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El Revellao, la puerta neolítica a un camino para el alma
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Víctor Gibello | 10-05-2013 | 10:35

 

Dolmen del Revellao./ Víctor Gibello
Dolmen del Revellao./ Víctor Gibello

VER TODA LA GALERÍA DE FOTOS DEL DOLMEN DEL REVELLAO, BADAJOZ. / Autor: VÍCTOR GIBELLO

Una importante agencia nacional de noticias publicaba una información sorprendente. Con cierta incredulidad, extrañado, la leí por segunda vez. El escueto artículo indicaba la existencia de un dolmen en buen estado de conservación propiedad de una fundación, entidad que lo ofrecía para disfrute público y que solicitaba ayuda a las instituciones para su estudio y puesta en valor.

No sé qué me asombró más, si mi desconocimiento del bien arqueológico o la atípica y generosa propuesta de la propiedad. Decidí investigar, contacté con responsables de la fundación y acordamos reunirnos unos días más tarde.

Me desplacé a Badajoz, a la sede de la organización, donde fui acogido con amabilidad y simpatía por el presidente, Pedro Arias, y la gerente, Mercedes Arias. La Fundación Hija de Pepe Reyes, Dolores Bas de Arús nació por deseo expreso de Dolores Bas, quien legó la totalidad de su patrimonio para mejorar la vida de las personas más necesitadas de Badajoz. Desde su creación, la fundación ha prestado su ayuda a las tres asociaciones beneficiarias vinculadas: Aprosuba-3 de Badajoz, Asociación Española Contra el Cáncer y Hermanitas de los Ancianos Desamparados.

No suficientemente satisfechos con la magnífica labor filantrópica realizada, los responsables de la fundación se han propuesto ampliar los objetivos marcados para hacer llegar su ayuda a más personas, para lo cual están decididos a poner diversos bienes históricos y arqueológicos sitos en sus propiedades a disposición de la ciudadanía, para disfrute y aprovechamiento social.

Vista general del entorno./ Víctor Gibello

Vista general del entorno./ Víctor Gibello

Después de visitar la sede y las instalaciones de la fundación, marcho junto a Pedro Arias a conocer el yacimiento arqueológico que tanta expectación ha generado. Charlamos amigablemente durante el trayecto. Pedro me cuenta algunos de sus proyectos y me desvela parte de los secretos guardados en la finca, varios Paraísos Olvidados en un edén de verdor desatado. Llegamos a una pequeña explanada próxima al límite de la finca, junto a la carretera que enlaza Valverde de Leganés con Torre de Miguel Sesmero. Abandonamos allí el vehículo y caminamos abriéndonos paso entre la vegetación hacia un pequeño arroyo que circunda una floresta especialmente densa. Encinas, jaras, espinos albar, zarzas, crean una masa tan tupida que en algunos puntos resulta impenetrable.

Vegetación entre la que se encuentra el dolmen./ Víctor Gibello

Vegetación entre la que se encuentra el dolmen./ Víctor Gibello

Dejamos atrás pozos, pilones y abrevaderos, muy interesantes desde el punto de vista etnográfico, recordatorios de un pasado agrícola y ganadero que parece condenado a desaparecer de la memoria de nuestros campos, y buscamos una pequeña vereda. Pedro se mueve con soltura por el campo, sigue rastros y señales como el cazador experimentado que es. Encontramos el sendero no sin dificultad, la primavera ha hecho crecer la vegetación de modo desmesurado, hasta casi borrar su rastro en algunos puntos.

Sendero hacia el dolmen./ Víctor Gibello

Sendero hacia el dolmen./ Víctor Gibello

El camino, alfombrado de hierba, se convierte en improvisada máquina del tiempo, recorrerlo nos transporta desde el siglo XXI al IV milenio a. C. en escasos metros. Sortear una encina y encontrar el rotundo volumen del dolmen es una experiencia digna de ser vivida.

Vista del dolmen desde el suroeste./ Víctor Gibello

Vista del dolmen desde el suroeste./ Víctor Gibello

La vegetación lo aprisiona, como queriendo ganar, ansiosa, el espacio antaño robado al monte. La contemplación ha de hacerse desde el sur, zona en la que hay abierto un pequeño claro. La cámara del dolmen del Revellao (también Revellado o Rebellado) emerge con una solidez de siglos sobre una loma suavísima, casi imperceptible, eco del gran túmulo que cubría totalmente la construcción circundado por un anillo pétreo. Siete enormes ortostatos (bloques verticales de gran tamaño hincados en el suelo) crean un amplio habitáculo poligonal y sostienen la cubierta, realizada con una impresionante losa granítica dispuesta en horizontal.

Cubierta de la cámara./ Víctor Gibello

Cubierta de la cámara./ Víctor Gibello

El corredor, el pasillo que comunicaba el mundo exterior con la cámara del túmulo, se alza a una menor altura. Se aprecian los bloques que configuraban sus laterales, en cambio, las piedras con las que se ejecutó su cierre han desaparecido. Desconozco su longitud, la espesura lo cubre todo. Intento averiguar la disposición espacial de la estructura, pero la brújula parece haberse vuelto loca, como si en el lugar se hubiera generado una extraña alteración magnética.

