Creo que no hay mejor manera de demostrar el amor a los nuestros que cocinando para ellos. Ay, esta frase parece pronunciada por una decimonónica y puritana mujer más que por una del siglo XXI con smartphone e Internet pero lo pienso firmemente. Las comidas de las mamás son una especie de cordón umbilical que nos vuelven a unir amorosamente a ellas. Si estoy cerca de mi madre y encima me prepara una de sus magníficas lasañas, eso es el paraíso.
Me gustaría que a mi hijo le pasara lo mismo conmigo, pero tengo poquísimo repertorio en cocina y aún menos tiempo, lo cual es peor porque no veo solución a medio plazo. Pendiente queda como reto personal. Creo que en mi generación, y al menos en este país, no se ha dado la importancia que tiene a algo tan útil como saber preparar los alimentos y saber comprar, conocer la materia prima y detectar la calidad de lo chungo.
Es bueno que los niños se familiaricen desde pequeños con todo el proceso de elaboración de comidas. El otro día el pescadero del supermercado me contaba que en su casa cocina él y, lo que es mejor, su hijo de 4 años le acompaña y no pierde detalle, y que a veces se lanza tanto que tiene que quitarle el cuchillo de la mano. Cuando crezca, si sigue así, sabrá prepararse lo que sea allá donde vaya sin necesidad de comida basura. Además, este parlanchín pescadero me explicaba que a su hija de 16 ya le ha advertido lo dura que puede ser su vida universitaria si vive sola en otra ciudad y no sabe ni hacerse un huevo frito.
Hay culturas en las que los jóvenes no tiran tanto del taper de mamá como la spanish people. Según me cuentan, en Suiza es raro que los chicos y chicas no sepan cocinar, y además todos, ellas y ellos, son apañados para labores del hogar, incluidos arreglos y bricolaje. Se lo han enseñado en la escuela. Qué lujo.
El método Montessori (inventado por la educadora italiana María Montessori y basado en una educación más libre y cooperativa) habla de la importancia de la cocina y propugna que los niños colaboren en casa a la hora de hacer la comida. El enano mío todavía es pequeñito, pero ya le ha tocado contemplar desde su trono cómo papi y mami trasteaban entre fogones. Nada de esperar en el salón a que llegue la comida calentita. En casa, comemos directamente en la cocina. A sus dos años domina bastante vocabulario alimenticio. Esperando estoy que sus manitas tengan más destreza y encerrarnos en plan chefs a ver si creamos algo bueno. Y ya de paso, a ver si yo aprendo algo.