por su culpa”.
Y la puerta de entrada y de salida de aquel subterráneo despareció de la vista de los simples mortales, y como los musulmanes no volvieron a reconquistar la plaza, allí permanece la enamorada dama, encantada por la maldición de su padre y acompañada de su aya y sus doncellas, convertidas en gallinas y polluelas de plumaje de oro recamado de piedras preciosas, sin otra diversión que la que les depara la mágica noche de San Juan (aunque otros afirman que es la noche de San Jorge) en la que salen de su aislada mansión a pasear por los contornos y lanzar hondos suspiros y plañideros píos desde la torre cercana a la Fuente Fría, contemplando la Casa de las Veletas (mermado resto del antiguo Alcázar) añorando su ciudad perdida y su amor traicionado y esperando, eternamente, el día del desencantamiento.
Por fin es primavera. El tiempo ideal para recorrer pueblos y parajes, para buscar con la mente tesoros legendarios y terminar encontrando tesoros patrimoniales.
Ya contamos que Extremadura es un gran mapa del tesoro repleto de cruces que marcan el lugar. Algunos son pequeños, y otros tan espléndidos que hasta sirven para fundar pueblos. Eso cuentan, al menos de, de un repartidor de tierras, un sexmero llamado Miguel Pico, que allá por el medievo encontró en esas tierras un tesoro tan importante que repobló un pueblo extremeño llamado Torre de Almendral y que desde entonces llevó su nombre: Torre de Miguel Sesmero.
Desde esos lejanos días este pequeño pueblo pacense ha estado repleto de tesoros, legendarios y reales. Los más ancianos del lugar aún recuerdan en sus callejas al afortunado vecino que encontró en un corral una olla repleta de monedas de oro.
Pero si hay un lugar en el pueblo que reúna mitos y realidades es el Albercón Hondo. Pegado a un antiguo molino de aceite travestido en convento y rodeado de zarzales y altas hierbas duerme el sueño de los justos. Envueltas por la leyenda y mojadas por la realidad, sus aguas, hoy apenas visibles bajo una enorme placa de cemento y rodeadas de vallas que lo protegen de suicidas y niños incautos, encierran antiguos secretos de los que solo algunos han salido a la luz.
Cuenta la leyenda que en cierto momento los habitantes del pueblo sacaron de la iglesia, (no se sabe si de la actual o de la anterior, fundada directamente por los caballeros templarios según cuentan algunos) un becerro de oro a través de un túnel, llevándolo al Albercón Hondo para esconderlo y que no se lo llevaran los enemigos. Imaginamos que ahí sigue el noble toro, esperando bajo las aguas que alguien lo desahogue. Pero si sigue allí no está solo.
Lo curioso es que la leyenda se torna algo más real cuando leemos una carta de 1798 del entonces capellán del pueblo, Manuel de la Parra Pérez de Guzmán, en la que afirma que el legendario albercón se había intentado vaciar numerosas veces y nunca se había conseguido, y que estuvo oculto por un promontorio de tierra hasta finales del siglo XVII. Se construyen entonces dos hornos de teja al lado de albercón, y comenzaron a extraer la tierra hasta que se descubren sus paredes. Cual sería su sorpresa cuando
“… descubrieron un arcón de dos baras de altura y como bara y media de anchura, lo limpiaron y allando un conducto subterraneo entraron”.
Imaginen la cara del capellán y de los lugareños cuando encuentran un túnel. ¿Sería el legendario túnel del becerro de oro? Pero las sorpresas no terminaron ahí. Faltaba el tesoro. Y allí estaba: encuentran seis candeleros “de bara de alto”, una cruz de incensario, caldera de agua bendita, con hisopo, una “campanica” romana, un brasero con pie cercado de columnillas y sobre él la bacía en la que se echan las brasas,
“y todas estas piezas de metal amarillo y de idea singular, que actualmente están sirviendo en el altar mayor de esta parroquia”.
Prosigue el capellán comentando que
“si hay algo más en este conducto se ignora, porqué faltó en estos vecinos animosidad para seguirle luego se hizo este descubrimiento”.
Y es que, de pronto, empezó a salir agua furiosamente, por lo que el alcalde, llamado Juan Pérez de la Barreda, se empeñó en descubrir el origen de este manantial, y juntando a los vecinos comenzaron el trabajo día y noche, hasta que descubrieron
“un vaso artificiosamente fabricado de mucho costo, con dos graderías que bajan hasta su fondo (…), siendo su profundidad como de cinco o seis baras. Cerca de la que mira al poniente se hallan tres grandes piedras de cantería labradas debaxo de las cuales, por tradición, se dice están sobrepuestas otras tres embutidas en el piso o fondo, (…), y parece que es voluntad de Dios que el secreto en ellas contenido no se descubra, porque en dos ocasiones en que se a echo la tentatiba (…) luego que se a llegado a descubrir las piedras sobrepuestas ha llobido tanto que desamparando los peones el puesto en pocas oras el albercón se llenó. Sobre lo que están sigilando las piedras aplomadas unos son de parecer que es tesoro, otros piensan que podrán ser algunos cadáveres sagrados…”
¿Más Tesoros? ¿Muertos ocultos? ¿Becerros de oro? Sea lo que sea lo que oculta el Albercón Hondo aún sigue sigo un misterio que aguarda, paciente, bajo las aguas quietas y profundas del tiempo y la leyenda.





































