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Reflexiones de un hombre infeliz

2011 diciembre 31

 

No sé si les ocurrirá lo mismo, pero estos últimos días del año se me antojan inútiles, inservibles e interminables, como si su existencia no fuera más que el insípido relleno de un pavo cocinado a destiempo y por manos inexpertas, desterrado de todos los platos de los comensales. Es posible que sea por las mismas ganas que siempre ha tenido el ser humano de albergar cambios para huir de la melancólica y apática desazón en la que se convierte su día a día, con sus penas, sus miserias y alguna que otra pequeña satisfacción o hilaridad, que confirman la máxima de que no hemos venido a este valle de lágrimas sino para llorar hasta que se sequen las cuencas de nuestros cansados ojos.

Tras el paso de la Navidad, y la indigesta e indecente cantidad de calorías ingeridas, junto a demasiados tragos de caldos que van más allá de los del consomé, nuestra mente se evaporara como el vino blanco de las comidas y viaja infatigablemente hacia el nuevo año con un billete sólo de ida y de primera clase. El nuevo año siempre ofrece esas connotaciones de indulgencia plenaria, del borrón y cuenta nueva, del comienzo de una nueva vida tras ser purgado de todos los pecados cometidos, y especialmente, de ese propósito de enmienda que nos convertirá en seres felices y a la postre en mejores personas. Es una lástima que tan ejemplarizante sentimiento se difumine en cuestión de unos pocos de días, al igual que ese falso espíritu de la Navidad que tantos tratan de convencernos para ofrecerlo a la concurrencia sólo un par de días al año. La famosa y odiada cuesta de enero es la primera que ayuda a que los buenos propósitos se vayan al traste, y es que aunque innegable sea aquello de que el dinero no da la felicidad no menos verdad es el otro dicho más práctico y real de que las penas con pan son menos penas, y el estómago vacío y el hambre, ya sea el hambre del apetito más voraz o el hambre espiritual que comprende todo lo tangible que deseamos, no es buen compañero de viaje en esa hipotética aventura hacia lo mejor de nosotros.

Quizás sea este el motivo por el que muchos nos encontramos más triste que de costumbre en estas fechas, que otrora siempre fueron días de felicidad y buenos deseos. El hecho de ser conscientes de que nada ha cambiado y de que nada va a cambiar, a pesar de las ganas y los buenos propósitos, consiguen sumergir en estado depresivo a muchos que ni siquiera peinan aún canas, ya que a estos, les preocupa más si cabe, e incluso les aterra, que la situación torne, pero para peor. Es cierto que aunque portemos un pan debajo del brazo llegamos a este mundo sin un maldito mapa, ni un folletín de instrucciones, pero es duro que la realidad nos golpeé siempre a los mismos en pleno rostro, mostrándonos contundentemente su parte más dura, obligándonos a aprender a palos, a base de mala leche y peor café. Salpicados con sorna y para más inri con el barro de la injusta y plena felicidad de solo unos pocos, los que menos necesitan, que son quienes se empeñan en afirmar categóricamente que hay que ser buenos, que hay que trabajar más y mejor por menos dinero, que hay que ahorrar y gastar menos, que no se nos puede prestar más dinero porque este enloquece al que no está acostumbrado a manejarlo como ellos. Es indignante que un año más haya acontecido lo mismo que viene repitiéndose desde hace demasiado tiempo. Los más ricos son cada vez más ricos, y los más desafortunados cada vez más pobres sin que nadie se preocupe de equilibrar la desigual e injusta balanza de este cruel despropósito. Denota incluso un tono de guasa y cachondeo comprobar que seguramente un año más todo costará más caro mientras nuestras nóminas menguan a cantidades irrisorias que otros dan de propina a sus sobrinos pequeños cuando los visitan por Navidad. Es lamentable, e injusto, pero voy a revelarles un secreto. La vida no es justa, y la felicidad, la felicidad plena no existe, por lo que siempre será un salto imposible alcanzarla a pesar de contar con la mejor de las pértigas disponibles, está demasiado alta. Ni siquiera con zapatillas especiales adornadas con muelles. El salto ha de ser demasiado largo y es un hecho tan real como que el mundo es mundo que darás con tus miserias en el foso de arena. Comprendo a los que se sienten como yo, a los que por estas fechas asola la miserable sensación de que el final y el principio de cada año no son más que un espejismo traicionero que nos alimenta con una sobredosis de opio que nunca es suficiente. A mí me gustaría ser feliz, pero está claro que es imposible. Que bonito sería vivir en el Mar de la tranquilidad, abrigados por la despreocupación y la alegría. Donde solo portáramos llaves maestras que abrieran los candados de todas las puertas de la cordura, e inventando nuevos idiomas que solo comprendieran palabras de amor. Quizás ahí se encuentre la clave del dilema, la felicidad no existe y muchos desfallecen en su intento por encontrarla. Seamos conscientes de que si nos lo proponemos, un año más seremos infelices aprendiendo a aceptar y disfrutar de nuestra realidad, pero al menos tendremos la conciencia tranquila de que no seremos mercenarios de una guerra que ya ha perdido demasiadas batallas.

 

Publicado en Diario HOY el 31/12/2011