Vista desde el este./ Víctor Gibello

Vista desde el este./ Víctor Gibello

Vuelvo cuando la tarde y la noche se encuentran en esa frontera imprecisa en la que las luces se atenúan lentamente y los olores se expanden vigorosos. Quiero sentir la magia de este monumento singular a la luz de las estrellasy determinar astronómicamente la orientación que mi brújula se ha negado a ofrecerme. El cielo no está limpio, algunas nubes altas lo enmarañan. Pese a la sutil gasa, asoman tímidas las primeras estrellas y la oscuridad lo envuelve todo. A la par que caen las sombras, da inicio un concierto: la orquesta está formada por ranas, grillos y un ruiseñor como solista. Localizo la Estrella Polar, marcando el norte, imperturbable en su misión cada noche. El corredor del dolmen se abre hacia el este, sin duda. También lo confirma la descomunal luna que ha comenzado su vuelo nocturno teñida hoy de naranja.

Dolmen a la luz de las estrellas./ Víctor Gibello

Dolmen a la luz de las estrellas./ Víctor Gibello

El sonido del obturador de la cámara se integra en el concierto como un músico más. Después de varias tomas, guardo el equipo y retomo el camino de regreso, ese que me traerá de vuelta al siglo XXI.

¿Qué es un dolmen?

La respuesta parece sencilla, pero los investigadores aún estamos lejos de comprender el significado íntimo de estas construcciones. Una explicación simplista y superficial plantearía que es  un monumento funerario colectivo erigido entre el neolítico y el calcolítico con grandes bloques de piedra (de ahí el término megalítico). Sin embargo, ello no hace referencia más que a lo obvio, sin penetrar en su verdadera naturaleza, sin adentrarse en los aspectos culturales, mentales y simbólicos de los hombres que los erigieron con gran esfuerzo. Novedosos estudios han profundizado más allá de la materia y la forma, más allá de las tipologías y las clasificaciones formales, y han abierto un camino al conocimiento planteando estimulantes teorías que parten del estudio neurológico del cerebro.

Las gentes del neolítico comienzan a moldear el paisaje y, fruto de este proceso, dotan de significados especiales a lugares concretos. En ellos, por razones que estamos lejos de comprender, deciden elevar construcciones bien visibles en el espacio, construcciones realizadas para enterrar a algunos de los muertos de sus comunidades, no a todos, pero que están plenamente ligadas a los vivos. Los muertos, así, hablan a la comunidad y les sirven de referencia, los vinculan a la tierra y legitiman su posesión basándose en el poder de los ancestros. Las tumbas de corredor megalíticas posibilitan una dramatización formal de los viajes espirituales, crean un camino para el alma, quizás un camino como el que cantaba Enrique Morente en compañía de Los Planetas, un pasaje que conecta la vida cotidiana con la vida del espíritu gracias a la puerta al inframundo que se abre en cada dolmen. Son innumerables los ejemplos que podemos encontrar en diversas tradiciones culturales sobre los viajes al inframundo desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, entre ellas, por supuesto, el recreado por Dante en La divina comedia, quizás, como dijera Mircea Eliade porque el más allá “es también un lugar de conocimiento y sabiduría”.

Las comunidades del neolítico construyen sus propias cuevas, entradas a espacios propios de su cultura en las que se cobijan su universo y su consciencia. Estas cuevas artificiales, lejos de ser simples cementerios, como tradicionalmente se las ha considerado, son lugares de poder que nos hablan de una religión y unas creencias perfectamente estructuradas en las que los muertos están íntimamente ligados a los vivos y el dolmen es el nexo de las realidades material e intangible, un axis mundi capaz de conectar tres planos de la existencia en apariencia separados, pero sutilmente conectados: la vida cotidiana, el inframundo y el mundo espiritual.

La Fundación Dolores Bas de Arús, en línea con su trayectoria ejemplar, ha hecho un ofrecimiento generoso a la sociedad al ponerlo a disposición pública, ¿qué van a hacer ahora las instituciones con este regalo?, ¿qué hará el Ayuntamiento de Badajoz, en cuyo término se asienta esta joya, con este Paraíso Olvidado? Les dejo con una imagen nocturna del dolmen y el tema Síntomas, de Tomás San Miguel, quizás ayude a la necesaria reflexión.

Imagen nocturna del Revellao./ Víctor Gibello

Imagen nocturna del Revellao./ Víctor Gibello

Sobre el autor Víctor Gibello
Arqueólogo, historiador, historiador del Arte, fotógrafo, escritor, emprendedor. Es Director de la empresa ARQVEOCHECK con la que ha realizado numerosos trabajos de investigación, excavación, restauración y puesta en valor del Patrimonio Cultural por toda España, así como diversos proyectos internacionales. Paraísos Olvidados es un recorrido diferente por el Patrimonio de Extremadura, un viaje a los espacios más singulares, atractivos y amenazados de nuestra tierra, un experimento de divulgación que pretende crear conciencia en la sociedad para su conocimiento, valoración, protección, conservación y disfrute

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